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Colillas y cigarrillos

Señores Compañía Colombiana de Tabaco:

Esta carta no es para abogar por el derecho de respirar aire libre ni mucho menos por el derecho de los fumadores a ejercer su hábito en cualquier lugar. Esta carta es para interceder por el derecho de los cigarrillos. Sí, como lo oyen: escribo para defender la vida y honra de aquellos cilindrillos blancos con zapatillas cafés.

(Hasta este oscuro rincón del cosmos escucho las carcajadas de ustedes. Pero aunque le parezca gracioso le pido que lea el resto de la carta para que entienda que mi petición no es descabellada).

¿No han pensado en el triste final de los cigarrillos que producen? Siéntense ustedes a pensar en la vida de aquellos hijos que emergen de las entrañas de sus fábricas: primero tiene que vivir hacinados en unas cajetillas estrechísimas y oscuras. Luego, cuando un piadoso comprador toma la cajetilla en sus manos, extrae a uno de los retoños para encenderle la cabeza con algún mechero o fósforo. En este momento la criatura ejecuta su función de compañero -si el fumador se halla solo en un codo de la soledad-, o relajante -en el caso que los fantasmas de la ansiedad asomen su testa-, o, quizás, ultimando la faena amatoria. Cuando su labor se ha concluido el cigarrillo encuentra un final trágico: después de ser compañía o consuelo el fumador decide, en un acto de infinita crueldad, lanzarlo al piso y matarlo con el tacón de su zapato, o ultrajarlo en un cenicero. Luego el mancillado cadáver del cigarrillo será pisado por cientos de zapatos hasta que la benigna lluvia o el piadoso viento lo envíen a las cloacas. Si pereció en un cenicero su suerte no es diferente: lo lanzaran entre cáscaras de plátanos y papeles sucios y rodará de caneca en caneca hasta llegar a las llanuras repugnantes.

¿La anterior imagen no les ocasiona dolor en la boca del estómago? ¿Su insensibilidad llegó hasta el punto de pasar campantes encima del cadáver de los retoños de sus empresas? ¿No les remuerde la conciencia saber que han podido librar de ese dolor a los herederos de tanto trabajo y esfuerzo?

Como sospecho que las risotadas no han cesado en su fanfarria burlona, sólo les pido que tomen con el mismo humor la noticia que sus hijos han sido secuestrados por un comando de hombres encapuchados. Espero que rían, asimismo, cuando encuentren los cadáveres de ellos en canecas de basura o nadando en las alcantarillas de esta hermosa ciudad.

Cordialmente:

A.B.

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