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Cuarenta y tres metros

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Fue suficiente un roce de miradas para que nos conectáramos desde las dos orillas de un río de personas y mesas. Ella estaba con su pareja y yo estaba sentado junto a mi esposa. Marjorie, mi mujer, no tardó en descubrir las ojeadas que erraban por los cuarenta y tres metros que nos separaban. Arribó la incomodidad con todos sus aguijones. ¿Quién es ella?, pregunto interrumpiendo una conversación azarosa. ¿Quién?, respondí como lo hacen todos los hombres que se sienten descubiertos antes que las ideas (las malas ideas) concluyan su proceso de maduración. Ella, la que lo mira desde hace una hora (no era una hora sino catorce minutos). ¿Cuál?, rematé con otro interrogante con la esperanza que se perdiera en el laberinto de dudas y respuestas para que emergiera, minutos después, en un diálogo inofensivo. Eso, hágase el pendejo, objetó, destruyendo, de esa manera, la única estrategia existente desde los días en los que Filipo de Macedonía, padre de Alejando Magno, la estableciera: confunde y reinarás (creo, de hecho, que es divide y reinarás; para el presente episodio tiene, sin embargo, la misma validez). El caso es que arribó, al término de un bufido que descuadernó los arbustos, una ráfaga de silencio que abrió un abismo de segundos que se marchitaban lentamente.

Poco después la muchacha se levantó y vino contoneando las caderas en una vorágine de balanceos provocativos que succionaba manteles y hojas, que decapitaba frases, que despeinaba las hebras de viento. Marjorie se encrespó cual mar embravecida. No existe mujer que acepte que otra venga a pavonearse de esa manera en el territorio que no es territorio, ni enclave o consulado, sino un espacio tan etéreo como la ley que lo genera y tan escurridizo como los múltiples estatutos que le crecen con los años hasta transformarlo en una maraña de normas tácitas y explícitas que siempre, sin excepción, castigan al hombre por ser como es. Ella continuaba acercándose y Marjorie seguía erizándose como si fuera un animal defendiendo la comarca en el que habrán hijos, casas a quince años, deudas, peleas y reconciliaciones; es decir, en el que hay futuro en estado sólido.

Yo, entretanto, quería bramar con todas las fuerzas de la testosterona que burbujeaba en las vecindades de los ojos. Y no era para menos: ella, ese imperio de carne y sensualidad, venía a toda vela a mi encuentro sin temerle a la mirada rencorosa de mi esposa, a los susurros que hacían ondular su minúscula falda, ni a su pareja. Nada la detenía. Parecía que sólo la impulsaba el deseo de poseerme en un frenesí de sudor y flujos seminales. El cerebro para este momento había apagado todas sus funciones cognoscentes y sólo operaba en modo emergencia. Simultáneamente la especie humana, la bendita especie humana, pedía desde las cumbres metafísicas que hiciera posible su perpetuación. Quizás, me digo en el instante que escribo estas palabras, es el único momento en el que el acto y la potencia son uno y la misma cosa: la perpetuación de la especie (que sólo existe en potencia) se cumple en el ejercicio sexual (que sólo se consuma en acto)… en fin. Concomitante con el llamado de la especie, pero desde los abismos de la animalidad, rugía el instinto sexual: toda la fuerza de la naturaleza se acumulaba en una región que demandaba toda la sangre posible, abandonando, de esa manera, al pobre cerebro a la deriva de su suerte (que era poca).

Ella seguía acortando la infinita distancia que nos separaba. Marjorie la miraba con los ojos inyectados de sangre, en tanto arrugaba la servilleta para retener el alarido que ahogaría el fandango con la eficiencia de un cañonazo. Seguía acercándose y mi mujer continuaba poniéndose rígida y le vibraban los maseteros y el músculo orbicular. La respiración se había transformado en una especie de sortilegio que pretendía convocar un rayo que la reduciría a un cúmulo de ceniza y rescoldos que ella pisotearía a su antojo.

Me levanté cuando le faltaban dos centímetros para llegar a la mesa. Las piernas sólo se sostenían por el ímpetu de la reproducción. Cuando estaba frente a mí dijo en un susurro leve, manso como el silencio que se filtra entre los versos, tierno como la sonrisa de una mujer, Hola. Hola respondí al tiempo que ella continuaba su marcha hasta llegar a la mesa que estaba detrás de mí y abrazar a un hombre corpulento. La sangre se redistribuyó instantáneamente por todos los órganos y extremidades hasta llegar al cerebro (quien dos segundos antes me avisó, a pesar de su avanzado grado de invalidez, que había hecho el ridículo). Sentía que todos me observaban, pero mi esposa era la única que me lanzaba una mirada que helaba la sangre. ¡Idiota!, señaló con rabia. Luego se hundió en una región perdida en las nebulosidades de la indignación. Yo sabía que era lo último que le escucharía esa noche (y quizás el resto de semana). Mañana, o el próximo mes, dependiendo de su humor, cuando vuelva a hacer uso de la palabra, se referirá a ella como “la zorra del centro comercial” (acentuando las comillas con voz temblorosa) y me recordará este episodio hasta el final de mis días para hacerme pagar, de esa manera, la osadía de haberle mostrado, así sea por un par de segundos, la posibilidad de que ese futuro sólido se puede derretir y escurrirse por la rendija de la primera mujer que atraviesa el cuarto piso de un centro comercial.

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Intrigas del destino

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De repente, murió: que es cuando un hombre llega entero, pronto de sus propias profundidades. Se pasó para el lado claro. La gente muere para probar que vivió. Pero ¿qué es el pormenor de ausencia? Las personas no mueren. Quedan encantadas, suspendidas en un paréntesis encharcado de eternidad, en una grieta que crece y crece hasta devorar el último recuerdo, el último vestigio de un pasado impreciso como el destino que lo llevó a morir a manos de un delincuente de falanges nerviosas, o quien, en un golpe de aburrimiento, lo arrinconó, como le sucedió a este hombre que contemplamos en este camastro, en la más extraña de las enfermedades: de felicidad crónica.

Todo inició dos años atrás, cuando le llegó la felicidad en la más categórica de sus formas: primero invadió todos los recodos del presente para luego dar vuelta atrás y poder entrar a saco en su pasado: devastar latifundios tenebrosos, acuchillar evocaciones, ahorcar contradicciones hasta transformarlo en un remanso de buenos recuerdos. En ese instante su vida derivó en una fila de sucesos afortunados en los que siempre había una mano salvadora, un fajo de billetes hallado en los márgenes de una calle, una mujer que vendría a borrar la anterior, una casa que evaporaba, con sus balcones atiborrados de flores, barandas brillantes y pisos en mármol de carrara, los lujos de la anterior, de tal manera que la tristeza no tendría la menor posibilidad de corroer las horas que empezaban a hacerse eternas, inconmensurables en su monótona repetición, en las que las esperanzas se marchitaban gracias a su incompetencia frente a la resolución de la suerte de enderezar todo lo que era susceptible de torcerse.

Luego, con el pasar de los meses, se lanzó a beber diariamente notando, entre noches de algarabía y amaneceres luminosos, que el alcohol sólo cumplía parcialmente sus funciones: lo elevaba por las cuestas del frenesí etílico pero se detenía segundos antes de desbarrancarse en una borrachera atiborrada de quejas y lágrimas.

Sus familiares, amigos y compañeros, en una macabra forma de compensación, empezaron a sufrir descalabros económicos y enfermedades que los mataban en horas. No existió, asimismo, mujer que no cayera en la desgracia de perecer entre las guirnaldas de un amor incondicional, terminante como la balanza que distribuía la desgracia que no tocaba a este hombre que, sea dicho de paso, no tenía la posibilidad de enamorarse porque la felicidad no le permitía la más leve insinuación de añoranza por un cuerpo, una voz, unos ojos extraviados en los laberintos de su gozo, ni mucho menos lo autorizaba a evocar porque en el recuerdo siempre existe, como todos sabemos, el germen de la amargura.

Había, entre las mujeres que fueron llamadas a satisfacer sus más protervos impulsos, una especial: Amy, una hermosa Cienaguera de veinticinco años a quien conoció en Santa Marta a comienzos del año pasado. Ella, poco después de capitular a la tentación de un hombre que ofrecía asilo a su alborotada sexualidad, fue testigo de la muerte de sus cercanos hasta verse reducida a una servidumbre incondicional de quien no tenía la posibilidad de recordar las bondades de un cuerpo fraguado en los hornos del Caribe: sólo la veía como una entelequia que le ayudaba en los trámites de la cotidianidad, en los rigores del tedio que apenas lograba vislumbrar desde las cumbres de su existencia.

Ella no tardó en cansarse del imprudente desequilibrio y, como antídoto a esta inequidad, se lanzó a la tarea de envenenarlo. El único efecto alcanzado por el rosario de brebajes adquiridos en barrios marginales y plazas de Taganga, fue una embriaguez caprichosa que lo despeñaba por una nostalgia dulce, amable como pocas, y quien lo invitaba a hundirse en las laderas del igualmente voluntarioso cuerpo de Amy. Faltaron seis meses de pruebas para que ella descubriera que sólo puede burlar la felicidad mediante el uso de la euforia y la borrachera. Por ello se dio a la labor de embriagarlo diariamente, hora a hora, segundo a segundo, sin dar espacio a la reflexión ni al desacuerdo. A cada botella de vodka le agregaba, para no errar en el intento, algunos gramos de San Isidro, hongo de la familia de los Strophariaceae, que conseguía por algunas monedas en las caravanas de Hippies que vagan por las playas de Santa Marta. Fue una labor lenta que los llevó por las cunetas de quiebras y descalabros económicos hasta arrinconarlo en esta casa de tablones que agoniza a orillas de la Ciénaga Grande de Santa Marta.

A mediados de la semana pasada, no obstante el aparente desinterés de la enfermedad, los vómitos se hicieron frecuentes, el apetito despareció por completo hasta llevarlo al estado catatónico en el que lo encontró la muerte poco antes que el alboroto de turpiales arribara al cuarto. Amy entró a las diez de la mañana con una jarra de jugo de naranja y la primera botella de vodka. Se acercó lentamente, se arrodilló frente al camastro y se quedó contemplándolo hasta que tuvo la fuerza de tocar el cuerpo inerte. Cuando estuvo segura que había muerto, le lanzó un escupitajo en la cara y salió corriendo por la calle a gritar que le había ganado al destino sin saber, sin sospechar siquiera, que él era justamente quien había definido, desde el principio de los tiempos, el futuro de todos los que murieron por causas de este desequilibrio, el deceso de este hombre que deseaba la muerte desde el primer mes de su incomprensible racha de buena suerte y es quien ahora dirige los pasos de esta Cienaguera que conocerá las aureolas del éxito dos años después, cuando le llegará la felicidad en la más categórica de sus formas: primero invadirá todos los recodos del presente para luego dar vuelta atrás y poder, de esa manera, entrar a saco en el pasado, devastar latifundios tenebrosos, acuchillar evocaciones, ahorcar contradicciones hasta transformarlo en un tranquilo remanso de buenos recuerdos…

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Enlaces

Cuando tejes parece que sólo te importara el movimiento de las manos, la puntada que se desprende de las agujas, el empalme de las hebras que emergen del ovillo. Te pierdes en la maniobra hasta arribar a terrenos en los que no puede entrar mi curiosidad y luego, en un galope tenue, regresas intangible, como si tú y tus manos fueran humo de un incendio lejano. Luego me contemplas con curiosidad o miras el televisor que enciendes para que te acompañe en la larga travesía, y retornas, poco después, al imperio de agujas y hebras anudándose, retorciéndose, desentrañando la silueta que va naciendo enredada de tus más olvidados recuerdos.

En la leve ondulación del tejido encuentro razones que no hallé en los fangales de la especulación: creí que te conocía, que sabía quién eras, pero mis ojos no veían el dolor que evades hilando, la angustia que estrangulas en cada giro ni la zozobra que se transforma en prolongados silencios. He aprendido, por tanto, a maravillarme con el jugueteo de las agujas, el dulce traqueteo de sus embates, sus breves escaramuzas y el hermoso milagro de ser testigo del instante en el que te hundes en el semántico murmullo del temor…

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1097 días (732 de Unión Libre)

Primero fue la divergencia de ciudades quien nos obligó a amarnos a cuentagotas, desbaratando la distancia (aquella línea que distribuye kilómetros y caricias), desordenando las horas que se acumularon hasta imponer su pesadez de sombra sobre las noches que anunciaban el desvelo de la despedida, sobre las conversaciones que pregonaban la esperanza del reencuentro.

Después fue el viaje que se hizo definitivo, y con quien vinieron los aguijones de la convivencia que almacena pretextos para reñir, que rasguña el humor, la cotidianidad que acomoda papeles en cajones, que recoge la ropa arrugada en canastas, que transforma el destino montaraz en un presente de camisas planchadas e hipotecas a quince años. Fue una buena decisión, me digo en las mañanas en las que encuentro el amor alineado con las estrellas y en las auroras de sábanas arrugadas por el amor de la media noche, por el jugueteo crepuscular, por los besos que me ofreces poco antes que te lances a ese mar de mujeres y hombres que crecen en la espuma del temor.

Pero cuando estás arisca, cuando los problemas te ponen agresiva o cuando hay dudas o celos, me digo que fue mala idea, que es hora de acuchillar las manos que te tocan y enterrar los versos que quieren robarte una sonrisa. Son días en los que te encierras en un silencio de abismo, en los que tu cuerpo se hace extraño, como si fuera de piedra o ceniza, días en los que las frases hieren con sus filos. Llego a la misma conclusión cuando me corroen los celos, cuando me abruma esta melancolía que se desborda llevándose los recuerdos por las grietas de la brisa, que abate árboles que caen sobre el pasado, que se arremolina en las esquinas del olvido. Me transformo, en ese momento, en un huracán de blasfemias y gritos que amenaza señalando la puerta, como si fuera el dedo de Dios o los renglones del Destino (que ingenuidad suponer que tengo el poder de decidir sobre tu vida o la mía). Luego me tranquilizo, disminuyo de tamaño como el Chapulín Colorado después de tomar pastillas de chiquitolina y me escurro por los ojales de la vergüenza. Tú, aprovechando el repliegue, enumeras los errores que he cometido (los reales, los que aún no han ingresado a esa categoría y los que cometeré en el futuro), sabiendo que ese es el preludio del perdón, del arrumaco de las tres de la mañana, cuando piensas que estoy durmiendo, siendo, en realidad, que finjo el sueño para que te acerques lentamente, como las tinieblas que emergen de todos los rincones, me acaricies la barba, la frente lustrosa y te diga, entre las telarañas del sopor, perdóname, logrando, de esa manera, que el tiempo se encorve hasta llegar a aquella noche en la que te besé el dorso de la mano, en la que me miraste como si hubiera descendido de un platillo volador, y seamos, nuevamente, una pareja acomodándose a los vaivenes del azar, a los caprichos de la vida, una dupla que gana en los complicados cálculos del amor gracias a que la sumatoria de sus actos es mayor a cada acción y a la suma de los circunstancias de cada uno. Al siguiente día bajo a la cocina para hacer el tinto y despedirte con una bendición y un pico apresurado, mientras llega la certeza que la vida es más que el dinero con el que sobornamos la felicidad, más que el futuro con televisores de cuarenta y dos pulgadas, más que las deudas que se emboscan en las promesas de la tarjeta de crédito y muchísimo más que títulos o trofeos. Doy media vuelta, cierro la puerta y subo a dormir entre las cobijas que custodian las incertidumbres de la noche, entre el perfume que te persigue por la casa y las camisas que se mecen por el empuje del rayo de sol que penetra por la rendija que la alborada abrió en la unión de las cortinas…

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Carta al silencio de la noche (18)

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Sé que nos ubicaron en trenes que salieron en momentos distintos pero que se encontraron, mas por tu rebeldía que por mi destino, en una estación del tiempo en la que yo era un adulto y tú estrenabas la mayoría de edad, madre tú como yo casado, desorientada y orientador (tantos desfases en esa dulce escala de las horas). En ese mes nos limitamos a los saludos protocolarios, la sonrisa de las ocho de la mañana, el apretón de manos al final de la jornada, las breves preguntas sobre el clima y los resultados puntuales de tu desempeño.

Luego partimos, es decir, partí, porque fui yo quien abandonó las magnolias que se marchitaban bajo el sol, quien arrancó con delicadeza de cicatriz aquella mirada que, sin saberlo, sin siquiera imaginarlo, escondía los aguijones del amor. Años pasaron en los que me fui desdibujando de tu memoria hasta que tuve la fortuna de leer aquella nota que dejaste en tu muro y que fue, ¡quién lo dijera!, la puerta de la alegría. Después de ella has ido y venido por las praderas de la culpa y del temor que te producen mis treinta y siete años, mi esposa y tu vida que intenta desbarrancarse en cada curva del segundero pero que se aferra y continúa sin dar cuenta de estos detalles; ibas y venías, afirmaba, hasta el martes que regresé a tu territorio y, por tanto, día y lugar en el que tuve la oportunidad de conocer los pormenores de tu pasado entre tus cabellos serpenteando en la brisa, miradas callejeras y disimulados temblores de tus manos. Después arribó la ausencia, tu ausencia, el cabello que dejó de zigzaguear en los remolinos de mi memoria, las manos que se diluyeron en el caldo de los recuerdos, todo deshaciéndose, deshilachándose, derrumbándose en esta alma marchita de esperanzas, hasta que fuiste y fui, hasta que fuimos una nueva tachadura en el verso que nos corresponde en la primera escena del tercer acto de esta comedia olvidada…

Ahora, en el instante en el que redacto esta carta, en el momento en el que empieza la certeza del viaje, de tomar nuevamente el tren sonámbulo que huye en dirección opuesta a tus expectativas, del consecuente abandono de las magnolias que continuarán marchitándose bajo la canícula, de la desarticulación de lo que soy y lo que pude ser en tu vida, de las últimas horas en esta leve ciudad que se desprende de la montaña como si fuera el humo de una fogata agonizante; en este instante, decía, pido que guardes las palabras que fueron desmigajándose mientras ascendíamos por las colinas de la tarde, las caricias furtivas que te robaba entre cigarrillos y tequilas, la noche que se alumbrada con avisos de neón y arrugadas sonrisas, el abrazo que nunca nos dimos (porque el vacío también hace parte de nosotros y de nuestro pasado), la generosa ternura y los breves amores que nacieron cansados, desahuciados, maltrechos por tanta sonata para desventura y orquesta que se atravesó en nuestro destino…

Va un abrazo desde este lago de silbatos y gritos…

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Evocaciones (8)

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Era una de aquellas tardes de plomo en las nubes y smog en las arterias. Al final de la calle y de mi infancia, entre la angustia de testigos y peatones, aullaba un gozque que había sido atropellado minutos atrás. El perro, hincado ante lo ineludible, ojos vidriosos, patas temblorosas, venas aferradas al pánico, suplicaba que un alma menesterosa lo rescatara de las entrañas del dolor. Entre los circunstantes apareció un hombre de mirada sólida que se arrodillo frente al cuerpo tembloroso; la alegría del perro hablaba de los lazos afectivos que los unía. Le acarició el lomo, contempló las heridas y la sangre que emergía de todas partes. Entre los ojos temblorosos de los espectadores, entre los murmullos de mujeres, se quitó la correa, se la puso al cuello del animal, haló fuertemente hasta que el perro empezó a lanzar aullidos dolorosos que entraba como un huracán por las rendijas del alma; no flaqueó a pesar de las lágrimas que bajaban por sus mejillas ni del pataleo enérgico que fue bajando en intensidad hasta derivar en una quietud melancólica de las manos que apretaban y del cuerpo que luchaba contra la muerte. Al final,entre la bruma de un silencio compasivo, levantó lo que quedó del animal y se lo llevó por la misma calle que trajo al conductor asesino…

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Amor en tiempo de estudio

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Esa línea que inició una tarde al margen de una conferencia de Sor Juana Inés y quien luego se hizo amistad, confesiones, distancia y silencio, esa línea, decía, que imaginamos recta porque conecta esa tarde y esta mañana, dos puntos en el tiempo y en el espacio, dos coordenadas, un plano cartesiano, una única representación, pero quien al final, para despecho de la geometría clásica, no es recta sino una curva serpenteante como mis pensamientos que van hacia ti, regresan a Lobo Antunes, viran hacia el pasado donde camino a mis anchas, retornan a tus ojos que me siguen contemplando con curiosidad y que luego se encarrilan sobre esta curva que trastoca las abscisa con las ordenadas, que es continua pero no diferenciable, que va y viene, sube y baja a su antojo, que algunas veces tiene n raíces a las que me aferro con esperanza, que en otras temporadas, cuando eres sombra o tiniebla o fantasía, se camufla en el eje imaginario, que en algunas ocasiones alcanza la rectilinealidad poniéndote al alcance de mi mano como si faltaran dos minutos para que irrumpas en el auditorio como una centella y que otras tantas se hace ausencia, especulaciones sobre su propia naturaleza, sobre su métrica (que con seguridad es discreta) y sobre la existencia de un isomorfismo que traerá tu imagen difusa que se resbala por los andenes de la realidad a este universo de versos y aguijones…

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Primaveras y azares

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Si tuviera quince años menos no habría aceptado una negativa, ni hubiera partido con la tarde susurrante, melancólica, que me decía, que me pedía a gritos que te secuestrara una sonrisa de aquellas que lanzas cuando amas, cuando te ilusionas, las mismas que, según dicen, me arrojaste cuando habían cafés sobre la mesa y conversaciones que se perdían, que se dislocaban entre coqueteos discretos, tímidos, que no fueron a ningún lado, que no me llevaron a tu cuarto ni te trajeron a este cerco de sueños tronchados que tanto se parece a la insensatez. Los años son, como puedes ver, el bozal que censura las palabras que escondo bajo las patas de este corcel de hierro y honestidad que abre puertas de universidades y colegios, que me transporta por senderos que conocerás luego, cuando el silencio empiece a perderse en los rodeos de la vida, cuando el amor deje de ser ese delirio que te ilumina los ojos y se transforme en aquella cotidianidad tan hermosa y tan compleja que te malhumora en las mañanas cuando la camisa está arrugada y que en la noche te llena de presagios de eternidad. Pero no sé por qué te hablo de esas cosas si eres demasiado joven para los absolutos que llegan con la acumulación de primaveras que te curvan el abdomen, que te quitan el cabello, que te ponen a errar por el mundo con una maleta y un par de marcadores como únicas herramientas, que deshilachan tu voz en una rinitis fibrosa que traerán quince años de cigarrillos, los mismo quince años que no quisiera tener en este momento para ser aquel joven a quien puedas ver con ojos benévolos, no de curiosidad ni de temor, que son con los que me miras cuando nos encontramos en las calles abrumadas de azar, cuando la sombra de una nube o el aleteo del amor sobrevuela tu cuerpo sin que te des cuenta, o dándote cuenta pero obviándolo como si sólo hubiera sido un presentimiento, hablando, después de reponerte de la sombra o del presentimiento, con movimientos serenos, estudiados al milímetro, lanzando al final un Hasta Luego que me deja palpitante, sollozante, como si fuera el adiós definitivo, el que no da pie a revanchas, dando, en el instante mismo de mi desasosiego, media vuelta y extraviándote por calles empinadas o trotando por escaleras, como hiciste la última tarde en la que viniste con tu cuerpo que continúa en su empeño de abandonar la rectilinealidad de la adolescencia, que busca afanoso los frutos de la pasión que sólo conoces por algunos escarceos temerarios y al que dejarás de engañar cuando tengas mi edad, cuando seas mujer casada, con todos los compromisos del mundo, con el cuerpo acostumbrado a las tragedias del tiempo, cuando tus hijos renieguen de trigonometría o de álgebra y mi recuerdo te llegue como un relámpago desde la las grietas del olvido y te digas que yo tenía razón, que otra tonada habría sonado si hubiésemos tenido la misma edad, si hubiera sido un joven irresponsable, un muchachito temerario que te hubiera buscado día y noche hasta extraviarte en los laberintos de la ternura…

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Instantánea (5)

Dedicado a Delmis Muñoz Caro

Todo es imaginación y sorpresa en esta fotografía en la que el cabello continúa despeñándose por la frente a pesar de estar apresado por la mano derecha, en la que las ramas parecen que han cesado, por un breve instante, en su condición oscilante, en la que se adivina, por algún artificio de la intuición, el gorjeo de un copetón situado en la copa del árbol. No se puede determinar, sin embargo, si la sonrisa que despliega la morena viene de una carcajada o se dirige a toda vela hacia ella. Los ojos no dan indicios así como no ayuda la posición que parece, a primera vista, fatigosa, acaso incómoda. Examinando con detenimiento se puede advertir que la mano izquierda retiene, quizás imitando a su homóloga, la falda que de otra manera se dejaría llevar por el viento que viaja en dirección a la montaña. Posiblemente, pienso mientras repaso esa región de la fotografía, la mano cumple la doble función de retener y tapar aquellas comarcas que antaño, entreverada en el olor a incienso y en las camándulas que giraban entre dedos sarmentosos, denominaban pudendas, esto es, torpes, para continuar con su significado latino o, en caso que se quiera seguir su divergencia castellana, vergonzosas. La sonrisa, al trepar a toda marcha por la fotografía y las especulaciones, toma visos de inocencia, de castidad frente a este nuevo detalle que no percibí en la primera ojeada. El cabello, al desandar el camino, sigue en su eterno propósito de despeñarse por la frente. Las inquietudes quieren emerger de algún callejón de mi cerebro pero las reprimo mientras bajo al hombro izquierdo quien toma un brillo sugestivo en esa tarde que amenazaba lluvia. Más abajo contemplo el vestido que se frunce para admirar el nacimiento de un seno quien, se presiente al verlo, conserva las dimensiones de las manos y la pierna que se puede contemplar en toda su magnitud, en todo su esplendor…

Ella, la morena, tenía este mismo vestido que quiere deslizarse, que quiere irse con el viento, que quiere y no quiere, como algunas mujeres, como algunos hombres, como todos los niños que se encaprichan con la vida. Imaginen ustedes, apreciados lectores y queridas lectoras, que en los cerca de treinta y dos años que llevo sobre el planeta nunca la había visto, lo cual es difícil de creer dado que es una mujer de dimensiones colosales, quiero decir que es de los seres humanos que atrae, que llama, que arrebata la mirada como si tuviera un imán o un anzuelo. No se apresure, sin embargo, a decir, a sugerir siquiera, que lo hace porque las piernas o las curvas convergentes atraen la mirada de cualquiera. Ella, se lo aseguro, no atrae por eso, o no exclusivamente: cuando usted o cualquier mortal está a su lado, a su ladito, como diría mi mamá que gusta apocar a aquello que no tiene dimensiones, le quedan atados los ojos a la calidez de su mirada o la ternura de su sonrisa. Pero no me aleje del sendero por donde iba. A ella, venía diciendo, la conocí un sábado de finales de septiembre y tenía, aquel día, ese mismo vestido. Yo venía de trabajar, de trabajar por última vez, para ser exacto, de un colegio que queda en Guaymaral. Íbamos con mi esposa buscando las escaleras para ir al tercer piso a almorzar cuando nos atrajo una colmena de hombres que tomaban fotografías con sus celulares. La ansiedad de ellos me reveló que se trataba de mujeres atractivas, acaso semidesnudas, que sonreían y miraban a la muchedumbre inquieta. Mi esposa insistió para que nos acercáramos para averiguar la razón por la que convergieron cientos de hombres a la entrada del Centro Comercial. Al otro lado de las vallas vimos, en efecto, a dos mujeres, una de estatura descomunal y otra de medidas menos escandalosas, sonriendo y tomándose fotografías con los hombres y mujeres que hacían fila. Ve, tómate una foto con ellas, dijo mi esposa con firmeza. Hice caso y poco después entraba por la rendija que custodiaba un celador. Tome una revista, la primera que encontré entre cientos, y fui directo donde las modelos me esperaban. ¿Está lloviendo?, preguntó Delmis. Había llovido a cántaros y en ese momento sólo quedaba un rocío leve que hundía a la ciudad en una tarde melancólica. No sé qué respondí, si acaso lo hice, porque a esas alturas de la tarde, del hambre y de la desorientación propiciada por la estatura desbordada de Vanessa Badillo, por los ojos cálidos de Delmis, la morena que continúa sonriendo bajo las flores amarillas de la fotografía, no podía articular palabra ni pensamiento. Reflexiono, al leer las anteriores palabras, que ella lanzó la pregunta para que me sintiera en confianza, para que pensara que no había nada que temer. Pero la verdad, lo digo en este lugar e instante, es qué sí había que temer: los ojos cálidos, la mirada dulce, la voz perfecta, la sonrisa luminosa, el tono de piel, el cabello y el cuerpo, todo al mismo tiempo y en esas proporciones tan desaforadas pueden despachar a cualquier humano a las praderas del cielo sin escala en el hospital. Delmis lo sabe perfectamente y por eso interpela para desorientar a la muerte que viene dos pasos atrás, probando el filo de la guadaña con el pulgar. Algo dije, o algo dijo el fotógrafo, o alguna de ellas, no puedo resucitarlo de las cenizas del olvido, el hecho es que reímos con poca convicción segundos antes que estallara el flash. Agradecí y salí caminando hacia el costado donde otro celador custodiaba una grieta igual que aquella por la que ingresé. Al otro lado esperaba Marjorie, mi esposa, con cara de circunstancia. ¿Por qué la vieja esa, la de la derecha, la más bajita, te puso la cabeza en el hombro?, inquirió por el proceder de Delmis. ¿Quién? ¿Cuál? ¿Dónde? ¿A mí? ¿Cuándo? Me desbarranqué en interrogantes encarcelados en signos de admiración. Eso, hágase el bobo, dijo ella con una sonrisa turbia, enigmática, que tenía la misma probabilidad de aceptar que de reprobar…

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Brindis

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Dedicado a  J. Gerardo Muñoz y a Rodrigo Niño 

La algarabía se desvanece levemente cuando me acerco a Gerardo con una copa de vino rojo, le sonrío en señal de aquella familiaridad que rebasa los lazos de consanguinidad, acercamos las copas y antes que se entrechoquen, que se den el beso de cristal con el que recibiremos el nuevo año, se extingue el ruido, se detienen las carcajadas en mitad de su alborotado ascenso, frena el engranaje del reloj, el segundero queda suspendido en su trote hacia el siguiente escaño, el viento cesa en su empeño de extraviarse en la oscuridad, el tiempo se encorva, regresa, retorna a estos ojos agotados, a estas manos que se llenan de lunares y pecados, a este cuerpo de abdomen abultado, de calvicie fulminante, a este cerebro en el que el tiempo no existe, en quien el presente y el pasado son uno y el mismo desbarrancadero, la misma herrumbre que se aferra al galope de la sangre. Inmediatamente acude a los callejones de mi memoria el año dos mil con su algarabía de estreno, con su vanidad de milenio; me contempla de pies a cabeza y me lanza, desde el vacío de su inexistencia, una sonrisa cómplice para que lo convoque, para que le hable a usted, paciente lector, de él…

Pero siéntese que no hay afán que le revele un cacho del dos mil dos. Relájese. ¿Fuma? Ahí están sobre ese parlante viejo, descascarado, los cigarrillos y el encendedor. En ese mismo lugar estaba el teléfono pero Rodrigo lo quitó porque llamábamos borrachos a todo el mundo, especialmente a muchachitas que querían y no querían, que iban y venían de nuestras vidas, de nuestras mentes y corazones, usted entiende, asuntos de amor y sexo. Si gusta elija un acetato de los cuarenta y nueve que Rodrigo trajo de todas las latitudes para hacer más acogedores los festejos que se hundirán, como nos hundiremos todos nosotros, en los charcos de la muerte. Quizás es mejor que se tome un aguardientico que eso es bueno para el frío y, si lo toma con limón, le quita cualquier enfermedad que traiga amarrada al alma. Eso sí le pido, con toda la pena del mundo, que lo sirva usted mismo porque estoy buscando un LP de Julio Jaramillo para temperar un despecho viejo, polvoriento como el futuro que nos acechan desde el umbral de la esperanza. Olvidaba advertirle que no hay tijeras; debe abrirla con los dientes y las llaves como hace todo el mundo por estas épocas y latitudes. No se tense, póngase cómodo que la noche pasa como un tiro entre aguardientes, charlas y los boleros que suenan sabrosos en este tocadiscos torcido como nuestros destinos; es decir, como los destinos de Rodrigo y yo, que a usted no lo conozco y no le podría decir qué tan choneto tiene el porvenir. Hablando de él, de Rodrigo, no de su destino, no se afane que no tarda en arribar a este barco que naufragará en la nostalgia del alcohol. Y hablando de eso, ¿al fin pudo abrir la caja? Sírvase, entonces, en esa copa barrigona, la del repujado misterioso, que es la de los invitados, y tómese el aguardiente mientras afuera gira la bóveda celeste que en Bogotá no tiene estrellas, o las tiene pero se ocultan por vergüenza o miedo, y verá que en un dos por tres el sol emergerá por el horizonte.

Ve, se lo dije: no sintió las horas despeñándose por los precipicios de las palabras, de los boleros y del aguardiente ¡Nada mejor que el aguardiente Néctar para azuzar los engranajes del tiempo! Saque, por favor, esa silla que vamos a instalarnos en la terraza, que es como si dijera las praderas del sol porque acá nunca llueve cuando es fin de semana, se lo digo yo que tengo un pie en el presente y otro en el futuro. No olvide dejarla recostada contra la pared de allá, para que podamos deslizarnos a la misma alucinante velocidad con la que crece la sombra de este sábado que transcurrirá entre las estridencias del rock y la contemplación de los vecinos que irán y vendrán en su inquietante transitar. Hombre, no haga esa cara, ¡anímese!, no se quede atrás, que lo necesitamos para para celebrar que llegamos vivos al otro día, a la otra orilla de ese mar oscuro y denso que se nos viene encima todos los días de nuestra existencia; si es por hambre no se preocupe que a las seis de la tarde compráremos dos mil pesos de salchichón, que es lo único que venden en la cigarrería a la que iremos por dos o tres litros de aguardiente. Pero dejemos de decir pendejadas, destapemos una cerveza y subámosle el volumen al equipo de sonido para sacudir la pavesa que la noche ha dejado sobre esta brisa desabrida que viene a nuestro encuentro.

Y usted que creía que esta sería una larga jornada y fíjese que estamos bajo este sol anémico que viaja al occidente y quien sólo puede pertenecer a los domingos fatigosos de este dos mil jactancioso y petulante. Dese cuenta, si aún duda que es domingo, que la última botella, la que compramos con al dinero que reposaba en los entresijos de mi billetera, se agota lentamente, con el abatimiento dominical que pesa en el alcohol como pesa en las almas y en las palabras. Hablando de eso, ¿podría hacerme un favor? Tome mi chaqueta que no quiero ensuciarla en el viaje que haré, en un par de minutos, por los recovecos de una borrachera infame que estará atiborrada de lagunas, desatinos, descalabros, desmanes de todos los calibres y de historias que reconstruiremos, Rodrigo y yo, y quizás usted, si se anima a repetir la dosis el siguiente fin de semana, cuando nos encontraremos en esta misma terraza con la cabeza y el hígado dispuestos a destapar la primera caja de aguardiente, a encender el primer cigarrillo y poner a girar alguno de los cuarenta y nueve acetatos como gira este mundo ignominioso en su propio eje, y quienes esperarán en el orden en el que los deje esta noche licenciosa, perdida en el tiempo y en la memoria, con la certeza que ese viernes, es decir, el próximo, será idéntico al que murió hace dos días, así como los cincuenta y dos fines de semana del dos mil serán iguales entre sí, como si se tratara de piezas producidas por una fábrica China o Coreana. Le aseguro que en todos ellos estaremos entrando y saliendo del cuarto que con tocadiscos, sillas, acetatos, aguardiente, cigarrillos y cervezas al ritmo que emerja o se hunda el sol por aquel horizonte de casas desiguales, en todos comeremos dos mil pesos de salchichón, en todos retumbará Love Street el sábado a las siete de la mañana y detrás de su melodía repiquetearan las botellas de cerveza entrechocándose, golpeándose torpemente, dando la bienvenida a la vida.

El tiempo se endereza, el presente arriba con su impertinente presencia para desmigajar el recuerdo que se hace grato a los recodos de mi alma, Rodrigo, entretanto, se escurre por algún agujero del tiempo y con él se van las sillas, el tocadiscos, las botellas de cerveza y de aguardiente, los cigarrillos y los acetatos en un remolino turbulento, las copas suenan, estallan en un tintineo frágil, vacilante, el encuentro de dos generaciones, dice Gerardo con voz risueña, sí, pienso, el encuentro de dos generaciones: la que sale y la que entra, sin derecho a la simultaneidad, a transitar las mismas horas, los mismos días, el segundero alcanza, entretanto, el escaño a la vez que el viento huye juguetón entre las ramas, levantando a su paso hojas secas, papeles abandonados, bolsas plásticas que se enredan en sus blondas, en sus encajes de anciana demente, zarandeando begonias en su loca carrera, levantando faldas, apagando la cerilla del vicioso que se da el primer viaje del año, palmeando las nalgas desnudas de una pareja que juega al amor bajo la sombra de unos arbustos generosos, llevándose la juventud, la suya y la mía y lo que hicimos de ellas…

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Trote de las horas (4)

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A la memoria de Nabyl

Vamos por los tejados, por las tapias de casas apiladas en esta noche fría, melancólica, que se perderá en las circunvalaciones de mi cerebro. Al frente, a dos pasos de mí, está Nabyl, Nabylón. Supongo que fue suya la idea de caminar de casa en casa, de cocina en cocina, en busca de trago y comida; a mí estas cosas no se me ocurren ni siquiera en el estado de embriaguez al que llegué después de algunas horas de brandy barato. Todo inició, para empezar por donde se debe, en el baby shower de la hija del Negro, con pasabocas, con sonrisas inocentes, con el dolor de ver a Carolina con Cristián, con algunos comentarios subidos de tono, con la partida de Cristian, con menos sonrisas, más dolor y más zozobra -tan huevón yo, en lugar de ponerme mejor-; luego alguien, algún ocioso con deseos de iniciar la jornada, puso sobre la mesa cinco mil pesos para invitarnos a acompañar al arrugado billete con otros billetes, quizás con monedas, para comprar aquel brandy o ron, no sé con certeza qué es aquel brebaje que se titula, como película o cuento, Jamaica; lo único que sé es que este pócima, este bebedizo malsano es el más barato del mercado, el más barato y el más dañino, el que está a un escalón del pegante bóxer, quiero decir que un peldaño abajo porque es peor que el pegamento que lleva a los indigentes a las campiñas del silencio, a los umbrales de la muerte; después se fueron los amigos del colegio, los de siempre, los de toda la vida, todos menos el Negro quien debía quedarse por tratarse del baby shower de Paula, su hija, tampoco se fue Nabyl quien, de repente, dijo que él también se quedaba y que a media noche nos íbamos, él y yo, para su casa (más tarde, una hora después de la desbandada, regresó Suarez porque no encontró transporte). El resto fueron seis o siete colectas, nuevas botellas de Jamaica, risas cada vez más atropelladas, conversaciones enturbiándose, enfangándose en las cunetas del enajenamiento, más cigarrillos y menos deseos de irnos para la casa de Nabylón. Así fueron pasando los segundos que se hicieron minutos y los minutos que se transformaron en horas hasta terminar caminando por estos tejados resbalosos, por estas cornisas sueltas, con Nabyl avanzando con una seguridad inusual, con un absoluto irrespeto por la muerte. Pensar, me diré en diciembre del dos mil once, cuando esté escribiendo esta historia, que a ese muchacho de veintiún años le quedaban menos de dos años de vida. Morirá en extrañas circunstancias, ¿de qué otra manera podía morir él? Saldrá de la casa hacia La Universidad de los Andes para pagar el semestre; allí, en efecto, llegará rayando las ocho de la mañana, pagará y se irá, según le informará por teléfono a su tío, hacia el trabajo. Esa llamada será lo último que se sabrá de él; luego se hundirá en las tinieblas de las especulaciones: algunos afirmarán que lo asesinaron los policías, otros que lo robaron, lo mataron y lo lanzaron al Lago, otros más que se suicidó. Yo creo, creeré siempre, que murió en su ley: borracho, llevado en las garras de sus viajes alucinantes, rasguñando las grietas de la felicidad, arañando los pies de la realidad; caminando a la bartola, a la buena de Dios, pasará frente al Parque de los Novios, con rumbo al azar o regresando de él; pensará, imagino, conjeturaré años después, que es buena idea darse un bañito en el Lago; saltará entonces la reja y en seguida, borracho, embrollado en las telarañas del aguardiente, se lanzará al Lago y quedará atascado en el fondo, con la cabeza hundida para siempre en el fango del Tiempo. Pero eso sucederá casi dos años después; por ahora entramos a la sexta casa, o quizás a la octava, no puedo saberlo porque estoy enlagunado, extraviado en las ciénagas de la inconsciencia, desde las diez de la noche. Carolina, tres o cuatro años después me dirá que caminamos por techos y cornisas, antes de esa confesión no lo sabré y, por tanto, no podré preguntarle a Nabylón qué sucedió, cómo hice para guardar el equilibrio en ese estado calamitoso de embriaguez, porque él, para ese tiempo, para el momento en el que me enteraré, estará en la otra orilla, al otro lado de la ventana, como dijo Suarez frente al ataúd en el que dormía eternamente. Por eso nunca sabré qué sucedió a pesar que estuve presente de cuerpo y alma. Lo curioso de todo esto, apreciadas lectoras y queridos lectores, es que a mediados del dos mil cinco emergerán, desde algún rincón de la memoria, el ruido de ollas, el sabor insípido de un arroz y las centellas brotando de la nevera abriéndose en la oscuridad; el resto morirá como lo hará Nabyl el trece de diciembre de dos mil dos. Viernes trece para dar razones a los agoreros de temerle a esa alianza de número y día de la semana. Nueve años después de ese día le escribiré a Nabyl, a Nabylón, un texto de homenaje. ¡Qué poco tendré para ofrecerle a su memoria! Lo honraría más emborrachándome, perdiéndome en la bebida, pero en ese momento cumpliré más de ocho años de abstinencia etílica, más de ocho años de convulsionar violentamente, justamente por los excesos de alcohol, de cigarrillo, de trasnocho, de jarana. El hambre se ha ido y tenemos media botella de aguardiente en la pretina del pantalón. Es hora de regresar a la casa de Carolina a seguir embruteciéndonos con trago y conversaciones largas e inoficiosas. Sale Nabyl por la ventana mostrándome los lugares en los que debo pisar para no caer al vacío y partirme los huesos o quizás lo hace para que no lo aventaje en el viaje hacia los barrancos de la muerte…

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Trote de las horas (3)

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Dedicado a Jenny Bastidas

-me hablas así porque estás con una vieja, afirmó la esposa con la voz sólida, sin una grieta por las que pudiera asomar la duda. ¡Qué mujeres ni que ocho cuartos! ¿Cuál mujer se le mide a un hombre que se la pasa horas y horas sentado frente a un computador? Además a este señor, es decir, a este personaje, poco le importa los bienes materiales y las amantes exigen gruesas cantidades de dinero cuando se trata de cortejos. ¿O cómo hacen para ir a restaurantes, bares, heladerías y moteles? Haber, ¿cómo hacen? Pues con los cochinos billetes. Él, además, es poco atractivo a la riqueza. Por eso cuando le llegan algunas ganancias las malgasta en alguna pendejada, aunque sea en las diez cajas de grapas que compró la semana pasada. Así anda el dinero por un lado y él por el otro, sin molestarse, sin estorbarse mutuamente, sin siquiera verse la cara en este callejón oscuro y estrecho que llamamos Vida. Por eso nos preocupa esa afirmación temeraria en tanto vamos por la Avenida Suba en Transmilenio, con la cabeza enredándose y desenredándose en los hilos del pasado y con los ojos aferrándose a las nalgas de muchachas que corren con las manos en la cabeza para defender el cabello del aguacero que se desbarrancó con ínfulas de tragedia.

-me hablas así porque estás con una vieja, repite la voz desde algún filo de su cerebro. Continua el viaje en el Bus Articulado que empieza a atiborrarse de mujeres de mirada marchita, de hombres de silencios que se aferran a sus manos temblorosas, de niños de infancia melancólica como fue la del personaje, como fue la mía puesto que él y yo somos, salvo por algunas vivencias y por algunas palabras que sobran en los arqueos de esperanzas y desesperanzas, en los cálculos de aciertos y errores, la misma persona, el mismo personaje. De alguna esquina del pasado emerge Jenny Bastidas, Marcela, como le dice ahora porque los años, la Vida quizás, la han transformado en otra mujer, en otro ser humano. Ella ahora le dice Diego a pesar que siempre le decía Motas gracias a un pelamen ingobernable que desafiaba tijeras y máquinas eléctricas; pero hoy él es Diego y ella es Marcela, otro hombre y otra mujer que guardan semejanzas con los niños, porque eso eran cuando se conocieron, que convergieron al mismo colegio, al mismo salón, a los mismos profesores y a las mismas horas muertas en las que se suponen aprendieron química, trigonometría, cálculo, pero que a decir verdad, acá entre nosotros, de aquello fue poco lo que les quedó. Dicen que Jenny se fue a Ámsterdam y que allí vivió varios años y regresó transformada en la Marcela que él desconoce, de quien recuerda la sensualidad montaraz que la acompañó cuando tenía catorce, quince, dieciséis años. De ello, de la sensualidad, son testigos los amigos de siempre, los de toda la vida, los que la desearon sin musitar palabra por el justificado temor de ser objeto de burlas. Después de eso nada sabemos, nada podemos decir sin caer en especulaciones, en murmuraciones, en comadreos inciertos. Lo único que sé es que este texto va dedicado a ella y que empieza a perderse, a desbordarse por todos los canales de la memoria y de la razón, a extraviarse en los parajes por los que la terca escritura los lleva. ¡Ay Jenny; tú esperabas que este fuera un pasaje hermoso sin saber que las testarudas palabras jalan para la oscuridad del pasado, para el barranco de donde extraen recuerdos ensangrentados, lívidos, descompuestos de tantos años y tanto polvo que les han caído encima, para levantarlos, obligarlos a enderezarse y referir los eventos que los lanzaron a ese lodazal! La imagino a ella, a Marcela, con los ojos sobre este texto esperando una frase sublime, un verso luminoso, desilusionándose, después de algunos segundos de lectura, al encontrar esta disertación que no va para ninguna parte, que no posee ningún atributo cercano o siquiera parecido a la belleza, dándose golpes contra estas frases agotadas, estériles, baldías como los pastizales que rodeaban el colegio y en cuyos vértices nos emborrachábamos los estudiantes de todos los grados, de todas las latitudes, de todos los estratos, potrero donde aprendíamos a ser bandidos, vagos, borrachos, porque eso sí aprendíamos en aquellos días. Pero dejemos eso para otro momento puesto que a lo lejos se vislumbra el Portal de Suba naufragando en esta tormenta rencorosa que no quiere suspender su embate.

-me hablas así porque estás con una vieja, reincide su esposa (¿mi esposa?) bajo la tempestad rabiosa. Suelta una carcajada vibrante que obliga a la señora que está a su lado a cambiar de silla entre persignaciones y padrenuestros. ¡Qué viejas ni qué ocho cuartos! Le habló así porque estaba de malgenio, porque tenía hambre, cansancio, dolor de cabeza, dolor de muela, sueño, malparidez cósmica, por cualquier cosa menos porque estaba con una mujer. El hambre, el frío y el cansancio empiezan a agriarle el ánimo, a despeñarlo por las laderas del mal humor. Camina hacia los alimentadores por un túnel que se parece a la Vida, al Destino, a sí mismo, de tal manera que empieza a naufragar en la melancolía. Aparece nuevamente Jenny con su cara adolescente, con su falda a cuadros. Emergen de algún rincón otros compañeros de colegio: Cristina, Rocío, Dolly, Ortiz, Patiño, Diego Navarrete, Suarez, Nabyl, El Negro, Walther, Larry, Mora, Sylva, Sandra Galeano, Fula, David Vargas y decenas de alumnos a quienes ve con el suéter azul claro, con el jean o la falda a cuadros y entre ellos está él, con sus motas, con su irreverencia que han agotando los años, que ha derivado en una indiferencia catatónica y con su barba que contrasta con la edad de sus compañeros. Se acerca para contemplarse mejor; se asombra de verse tan flaco, tan amarillo, tan ojeroso, con los ojos rojos de tanto trasnochar, de tanto beber aguardiente en cantinas de mala muerte, en pastizales, de tanto fumar hierba, de tanto pesimismo traicionero. ¡Qué muchacho tan desalineado! ¡Si fuera alumno mío no lo pasaba por nada del mundo!, afirma entre el estupor de los pasajeros que lo observan, me observan, hablando solo y con la mirada perdida en el horizonte. Este señor, apreciados lectores, que ustedes contemplan en medio del soliloquio, viendo jóvenes que hace años dejaron de existir, es Profesor de Matemáticas y Director de Curso, en mayúsculas para conferirle responsabilidades que no tendría, o al menos eso creen las directivas del Colegio, si se escribiera en minúscula. ¡Si supieran sus alumnos quién fue en la adolescencia no lo respetarían para nada!… o lo respetarían menos, puesto que no es secreto para nadie que aquello que llaman respeto, aquella cortesía de antaño, murió mucho antes que lo hicieran los adolescentes que se retiran bajo las blondas del aguacero. Levanta la mano para despedirse de ellos y del pasado que retorna todos los días a las dos de la tarde. A lo lejos, bajo los crespones de la tormenta, se ve el Alimentador que lo llevará al lugar de la cita. Se acerca el bus lanzando agua a los cuatro vientos y se detiene entre el bramido del freno de aire a cinco metros del lugar donde está de pie con la mirada enredada en los confines del pasado. Todos se alejan de él, ¿de mí?, da igual, por temor, quizás, a que les contagie la demencia. Se sube tranquilo, con los ojos apagados y la sonrisa ladeada que lo acompaña cuando reviven sus compañeros de colegio…

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