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Zamba por Vos (Alfredo Zitarrosa)

Tu recuerdo invadió mi alma esta madrugada. Llegaste con el canto de los copetones; me miraste desde tu ausencia para recostarte, con un movimiento tenue, a mi izquierda. Abrace ese recuerdo tibio que ahorcó noches y troncho auroras durante cuatro años. Le sonreí; lo miré con melancolía y luego cerré los ojos…

Horas después, cuando abrí los ojos, lo encontré refulgente, como aquella noche de boleros y cervezas. Desde el fondo del tiempo tus ojos me contemplaban con dulzura. Sonreí de nuevo. Respondiste con una de aquellas sonrisas que prohíben a los diabéticos. Mis dedos recorrieron cada milímetro de tu mejilla. Cerraste los ojos para no interferir con la requisa. Al concluir la excursión mi palma abrazo tu delgado cuello. Sonreíste imperceptiblemente. Me acerqué para catar la tibieza de tus labios. Temblaste al sentir mis labios macerando los tuyos y la humedad de mi lengua navegando sobre las estrías de tu silencio. Luego, en un descuido imperdonable, tu recuerdo se diluyó como una palabra en el aire. Miré el techo rugoso y suspiré. Luego me levanté y coloqué a todo volumen la canción que escuché las doscientas diez mañanas que sobrevinieron a tu huida.

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El amor y las palomas (Facundo Cabral)

Hace unos minutos vi una muchacha de veinte años liando en una red de miradas insinuantes y proposiciones de significado turbio a un niño de dieciséis años; el jovencito, a su vez, pataleaba en un naufragio de frases de cajón y respuestas ruborosas. Al verla recordé a Facundo Cabral diciendo que las mujeres fáciles son las que tiene la misión de salvar a los hombres de las mujeres difíciles. Escuche esa frase en mi niñez, una y otra vez, hasta que la adolescencia entró por las ventanas de mi infancia. Después, cuando el vendaval del sexo derrumbó puertas y despeinó árboles, entendí la contundencia de la afirmación: gracias a las mujeres fáciles los hombres se inician en los meandros del sexo sin tener que recurrir a ruegos ni a pagos vejatorios.

Después que la pareja se bajó en una estación de Transmilenio pensaba que lo desventajoso de aquellos seres maravillosos es que no dilatan su estadía en los pórticos del corazón sino que se elevan con la primera mirada coqueta que les robe la sonrisa. Nos dejan, me dije al tiempo que veía la llovizna empapar los vidrios con sus deditos húmedos, sin importarles nada. ¿Acaso, me pregunté al instante, nos deben fidelidad por amarlas? ¿No son libres para volar de espina en espina? Luego, cuando los interrogantes se anudaban en el cuello, vino al rescate la voz de Facundo Cabral:

Le bastaba abrir los brazos para tener la medida de la ternura
y el lazo que une la muerte y la vida…

heredó de la mañana su condición de paloma
y volaba muy bajito para mirarse en su sombra

en ese momento el amor se hizo brisa y los recuerdos se tiñeron de colores pastel…

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Video de Dime Porqué (Ismael Rivera)

Hace seis años decidí lanzarme por las cataratas del amor sin importarme sus consecuencias. Después de gritar y eludir toda suerte de escollos el agua me lanzó a un desierto colmado de zarzas. El aire seco se endurecía en la garganta hasta transformándose en asfixiante arena. Los ojos, cuando palpaban las evocaciones, sangraban. Era un espectáculo difícil de describir. Después de vagar por los aluviones de la desesperación el brillo de una voz me indicó el camino que me conduciría al remanso oscuro del abandono. Esta voz no era, como se imaginan, la de una mujer sino la de un hombre maduro, cuya energía contrastaba con la mansedumbre de su letra…

En otro lugar hablé de esta misma canción, pero no pude colgar el video gracias a que en el momento del post (10 de abril) aún no lo habían subido al amado Youtube. Días después (14 de abril) el avanzado Emanuelo810 subió el video que les presentaré a continuación.

Les dejo, pues, con la canción que me arrebató de la congoja y me llevó a la sombra de la resignación.

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Alfonsina y El Mar (Mercedes Sosa)

¿Dónde reposan los amores que granularon la respiración? ¿Dónde murieron los minutos que asilaron una conversación tibia? ¿Dónde queda la alegría de una llamada inesperada o la tristeza de una torpeza involuntaria? ¿Dónde queda el sentimiento que despertaba la canción que la evocaba?

Viendo tu foto recuerdo los elusivos instantes en los que tripulaba sueños con banderas de aventuras y proas con sirenas talladas; aquellos momentos en los que la tierra se perdía en el horizonte azul de mi fantasía y navegábamos con el sol tostando tu cabecita de algodón; ¿lo recuerdas? De mi cara colgaba una sonrisa anicotinada que acariciabas con tus pequeñas manos al tiempo que tu mirada caminaba sobre la espuma de las olas.

Pero una tarde gris la desamparada tierra vino galopando por las encrespadas olas del tiempo con la embestida de obuses y el repique de sables que herían el viento. Al final, cuando mis incendiados sueños navegaban en el oscuro y sanguinolento mar, giraste para regalarme tu última sonrisa, te aferraste a su cuello y me abandonaste…

Ahora deambulo buscando tus huellas en la arena húmeda y tu voz en el viento seco. Pero no hallo la esquiva pisada ni la gruesa voz; sólo encuentro la brisa conmovida por mi abatimiento susurrando nuestra canción…

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Visita Número 10.000

Después de una breve ausencia me encuentro con la maravillosa noticia que el blog ha llegado a la visita número 10.000. Hoy a media noche se cumplen, asimismo, seis meses de existencia del blog.
En lo referente a las visitas el gráfico muestra cómo han fluctuado en las últimas 26 semanas.

En lo tocante a los seis meses poco o nada se le puede agregar al post número 200. Sólo me resta agradecerles a los incansables lectores que siguen visitando esta esquina de la red y a los amigos que me apoyan en el extravagante oficio de escribir pendejadas. Agradezco, igualmente, a los miles de personas que llegan al blog lanzados por los motores de búsqueda.

Para celebrar les dejo con la canción que me ponía a vibrar cuando tenía cinco años de edad.

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Evocaciones (5)

En el año 2000 tenía la estúpida idea que el amor nunca me alcanzaría: suponía que la inmunidad que me confería leer incansablemente y meditar sobre el amor impediría ser golpeado por aquel “estorboso mal”- como lo denominaba en ese tiempo-.

En abril de ese año, sin embargo, llegó una mujer por conducto de la literatura: necesitaba escribir un ensayo sobre Höldering, y dado que en esos días yo estaba metido en el romanticismo, decidí ayudarle en su investigación. El primer día que la vi fue el jueves santo 20 de abril. Recuerdo que esa noche me fui a casa de una tía y no pude dormir en toda la noche. Días después la volví a ver y, al igual que aquel jueves, pase la noche en vela. En ese momento empecé a preocuparme por la inminencia del amor, pero le resté importancia y continúe con mi vida. Un día de julio me enteré que había terminado con el novio; fue tal el entusiasmo que esa noticia suscitó en mí que tuve que admitir, después de ingerir litros vino y aguardiente, que estaba enamorado.

Lo que sentí después fue una amalgama de sentimientos que iban desde los celos enfermizos hasta la ternura extrema. La tarde del 20 de septiembre le “eche el cuento”. Ella me dijo que acababa de terminar un noviazgo largo y que quería tomarse su tiempo para iniciar una nueva relación. En ese momento no paso nada. Luego, a finales octubre, me contó que había regresado con el ex novio. Recuerdo que el mundo se desplomo sordamente. Sostuve la conversación hasta tarde y luego, cuando el aliento fue insuficiente, me vine para el apartamento.

El amor se transformó en odio por algún tiempo y luego, en una fría tarde de septiembre, la busque para conversar. Salí de la Biblioteca Luis Ángel Arango hacia su trabajo con la certeza que las heridas habían cicatrizado. Cuando me vio llegar a la oficina su cara se debatió entre la sorpresa y la alegría. La salude normalmente y hablé con ella como si nada hubiera pasado. Salimos a caminar y en el Lourdes nos sentamos en una banca a hablar interminablemente.

Para cerrar la evocación les dejo con “Mujer de mi mala suerte”, de Facundo Cabral. Esta canción se la dedique una tarde de agosto. Escúchenla y entenderán porqué lo hice.

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Serenata intimidatoria (Les Luthiers)

La última acción de soltero de un amigo fue llevarle una serenata a su futura esposa.

Para ello hizo acopio de los dos elementos necesarios para tal efecto: un amigo borracho y un trío de ancianos ebrios. Después del regateo mojado con relámpagos de aguardiente se convino en que los señores llegarían a la casa de la novia al filo de la media noche. Nosotros, mientras llegaba la hora, decidimos entrar a una tenducha que queda a dos cuadras de la casa de la mamá de la novia a esperar el arribo de la medianoche.

Cuando llegamos a la casa de la novia el trío miseria (así lo bauticé) entonaban la penúltima canción (eran las doce y media). La novia estaba roja de la ira y luego de una discusión acalorada entre los futuros esposos mi amigo negoció con los cantantes media hora más de serenata.

Cuando el vocalista dió paso a mi amigo para que cantara lo hizo de tan mala gana, y con tal malgenio, que la serenata sonó más o menos así:

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