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Zamba por Vos (Alfredo Zitarrosa)

Tu recuerdo invadió mi alma esta madrugada. Llegaste con el canto de los copetones; me miraste desde tu ausencia para recostarte, con un movimiento tenue, a mi izquierda. Abrace ese recuerdo tibio que ahorcó noches y troncho auroras durante cuatro años. Le sonreí; lo miré con melancolía y luego cerré los ojos…

Horas después, cuando abrí los ojos, lo encontré refulgente, como aquella noche de boleros y cervezas. Desde el fondo del tiempo tus ojos me contemplaban con dulzura. Sonreí de nuevo. Respondiste con una de aquellas sonrisas que prohíben a los diabéticos. Mis dedos recorrieron cada milímetro de tu mejilla. Cerraste los ojos para no interferir con la requisa. Al concluir la excursión mi palma abrazo tu delgado cuello. Sonreíste imperceptiblemente. Me acerqué para catar la tibieza de tus labios. Temblaste al sentir mis labios macerando los tuyos y la humedad de mi lengua navegando sobre las estrías de tu silencio. Luego, en un descuido imperdonable, tu recuerdo se diluyó como una palabra en el aire. Miré el techo rugoso y suspiré. Luego me levanté y coloqué a todo volumen la canción que escuché las doscientas diez mañanas que sobrevinieron a tu huida.

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Stefanie (Alfredo Zitarrosa)

Un hombre olvidado en el margen del hotel decide acuchillar el tedio de la soledad con amores pactados en la oscuridad de la callejuela vecina. La mujer que encuentra en la pesquisa es rubia y delgada como el humo que elude el cigarro que agoniza entre sus dedos. A sus preguntas le responde con un tenue movimiento de la cabeza. Al final del regateo ella acepta con un apretón de manos…

No hay dolor más atroz que ser feliz, le dice ella con tufo de dos días de alcohol ajado. Él la mira con tristeza; ha perdido las ganas de estrangular el tiempo con migajas de sexo rancio; se arrepiente de haberla buscado en los callejones de oscuros.

Sus torpes movimientos quieren acompañar la música que se filtra por las rendijas de la puerta descascarada al tiempo que entona canciones olvidadas en la brisa de su juventud. Él la ve cantar y bailar con el corazón encogido. Se le acerca, finalmente, y le besa en la boca con movimientos cultivados en interminables faenas eróticas. Él, a pesar de saber que sus besos son falsos, se hunde en la fronda compacta de la ternura…

Días después, ante la irreducible firmeza del recuerdo, decide componer esta canción.


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