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Sobre los vicios y sus consecuencias

En los 10589 días que he pasado en este planeta he tenido toda suerte de vicios. El primero de ellos fue el tetero (biberón, en otras latitudes). Recuerdo que no podía tomarme el chocolate, ni ninguna bebida caliente, si no la exprimía de la goma del chupo. El vicio lo abandoné en los meses posteriores al kínder (entré de cinco años a este curso).

Al poco tiempo que renuncié al tetero me envicié con la televisión. La mayoría de los niños de mi época cruzaron la niñez corriendo detrás de aros de hierro, jugando canicas o brincando cuerda. Yo no. Me la pasaba acostado viendo televisión desde las cinco de la tarde hasta el final de la programación a media noche (sí, lo sé: mis papás fueron bastante laxos). Esta mala costumbre la dejé cuando la adolescencia entró como un viento a las tardes marchitas del año noventa y tres.

A finales de ese mismo año adquirí el hábito de embriagarme cada vez que se diera la oportunidad, y dado que la ocasión se presentaba con bastante frecuencia, tuve una adolescencia inundada de alcohol (algunas historias del anecdotario dan cuenta de algunas jornadas inolvidables de desenfreno etílico). Este hábito -que para el año dos mil tres ya era un vicio incorregible- me condujo, unido con una malasia cortical, a una crisis convulsiva que derivo, a su vez, en epilepsia.

El trago me empujó al cigarrillo. Este vicio se atornilló lentamente en mis hábitos diarios hasta convertirse en parte de ellos (en muchas ocasiones era lo único que hacia). Recuerdo, por ejemplo, que amaba el cigarrillo que se fuma después del almuerzo y el que consumía cuando las nubes se enrojecen. El uso continuado del tabaco menoscabó significativamente mi resistencia física, lo que me indujo a abandonarlo la tarde del primero de febrero del año pasado…

Esta tarde, mientras apuraba un sancocho atiborrado de papas y costilla, hacia el anterior recuento. Cuando concluí el segundo plato de sancocho recordé que el exceso en la comida (mi actual vicio) me tiene al borde de un infarto gracias a la hipertrigliceria causada por el exceso de harinas y grasas. Un segundo después evoqué los momentos maravillosos que he pasado junto a los vicios: el cigarrillo humeando en mis dedos en las noches de soledad, el alcohol que avalaba interminables conversaciones con mis amigos del alma, o la fiesta de sabores y sensaciones del ajiaco. ¡Vale la pena!, concluí con el estómago abarrotado de carbohidratos y grasas; ¡realmente vale la pena!, repetí al tiempo que me frotaba el abdomen abultado.

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Colillas y cigarrillos

Señores Compañía Colombiana de Tabaco:

Esta carta no es para abogar por el derecho de respirar aire libre ni mucho menos por el derecho de los fumadores a ejercer su hábito en cualquier lugar. Esta carta es para interceder por el derecho de los cigarrillos. Sí, como lo oyen: escribo para defender la vida y honra de aquellos cilindrillos blancos con zapatillas cafés.

(Hasta este oscuro rincón del cosmos escucho las carcajadas de ustedes. Pero aunque le parezca gracioso le pido que lea el resto de la carta para que entienda que mi petición no es descabellada).

¿No han pensado en el triste final de los cigarrillos que producen? Siéntense ustedes a pensar en la vida de aquellos hijos que emergen de las entrañas de sus fábricas: primero tiene que vivir hacinados en unas cajetillas estrechísimas y oscuras. Luego, cuando un piadoso comprador toma la cajetilla en sus manos, extrae a uno de los retoños para encenderle la cabeza con algún mechero o fósforo. En este momento la criatura ejecuta su función de compañero -si el fumador se halla solo en un codo de la soledad-, o relajante -en el caso que los fantasmas de la ansiedad asomen su testa-, o, quizás, ultimando la faena amatoria. Cuando su labor se ha concluido el cigarrillo encuentra un final trágico: después de ser compañía o consuelo el fumador decide, en un acto de infinita crueldad, lanzarlo al piso y matarlo con el tacón de su zapato, o ultrajarlo en un cenicero. Luego el mancillado cadáver del cigarrillo será pisado por cientos de zapatos hasta que la benigna lluvia o el piadoso viento lo envíen a las cloacas. Si pereció en un cenicero su suerte no es diferente: lo lanzaran entre cáscaras de plátanos y papeles sucios y rodará de caneca en caneca hasta llegar a las llanuras repugnantes.

¿La anterior imagen no les ocasiona dolor en la boca del estómago? ¿Su insensibilidad llegó hasta el punto de pasar campantes encima del cadáver de los retoños de sus empresas? ¿No les remuerde la conciencia saber que han podido librar de ese dolor a los herederos de tanto trabajo y esfuerzo?

Como sospecho que las risotadas no han cesado en su fanfarria burlona, sólo les pido que tomen con el mismo humor la noticia que sus hijos han sido secuestrados por un comando de hombres encapuchados. Espero que rían, asimismo, cuando encuentren los cadáveres de ellos en canecas de basura o nadando en las alcantarillas de esta hermosa ciudad.

Cordialmente:

A.B.

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