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Reflexión inspirada por la puesta del sol

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(Fuente de la imagen)

Si me preguntaran qué me dejó el bachillerato yo les diría que me legó una lista, quizás interminable, de razones para sonreír. Si bien asimilé algunos conceptos y atisbe la aurora de la vida no podré asegurar que aprendí lo necesario para sobrevivir en el árido campo académico ni mucho menos podré decir que penetré en los secretos de la supervivencia. El paso por el bachillerato fue, a mi parecer, un recreo interrumpido ocasionalmente por algunos trabajos impertinentes: en ese tiempo aprender era lo menos importante, lo primordial era, por el contrario, hundirse en la esponjosa irresponsabilidad de la adolescencia, masticar la caña de la vagancia hasta hartarse de su dulce jugo (quienes me conocen dan fe que bebí todo el néctar de la torcida rama). De aquellos días no sólo me han quedado un inventario de anécdotas hilarantes y amigos a prueba de vendavales, sino la certeza que el único sentido de la vida es, justamente, vivirla sin reservas.

Pero hasta la mejor fiesta cesa su algarabía y su frenesí. El festival de alegría concluyó, en mi caso, el 28 de noviembre de 1996. Al siguiente día, en medio de una borrachera bíblica, entendí que el delirio se marchitaría con el arribo de los años y los compromisos. Lamentablemente no me equivocaba: doce años después estoy frente al computador viendo languidecer al adolescente que se escabullía por las paredes del colegio para cumplir la cita con el tabaco y el alcohol al tiempo que el sol esconde su cabeza en las tinieblas del ocaso.

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El hombre entra a la lista de especies en vía de extinción

Sócrates decía: “Nuestra juventud gusta del lujo y es mal educada, no hace caso a las autoridades y no tiene el menor respeto por los mayores. Nuestros hijos hoy son unos verdaderos tiranos. Ellos no se ponen de pie cuando una persona anciana entra. Responden a sus padres y son simplemente malos”.

Lo que no pensó el sabio en el momento de decir esa frase es que la existencia de los jóvenes “tiranos” garantiza la subsistencia de los ancianos que reniegan de los jóvenes y de los políticos. Se necesita, de hecho, que el número de jóvenes sobrepase holgadamente al de viejos para que la economía se sostenga. Si esta proporción no se cumple la humanidad, por tanto, perecerá en una anarquía de babuchas, bastones y dientes postizos.

Pues bien, en un estudio realizado por la CEPAL se concluye que para el 2050 en Latinoamérica “se espera que la población adulta supere en un 30% a la joven”. Si esto no los alarmo lean la conclusión de los investigadores: “el organismo duda de que se pueda invertir el actual proceso de descenso de la natalidad” [1]. Esto sólo puede significar una cosa: el hombre inicia la peregrinación de las especies en vía de extinción.

Esta conclusión me parece paradójica: el hombre en su afán de detener el crecimiento para no extinguirse abrió la puerta para la consunción de sí misma. ¿Será acaso que la humanidad no puede dar más de sí?

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