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Pregunta #3

¿Cómo es posible que la misma sustancia que oxidó todas las tuercas y engranajes de mi voluntad me aconseje, con voz suplicante, enderezar el camino recorrido, levantar las abatidas banderas y resucitar las asesinadas esperanzas?

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Sobre esperanzas y regocijos

En mi cabeza sólo existe una Penélope. Esta no es, como supondrán, la esposa de Ulises. La Penélope que habita mi cabeza es una mujer entrada en años (cincuenta y tantos) con la cabeza cana que espera, sentada en un banco verde, el regreso de Arcadio (no sé porque siempre he pensado que se llama así). A esta mujer la veo en las tardes secas de algún pueblo abanicándose con la mirada perdida en el horizonte.

Esta imagen me acompañó en los lejanos días de despecho y en el amanecer, húmedo y alegre, que sobrevino al desamor. Hoy, gracias a una carta, he vuelto a sentir la mirada serena de aquella mujer y he sentido el relente de su perfume visitando mi cuarto frío. A la misiva, le debo, asimismo, el haberme traído los versos de aquel poema de Ángel González que dice:

Muerte en el Olvido

Yo sé que existo
porque tú me imaginas.
Soy alto porque tú me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
Inteligente, y en tu sencilla
Ternura, yo soy también sencillo
Y bondadoso.
Pero si tú me olvidas
Quedaré muerto sin que nadie
Lo sepa. Verán viva
Mi carne, pero será otro hombre
-oscuro, torpe, malo- el que la habita…

A ella, a la autora de la carta, sólo le puedo decir que todo conflicto es una bendición de espaldas; lo cual indica que se debe superar para poder verlo de frente y conocer su verdadero sentido.

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Reflexiones en torno a los sueños

¿Cuánto estás dispuest@ a pagar por un sueño? Yo no daría mucho. No daría, por ejemplo, salud a cambio de un sueño. Me parece estúpido dar tanto por algo que no disfrutaré por estar postrado en la cama. Claro que acá hay que hacer una distinción muy fina: ¿los sueños son para mí, para ayudar a la humanidad o para lucirme frente a los demás? Si la respuesta es la primera las pretensiones no se pagaran con monedas de bienestar. Si, por el contrario, se lucha para que los demás digan “¡oh cuán maravilloso es este ser humano!” se vale todo porque es por los demás que se trabaja, al igual que si se lucha por la humanidad.

Querer que los demás crean que uno es un ser humano extraordinario es inoficioso porque no nos servirá de nada: con la admiración de los demás no se eleva ni un castillo de naipes. Entonces ¿para qué luchar contra los penalidades de la vida? La pregunta me la hago porque veo a muchas personas sacrificando los mejores años de su vida por entelequias nacidas de los entresijos de la televisión, la academia, la familia o cualquier asociación. Soy testigo de adolescentes que no duermen ni comen para no perder tiempo de estudio o señoras que no comen para que no les salgan llantas. ¡Que importa si se pierde un parcial o si se sube dos kilos si a cambio de ellos hallamos sosiego en nuestros corazones! ¿De qué me sirve, repito, la gloria si tengo que verla desde la cama? ¿Creen acaso que cuando estén próximos a la muerte recordarán la lucha y la posterior aureola? Yo lo dudo mucho. Creo que lo que se recuerda en las postrimerías de la vida son los pequeños momentos: la brisa fría de una mañana de abril, el aire caliente de una tarde en el pueblo de los abuelos, las manos frías de la novia una noche de septiembre, etc. Yo dudo, y tengo buenas razones para hacerlo, que el diploma que reposa en la pared sea el recuerdo con el que despedimos este mundo.

Lo anterior no quiere decir que no se debemos entregarnos a la molicie o a la desidia. No, para nada. Lo que quiero decir es que no debemos olvidar, mientras luchamos, que todo esfuerzo y toda batalla tienen márgenes.

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