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Reflexiones en torno al término de los actos

(Fuente de la Imagen)

“De estas calles que ahondan el poniente,
una habrá (no sé cuál) que he recorrido
ya por última vez, indiferente
y sin adivinarlo, sometido”

Límites (Borges)

A las once de la mañana del sábado 3 de mayo de 2003 me despertaba de una borrachera bíblica. Los recuerdos, aunque tenues, danzaban en mi cabeza: la noche fría, la música y una mujer intentando apuñalarme con una navaja. Me palpe el cuerpo; ni un rasguño. Otra aventura sin desenlace fatal, pensé. Los intestinos lanzaban gruñidos amenazantes gracias a que no había comido en los tres días que duró la bebeta.

Aquella mañana no sospeché, sin embargo, que estaba evocando la última chalina. No había forma de saberlo: no había señales en el cielo ni animales realizando actos contra naturales. Nada. Todo fluía con normalidad.

Veintidós días después –domingo 25 de mayo- mientras dictaba una clase de cálculo vectorial, convulsioné violentamente. Luego vinieron las hospitalizaciones, los exámenes y el diagnóstico final: epilepsia post traumática; causa: malasia cortical en la región antero lateral de la circunvolución superior del lóbulo temporal izquierdo; tratamiento: un gramo diario de Fenitoína Sódica.

El neurólogo, el día del análisis, me miró a los ojos y me dijo: “vea; usted tiene problemas de alcoholismo; si decide tomarse la Fenitoína no puede volver a tomarse un trago en su vida. Puede, por otra parte, no ingerir la droga, convulsionar de tres a ocho veces al día y seguir tomando aguardiente. Las convulsiones en sí mismas no lo matarán; sentirá una disminución en sus capacidades cognitivas, pero nada más. Lo peligroso es que tenga un ataque pasando una calle, nadando o manejando; usted decide: no más trago y no más convulsiones o más trago y la posibilidad de morir en la calle como, disculpe que lo diga así, como un perro callejero”. Después de un ataque como el que me dio la respuesta era obvia: no más alcohol. Y así ha sido hasta ahora.

Lo interesante del asunto es aquella idea de no saber cuándo se hace algo por última vez. Quizás alguno de ustedes no volverá a leer en un computador; es probable, igualmente, que alguien, en este instante, esté fumando el último cigarrillo o esté bebiendo el último café. ¡¿No les parece horrible esa perspectiva?!

Aunque suene perverso es bastante factible que eso suceda. El último cigarrillo, a manera de ejemplo, lo consumí, en la carrera décima, a las ocho de la noche del primero de febrero de 2007. Le hubiese hecho, si hubiese sabido que era el cigarro postrero, algún homenaje o lo habría aspirado lentamente; quizá tendría la colilla en una urna custodiada por el cartón de Bachiller; o lo habría guardado junto a las camisas… no sé. Pero simplemente lo fume, lo tire al piso y lo apague con el tacón del zapato. Allí quedó el egregio pitillo: pisado en medio de la acera.

Por ello les pido, amables lectores, que disfruten el cigarrillo, el trago, la comida, lo que sea, como si fuera la última vez, porque, quizás, no existe una nueva oportunidad de hacerlo.

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