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Decadencia

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Dedicado a Elsa Galindo

Lo contemplas con una mezcla de melancolía y frustración en tanto que él te mira con la misma jactancia con la que lo hacía veinte años atrás. Vislumbras la vida a su lado: mides las carreteras que no hubieras transitado, los países que no habrías conocido y las sonrisas que se hubieran marchitado mientras luchabas por su amor. Te recuestas en el espaldar de la silla con la certeza que en pocos minutos te tomará la mano y empezará a recitarte versos de Neruda; luego medirá la resistencia de tu voluntad con una mirada apacible para proponerte, al final de escrutinio, un crucero por el callejón de la pasión. La calidez de tus manos, tus apolillados versos y la promesa de tu cuerpo quedaron, al igual que tú, rezagados en los pliegues del tiempo; prefiero recordarte como el jovencito que encendió mi cuerpo en los albores de la adolescencia que como el hombre al que la rutina y el fracaso transformaron en un ser decadente, le dices mientras observas su mano levantarse de la mesa. Sientes que la espuma que se agita en la boca del estómago sube a tu cabeza; te levantas lentamente; das media vuelta y empiezas a caminar por el sendero de cemento con la seguridad que veinte años de tu vida agonizan en los ojos que ven fundir tu silueta con las sombras de los sauces.

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En los dominios de la decadencia

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Tu cuerpo incita a la oficiosa mano y al inquisitivo ojo a recorrer la geografía de tu piel y tu estimulante mirada enreda las calmadas aguas de la soledad. Lo peor de todo es que, además de conocer el filo de tus hondonadas, el brillo de tus cúspides y la ponzoña de tus ojos, eres capaz de enturbiar el discernimiento más equilibrado y de encender la roca húmeda.

Te conocí bajo el plomizo cielo de noviembre. Tus palabras mimaban la tarde con tu entonación de niña malcriada al tiempo que tus manos acentuaban las emociones con movimientos milimétricamente calculados. Yo, entretanto, hablaba con las letras rebotando en la lengua y la mirada paseándose por las palpitantes colinas.

Meses después nos encontramos en un atardecer huérfano de melancolía. Este es tu día de suerte, dijiste entre sonrisas etílicas y caricias mecanizadas. Este es mi día de suerte, repetí con la sonrisa ladeada que acostumbro calzar en las noches sin luna. Camine hacia el hostal con la traición acuchillando la respiración…

Al concluir la tercera escaramuza entendí que tu cuerpo promete paraísos que tu egoísmo es incapaz de sostener: bajo los arcos de perfecta convergencia y las apetitosas turgencias habita un alma que, además de estar sostenida por empolvadas telarañas, se hunde en monólogos cancerosos que envenenan. Al llegar a esta conclusión esperé que el sueño te hundiera en sus aguas cenagosas para huir del corrosivo imperio de tu vanidad…

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