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El amor y las palomas (Facundo Cabral)

Hace unos minutos vi una muchacha de veinte años liando en una red de miradas insinuantes y proposiciones de significado turbio a un niño de dieciséis años; el jovencito, a su vez, pataleaba en un naufragio de frases de cajón y respuestas ruborosas. Al verla recordé a Facundo Cabral diciendo que las mujeres fáciles son las que tiene la misión de salvar a los hombres de las mujeres difíciles. Escuche esa frase en mi niñez, una y otra vez, hasta que la adolescencia entró por las ventanas de mi infancia. Después, cuando el vendaval del sexo derrumbó puertas y despeinó árboles, entendí la contundencia de la afirmación: gracias a las mujeres fáciles los hombres se inician en los meandros del sexo sin tener que recurrir a ruegos ni a pagos vejatorios.

Después que la pareja se bajó en una estación de Transmilenio pensaba que lo desventajoso de aquellos seres maravillosos es que no dilatan su estadía en los pórticos del corazón sino que se elevan con la primera mirada coqueta que les robe la sonrisa. Nos dejan, me dije al tiempo que veía la llovizna empapar los vidrios con sus deditos húmedos, sin importarles nada. ¿Acaso, me pregunté al instante, nos deben fidelidad por amarlas? ¿No son libres para volar de espina en espina? Luego, cuando los interrogantes se anudaban en el cuello, vino al rescate la voz de Facundo Cabral:

Le bastaba abrir los brazos para tener la medida de la ternura
y el lazo que une la muerte y la vida…

heredó de la mañana su condición de paloma
y volaba muy bajito para mirarse en su sombra

en ese momento el amor se hizo brisa y los recuerdos se tiñeron de colores pastel…

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Evocaciones (5)

En el año 2000 tenía la estúpida idea que el amor nunca me alcanzaría: suponía que la inmunidad que me confería leer incansablemente y meditar sobre el amor impediría ser golpeado por aquel “estorboso mal”- como lo denominaba en ese tiempo-.

En abril de ese año, sin embargo, llegó una mujer por conducto de la literatura: necesitaba escribir un ensayo sobre Höldering, y dado que en esos días yo estaba metido en el romanticismo, decidí ayudarle en su investigación. El primer día que la vi fue el jueves santo 20 de abril. Recuerdo que esa noche me fui a casa de una tía y no pude dormir en toda la noche. Días después la volví a ver y, al igual que aquel jueves, pase la noche en vela. En ese momento empecé a preocuparme por la inminencia del amor, pero le resté importancia y continúe con mi vida. Un día de julio me enteré que había terminado con el novio; fue tal el entusiasmo que esa noticia suscitó en mí que tuve que admitir, después de ingerir litros vino y aguardiente, que estaba enamorado.

Lo que sentí después fue una amalgama de sentimientos que iban desde los celos enfermizos hasta la ternura extrema. La tarde del 20 de septiembre le “eche el cuento”. Ella me dijo que acababa de terminar un noviazgo largo y que quería tomarse su tiempo para iniciar una nueva relación. En ese momento no paso nada. Luego, a finales octubre, me contó que había regresado con el ex novio. Recuerdo que el mundo se desplomo sordamente. Sostuve la conversación hasta tarde y luego, cuando el aliento fue insuficiente, me vine para el apartamento.

El amor se transformó en odio por algún tiempo y luego, en una fría tarde de septiembre, la busque para conversar. Salí de la Biblioteca Luis Ángel Arango hacia su trabajo con la certeza que las heridas habían cicatrizado. Cuando me vio llegar a la oficina su cara se debatió entre la sorpresa y la alegría. La salude normalmente y hablé con ella como si nada hubiera pasado. Salimos a caminar y en el Lourdes nos sentamos en una banca a hablar interminablemente.

Para cerrar la evocación les dejo con “Mujer de mi mala suerte”, de Facundo Cabral. Esta canción se la dedique una tarde de agosto. Escúchenla y entenderán porqué lo hice.

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