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Trote de las horas (1)

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Dedicado a Diego Navarrete en su cumpleaños treinta y tres

Vamos en medio de la carretera que separa, o mejor, que une a Villa de Leyva con Arcabuco, es de noche, cerca de las ocho, es siete de diciembre de mil novecientos ochenta y siete, Día de la Velitas, en mayúsculas, como todas las festividades en esta nación de conmemoraciones. Las montañas se iluminan por bombillitos pequeños que en realidad son montones de helechos, de hierba seca, de leña quemándose para saludar a la Virgen que pasará levitando encima de las volutas de humo. El año anterior, recuerdo mientras avanzamos en esta oscuridad tan impenetrable, tan densa que hay que separarla con las manos, ayudaba a mi abuelo a reunir helechos, chamizos, troncos grandes y pequeños que se fueron amontonando, que fueron creciendo, avanzando en su afán de remontar las alturas de las que bajaron para transformarse en este cúmulo de materia inerte; después, cuando la tumulto superaba los dos metros, cuando la noche se hizo espesa, mi abuelo prendió un trapo viejo y lo lanzó al montón que se encendió inmediatamente con una furia descomunal, gemían los troncos en su última agonía, la llama crecía y crecía y crecía y crecía en busca del tapete de estrellas que titilaban indiferentes a nuestros destinos, a nuestras desventuras. Yo no sabía si gritar o llorar de la impresión que me causaba esa enorme bola de fuego que expelía un calor capaz de deshacernos con la misma eficiencia con la que la lupa derrite soldaditos de plástico. Entre más crecía más nos alejábamos por la impertinencia de las llamas, “así es el infierno”, afirmaba Cleotilde, la compañera de mi abuelo, la moza, como le decía mi mamá con un odio visceral, “por eso hay que leer las Sagradas Escrituras”, concluía con la mirada extraviada, con la voz perdiéndose en los meandros de la demencia que se la llevaba de año en año por caminos de herradura, por calles empedradas, a gritar incoherencias, a vociferar con la boca llena de espumarajos, con una biblia maltrecha que años después yo le robaría, hasta que los hijos la traían a Bogotá y le daban kilos de Carbamazepina (la misma que consumo pero por razones distintas) hasta hacerla regresar a los esquivos cauces de la razón. Vamos llegando al Alto de Cane, la quebrada suena al fondo, entre las tinieblas, yéndose, huyendo de la vida que vibra en las gargantas de las ranas. Por acá pasaré ocho años después en el techo del bus de Calambres con seis amigos, los del colegio, los de toda la vida, los imprescindibles, los que siempre estarán para recordar o para hablar o para vivir. Íbamos, decía, embruteciéndonos con Ron Tres Esquinas, con Peches, con el viento, con el sol, con el paisaje y con la juventud que parecía eterna y que veinticuatro años después de esta noche de luna nueva, de evocaciones, de recuerdos y premoniciones, se deshilachará en las agujas de todos los relojes que le saldrán al paso, en los amores no correspondidos, en las encrucijadas, en todo quedarán aferradas las hebras de esa juventud que nos subirá a esa bus olvidado de la mano de Dios. Luego tomamos, tomaremos, porque será ocho años después de este viaje que empieza a hacerse largo, diez galones de chicha, 37,85 litros, 37850 centímetros cúbicos de bebida espirituosa, ancestral como la tierra a la que la regresaremos entre arcadas, entre la mirada asombrada de Cleotilde y las carcajadas de Javier. El que mejor estará será Diego Navarrete, a quien va dedicado este escrito, de quien quería hablar, pero la escritura es caprichosa, resabiada como una mula: por más que uno le jale las riendas se va por esos andurriales espinosos, escabrosos, peñas por las que uno se puede ir de cara contra el mundo para levantarse sin dientes, sin un ojo, manco como aseguran que era Cervantes. Diego Navarrete, decía, estará más lúcido, pondrá orden en ese naufragio de murmuraciones, de exclamaciones que pedirán la atención de los demás, de carreras vacilantes para vomitar afuera, al lado del cerezo, bajo los andenes de la Vía Láctea. ¡Tanta lucidez en este laberinto de existencias descarriadas! Tomaremos caldo mientras los otros dormirán los excesos etílicos, redondearemos las pocas ideas que no se fueron por las cañerías de la noche. Después todo lo consumirá el olvido, la negligencia de esta cabeza que recuerda lo que quiere, lo que le viene en gana, de esta cabeza que mastica y bota, que chupa la savia de algunos instantes y bota el resto del día, con todos sus filos, con todo y los millones de palabras que entraron y salieron de ella. Entre charla y charla vamos llegando a la Tienda de Joaquín, la misma que me verá borracho cientos de veces, en la que correré para no morir asesinado por las balas de Jacinto Espitia, un veterano de alguna de esas guerras que le nacen al planeta como verrugas en su lomo, que me verá agonizar de amor por una muchacha que no me dará ni la hora, que me verá comprar una canasta de cerveza para mis amigos del colegio con plata ajena, con dinero hurtado. Es hora de bajarnos de este sonajero de ventanas y puertas desajustadas, contemplo las bombillas que empiezan a extinguirse en las montañas que sobrevivirán al holocausto nuclear al tiempo que llega a mi oído los sonidos lentos, uniformes, que conducen a Joaquín entre las breñas de su ceguera. Tomemos este sendero irregular que nos llevará a la casa en la que mi abuelo duerme su borrachera diaria, su eterna fuga de este vida que lo devorará dieciseises años después, como me devorará a mí, como los devorará a ustedes, pacientes lectores.

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Juramento

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Eran las nueve de una noche de comienzos del noventa y nueve. Esperábamos ansiosos a un grupo de mujeres que Nabyl y El Negro habían enganchado en uno de los primeros chats de hispanoparlantes.

-El futuro está en los chats, afirmaba Nabyl para amedrentar la ansiedad que a esas horas, en aquel paraje solitario y desconocido, empezaba a solidificarse, a hacerse palpable, a transformarse en un silencio compacto, impenetrable. Llegará el día en el que sólo se podrán hacer levantes por ese medio, remataba con una confianza que emergía de las manos que nunca abandonaban los movimientos frenéticos.

A los cinco minutos llegó un grupo de siete mujeres que, a lo lejos y bajo las tinieblas de esa hora, parecían tan atractivas como las imaginaba El Negro cuando chateó con ellas. Llegó el desquite, me decía en tanto se aproximaban tímidas o, acaso, temerosas de nosotros y de nuestras intenciones.

-vaya Nabyl, salúdelas, demandó una voz acostumbrada al trato áspero y quien se encontraba, a esa altura de la noche, lacerada por varias rondas de aguardiente litreado y por no pocas cajetillas de cigarrillos.

Él, habituado a llevar sus planes hasta las últimas consecuencias (especialmente si en ellos se incluían mujeres y romances), fue al sitio donde se detuvo el grupo. A los tres minutos regresó con cara de acontecimiento.

-las viejas no son como las imaginamos; propongo que vayamos con ellas y que cada quien decida qué hace: si quedarse, rumbeárselas, comérselas o irse para la casa, dijo antes que le lanzáramos la primera pregunta.

-¿están muy pailas?, inquirió Walther con la mirada opacándose a causa de la desilusión.

-lo voy a poner en estos términos: la única que aguanta le faltan dos dientes.

Quisimos reír pero todos sabíamos que Nabyl, Nabylón, en estos casos no cometía la imprudencia de mentirnos, de llevarnos con embustes al matadero, de lanzarnos a los brazos del matarife con los ojos vendados.

-eso hagámosle sin asco, invitó el Negro con timbre enérgico.

-de una, apoyé con poca convicción.

Fuimos hacia ellas lentamente, con desconfianza, algunos evitando las risas nerviosas, otros bebiendo de la caja de vino que habíamos llevado para paladear el frío, los de más allá contemplando el pavimento fracturado, deshecho, calamitoso, los más escépticos examinando la luna que se ocultaba tras un rebaño de nubes.

Ellas, imagino, sintieron el impulso de correr al ver a un grupo de doce hombres de miradas agrias, de tufos de ochenta octanos, de camisas raídas, de melenas indómitas, de barbas de varios días, hombres, en suma, que daban la impresión de haber descendido de las montañas o de haber sido liberados, horas atrás, de una prisión.

-pensábamos que eran menos, afirmó una muchacha que descollaba por un abdomen prominente.

Quisimos explicarles que éramos cinco, los cinco de siempre, los del colegio, los de toda la vida, pero camino al bus se fueron uniendo vecinos y amigos que encontramos al paso y quienes al oír de mujeres hermosas, de piernas inabarcables, de nalgámenes apetitosos, se unieron ofreciendo dinero para el trago, tarjetas de amigos que administran moteles y toda suerte de promesas y ofertas que serían útiles en el momento de rematar la velada, pero preferimos callarnos, dejar que las circunstancias continuaran en su desplome, en su inevitable inclinación hacia la desesperanza.

-Nosotros pensamos lo mismo de ustedes, respondió un desconocido que no sabíamos de dónde había salido ni quién lo había invitado. Mejor vamos a bailar, concluyó para zanjar cualquier conato de réplica.

-Conocemos un sitio bueno, afirmó la muchacha que me contemplaba con ojos golosos.

Ellas emprendieron la caminata entre bisbiseos y carcajadas emboscadas en tanto que nosotros, hundidos en un silencio sepulcral, les seguíamos con la certeza que cometíamos un gran error. Dos cuadras después, bajo un letrero oxidado, de letras desteñidas por las encías del tiempo, emergían los compases de vallenatos lastimeros.

-acá es, dijo la desdentada

-vaya marica y nos dice qué tal está el sitio, instó Walther para que yo midiera el caletre del establecimiento.

Me asomé en la puerta y vi en las vecindades de la barra a un joven con una chaqueta enlazada al brazo izquierdo y con una correa en la derecha defendiéndose de otro que enarbolaba una patecabra y quien tenía la clara intención de apuñalearlo.

-hay dos manes dándose chuzo, resumí.

-mejor vamos para otro lado, dijo la voz azucarada de una muchacha que estaba abrazada a un vecino del Negro, al tiempo que emprendía el camino por una calle oscura, tenebrosa, lóbrega como todas las calles del sector.

Fuimos detrás de la pareja que caminaba lentamente, como si quisieran perpetuar el placer de abrazarse y de hablar a media voz, con la sonrisa colgando de las comisuras de los labios.

Ocho cuadras después llegamos a un lugar igual que el anterior: letrero en lata, puerta pequeña, vallenatos magullando la noche. Adentro dos parejas de borrachos bailaban por el empuje de la música mientras una mujer de edad incierta cabeceaba detrás de la barra. Unimos cuatro mesas al tiempo que El Negro, con aquel entusiasmo financiero que lo acompañó buena parte de su juventud, sugería pidiéramos dos botellas de aguardiente en lugar de perder la plata en rondas de cerveza.

Al filo de la media noche, gracias a la acumulación de alcohol, sueño y testosterona, se inició una pelea con botellas despicadas, butacas estrellándose contra paredes y ventanas, improperios y alaridos de mujeres queriendo imponer el orden. Miré, al escuchar el primer estallido, a los ojos a Nabyl para confirmar que haríamos lo mismo: salir corriendo para no pagar la cuenta y, de paso, para espantar la frustración de ver a los otros, a los vecinos y amigos, a los desconocidos que encontramos en el camino, bailando y besándose con las mujeres que nos correspondían por el derecho que concedía el hecho de haberlas cotizado en el escaso y difícil espacio de la virtualidad. Salimos, en efecto, entre la gritería y quinientos metros más adelante, cuando sabíamos que no nos podían encontrar, que nadie nos seguía, nos detuvimos para constatar que estábamos los cinco, los de siempre, los de toda la vida (el último en llegar fue Suarez quien por aquellas intrigas del azar, por aquellas paradojas de la noche, había tomado la calle equivocada).

-de la nevera, dijo El Negro al tiempo que enarbolaba una botella de ron.

-de la mesa, continúe mientras exhibía el remanente de aguardiente que sobrevivía antes de empezar la gresca.

-de la barra, concluyó Nabyl al tiempo que empuñaba una paca de cigarrillos.

Soltamos una carcajada al corroborar que persistían las enseñanzas adquiridas en colegios públicos y y diversos batallones del circuito militar de Colombia. Buscamos, poco después, el parque más cercano para aguardar el arribo del amanecer bogotano entre tragos, risas, evocaciones y todo aquello que brota de las ranuras de las almas irresponsables. A las seis de la mañana, o quizás un poco antes, cuando nace un brillo incierto en los contornos de las montañas, cuando empiezan a trinar copetones desde arbustos completamente secos, me paré con la mirada vidriosa, con las manos temblorosas, los contemplé con dificultad al tiempo que les decía, con la lengua estropajosa: juro solemnemente que este trance lo rescataré de las arenas del olvido, de los barrancos de la ingratitud, para gloria de las futuras generaciones. Levanté, acto seguido, el remanente de ron y lo apuré de un sorbo teatral, pomposo, como todos los movimientos generados por el alcohol al tiempo que la promesa empezaba a diluirse en las circunvalaciones del lóbulo frontal, a desdibujarse de mi cerebro hasta que, a las seis de la mañana de hoy, por aquellas intrigas de la memoria, emergió sólida, concreta, como si la hubiera hecho minutos atrás…

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Desplome

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Tuviste la testarudez de hundirte lentamente, sin afanes, sin prestar oído a los amigos que te suplicaron que vendieras el negocio antes que los rumores se transformaran en hechos tangibles. Entre más te aconsejaban más te aferrabas a las estanterías, a los piñones, a los amortiguadores que te sacaron de las estrecheces de la pobreza y de las infamias del hambre para ubicarte, después largos forcejeos con la suerte, a la cabeza del monopolio de autopartes de Chevette. Es imposible, decías, que la fortuna me abandone ahora que tengo el dinero con el que soñé en la adolescencia. Por ello, en lugar de vender, que era lo razonable, atiborraste las bodegas con piezas traídas de contrabando desde Sao Paulo y les subiste el sueldo a las vendedoras para incitarlas a vender.

Meses después salió al mercado el primer automóvil ensamblado en Colombia y con él tu fortuna se desvaneció como las sombras que se pierden en la noche. Fueron suficientes, por tanto, cuatro semanas antes que te vieras precisado a vender las bodegas saturadas de mercancía, cuatro locales y tu casa para evitarle a tu familia la vergüenza que los embargaran.

Tu esposa, en muestra de lealtad, te dio noventa millones para que iniciaras la fabricación y venta de pinturas. Este capital fue suficiente para pagar insumos, contratar un químico y comprar un escritorio que cojeaba y en el que ubicaste el emblema de gerencia que rescataste del anterior derrumbe. Al comienzo las utilidades fueron buenas pero se escurrían por las rendijas de los hábitos: extraías dinero de la caja para almorzar en restaurantes de epígrafe, para comprar corbatas italianas o, con mayor frecuencia, para el Whisky y la cocaína que consumías, sin el menor recato, en el escritorio de gerencia. Luego las ventas empezaron a decaer y al final, cuando la quiebra era inminente, tomaste el dinero y te fuiste sin dejar huella para evitarle a tu esposa un nuevo fracaso.

Con el dinero compraste una camioneta desvencijada, traperos, escobas, baldes y cepillos; embutiste todo en ella y te fuiste a venderlos en pueblos vecinos. Al final de cada día comprabas una botella de aguardiente, la tomabas en el parque o dentro de la camioneta hasta dormirte. A la mañana siguiente pedías un baño prestado, te cepillabas los dientes, te echabas agua en la cabeza y emprendías el itinerario por los caseríos que se aferraban a la cordillera. Cuando no quedaban más que papeles y cabuyas en el vehículo viajabas a Bogotá para compara mercancía, aguardiente y, si habías tenido suerte en la venta, algunos gramos de cocaína. Pagabas el alquiler de un Motel donde te encontraba el sueño mientras fantaseabas frente a videos pornográficos. Al siguiente día te bañabas, almorzabas en algún restaurante de la décima, llenabas el tanque de gasolina y seguías hasta Briseño donde te estacionabas a contemplar el ocaso que se introducía en las grietas de tu piel…

Esa fue tu rutina hasta que tu hedentina afectó definitivamente el trabajo. Decidiste, en aquel momento, vender la camioneta, o lo que quedaba de ella, a un mecánico de Zipaquirá. Con el dinero compraste un carromato de madera y algunas frutas que intentaste vender en la carretera pero que nadie compró porque temían que fuera una excusa para robarlos. Fue entonces que decidiste vivir en el inquilinato de la sexta y sobrevivir de vender el papel, el cartón y las botellas que hallabas en los barrios altos en los que viviste.

Por aquellos años nos conocimos en el naufragio de porros y aguardientes. Me lanzaste una mirada opaca, larga como el amanecer. Para ti es gratis, te dije para acelerar lo irremediable. Accediste con un gesto que invitaba a seguirte. Caminamos, poco después, con los ojos enredándose en bolsas de basura acribilladas por manos hambrientas. Luego me desnude lentamente, sin temor a que apresuraras el polvo; encendí la lámpara para mostrarte lo que queda de este cuerpo que crispó los estudiantes de la Universidad Nacional y de la Universidad de Buenos Aires. No te equivoques conmigo: conocí mejores años, afirmaste con voz angulosa, casi cortante, al reconocer la arrogancia de mis movimientos. Te levantaste y fuiste hasta la esquina en la que te esperaba una caja de cartón. La abriste y extrajiste recortes de revista y periódicos en los que, bajo titulares enfáticos, posabas con sonrisas forzadas. En ese momento las evocaciones te pesaron en el pecho lo suficiente para apuñalar el deseo. Vístete, susurraste en la zozobra de las seis de la tarde. ¿La estufa sirve?, pregunté para esquivar la melancolía. Moviste la cabeza. Me vestí, salí y regresé dos horas después con una maleta atiborrada de ropa, tres platos, dos ollas magulladas y media libra de arroz. Cociné mientras bebías rabiosamente. Al final de la botella comiste con desconfianza, diste media vuelta y te entregaste al sueño entre gruñidos y murmuraciones. Me quedé, después de lavar las ollas y los platos, con la mirada clavada en las sombras que crecían y se hacían intensas y que luego desaparecían entre el rumor de carros.

Así empezamos a subsistir: tú raspaba las canecas de los barrios en los que viviste durante décadas mientras yo alquilaba mi cuerpo para que los hombres olvidaran, durante tres o cuatro segundos, el infortunio que los devoraba. Evocábamos, en las noches en las que el alcohol no te llevaba por los senderos del rencor, los días en los que eras un comerciante prestigioso o los años en los que viví en Buenos Aires gracias a una beca del gobierno argentino. Luego te hundías en mi cuerpo, en mi tristeza de alondra, y lo sacudías hasta hacerme olvidar el hambre que rasguñaba las mañanas grises, la miseria de la que nunca saldré, los hombres que entraban en mí cuerpo en rapiña: apedreando las ventanas por las que me asomó a la nostalgia y acuchillando los sueños que la noche fue acumulando en rincones polvorientos.

Las cosas venían funcionando de tal manera que alcance, de hecho, a suponer que el amor también invade los cuartos descascarados donde los hombres hacen fila para entrar en la misma mujer, en la misma soledad parlante. Fue tanto el entusiasmo, repito, que hasta llegue a convencerme que la relación sobreviviría a pesar de tus silencios de plomo y de tu rencorosa forma de gobernar. Lastimosamente los hombres piensan con la cabeza y no con el corazón: entendiste, después de ocho meses de vida compartida, que era demasiado trabajo soportar el olor a hombres vencidos y demasiada carga los incontrolables arranques de histeria en los que caigo cuando escasea el dinero, cuando falta la vicha que me salva de la realidad…

Y así paso, amorcito, la incertidumbre de las horas. Algunos días, como si el tedio se cansara de jugar con mi tristeza, vienen a decirme que te han visto deambulando por Pasadena o que parchas bajo el puente de la Calle Cien. Los parceritos, al preguntarles por tu paradero, niegan con la voz fatigada de pegante. Otras veces, justo cuando la ilusión florece en las ciénagas de la vida, llegan vecinas o compañeras a consolarme porque reconocieron tu cuerpo entre los que ajusticiaron en la Calle Once o los que cayeron en las falanges de lo que la gente llama (y que seguramente tú también denominaste en tus días de corbatas italianas) Limpieza Social. Voy, entonces, a reconocerte entre los ñeritos acuchillados, desmembrados con machetes o moto sierras, adolescentes con los ojos abiertos por el sobresalto de la muerte. Contemplo, una vez levantan la tela ensangrentada, las manos que, a pesar de la cochambre o de los pellizcos de alicates, no corresponden a aquellas que trazaban, en las aristas de la madrugada, el esqueleto de proyectos que nos repatriarían a barrios altos, a cátedras en universidades de renombre. Después de deambular por calles y avenidas con la cabeza puesta en los recuerdos regreso al cuarto de paredes grises en el que espero que emerjas de alguna grieta para que continúenos muriendo lentamente, sin afanes, como lo hacen los árboles del Parque Santander…

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Fanfarria para el hombre común

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Variante de la obra de Aaron Copland

Entiendo que no es fácil luchar con los ojos cerrados, con la boca apretada, en medio de ventiscas, de aguaceros inclementes, en la soledad más ominosa, a la intemperie de los interrogantes, sin saber si esa condición, si ese clima, persistirá. Sé, asimismo, que de algún recodo, de algún callejón oscuro, emerge una mano, acaso un amor, que nos lleva, o al que llevamos, bajo el aguacero que empieza a amainar o que embate con mayor fiereza pero al que, visto bajo esta nueva circunstancia, se acepta, se ama incluso, y descubrimos que la vida (esa que nos pesaba tanto, que nos agobiaba con sus impertinencias) es una fiesta alucinante en la que nos vemos obligados, una que otra vez, a bailar con las feas, con las malcaradas, pero en la que tendremos, de ello no nos quede duda, la oportunidad de hacerlo con las carismáticas, con las hermosas, con las interesantes, las que siempre, qué bueno, esperarán que les hablemos, que nos acerquemos con pasos seguros, con una mirada cómplice, acaso sugerente, que les indique, que les haga saber que soplan vientos favorables o, a lo mejor, que se acercan noches de versos y serenatas… vistas así las cosas, mi apreciado lector, tienes dos opciones frente a la vida: sentarte y aburrirte mientras los demás bailan, ríen, se emborrachan, tal vez se agotan, al igual que nosotros, o puedes, por el contrario, trenzarte con aquella muchacha que toda la noche te ha mirado desde la esquina, bajo aquellas bombas rojas que parecen a lo lejos, acaso por efecto del alcohol, preservativos inflados, aquella niña que no le prestaste atención cuando entraste, o que la viste y te pareció fea al compararla con la morena del fondo o con la rubia de curvas apetitosas que coquetea con la concurrencia, la muchacha, como decía, que ahora, bajo la influencia de las horas, del aguardiente que abunda en las mesas, empieza a gustarte por su silencio, por la solidaridad que ves en sus ojos, por aquellas piernas que emergen de una falda que se acorta a cada segundo, a cada trago, a cada sonrisa… quizás, no lo puedes saber aún, ella te dé lo que necesitas, o, tal vez –tampoco puedes saberlo-, te presente a la jovencita que todos miran, que todos imaginan entre sus sábanas, la que no ha salido a bailar porque continúa esperando que la invites al centro de la pista, para vanagloriarse de bailar contigo, el más denso, el más oscuro y, por tanto, el más interesante de la celebración…

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Última

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No fue una borrachera que empezara en alguna esquina del tiempo y que terminara en otra, cercana o lejana de la inicial, puesto que mi vida fue, hasta ese momento, una interminable orgía etílica. El hecho es que aquella ocasión se inauguró con cajas de aguardiente en los pastizales de la universidad y se prolongó por los andamios de las horas hasta converger en una jarana en un andén del Nicolás de Federmann. De allí todo fue anarquía de los sentidos: deambulamos por lupanares de Chapinero en los que bailamos con prostitutas agobiadas por el manoseo de borrachos hasta desmenuzarnos en grupos minúsculos que se enredaban en las piernas de alguna meretriz, en los faldones de la noche o que se desvanecían en alguna silla de bordes resbalosos, de olores inciertos, bajo la penumbra rojiza de orgasmos de alquiler. A las cuatro de la mañana éramos, por tanto, una cuadrilla de borrachos que contemplaba jovencitas famélicas contorsionándose en escenarios desvencijados, de maderas crujientes, de puntillas que brotaban entre paños extenuados por la fricción de tacones desastrados, y quienes esperábamos que el amanecer germinara en las montañas para continuar bebiendo en alguna tieducha de eucalipto en los orinales. Vi, entre la viscosidad de los minutos, a una muchacha que dormía plácidamente a pesar de la descarga de vallenatos y quien aventajaba en belleza a las mujeres que hormigueaban por el salón. Noté, después de contemplarla largamente, que emergía del bolsillo de su camisa un billete de cincuenta mil pesos que pedía, casi gritaba, transformarse en la última ronda de aguardientes. Me acerqué lentamente, como quien no quiere la cosa, y cuando estuve a dos centímetros me atrajo, más que el billete, la piel blanca, casi jabonosa, de los senos que se desbordaban de las márgenes de una camisa a cuadros. Tanteé, en consecuencia, el tetamen con manos ávidas, urgentes diría el poeta, que la despertaron inmediatamente. Piensa robarme gran hijueputa, grito con los ojos rojos. En ese momento hice lo que hago en estos casos (y que, por una razón incomprensible, siempre termina en problemas): decir la verdad. Se equivoca; sólo quería manosearla, afirmé con la tranquilidad de quien deambula por las praderas de la sinceridad. Malparido, grito al tiempo que atenazó mi cuello con sus manos. Caímos al suelo entre los dicterios de las otras suripantas. Ellas, al tenerme al alcance de sus piernas, empezaron a patearme sin misericordia. Suelte a la hija del dueño, aseguró una voz grave, casi masculina, entre la manigua de dicterios y alaridos. No sé cómo me las quité de encima y escapé corriendo sobre sofás y mesas hasta alcanzar la puerta que cedió ante los empellones de mis compañeros de parranda. En la calle cada uno eligió, entre los disparos que rasguñaban la alborada, una de las azarosas calles que convergían (y que seguramente aún convergen) a la puerta del prostíbulo…

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