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Trote de las horas (5)

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Manejan rápido estos muchachos que enviaron del Batallón de Artillería hace un par de semanas, junto con los dos Avir que enorgullecen al Coronel Murillo. Esperen un momento para que escuchen las llantas lanzado chillidos en la curva de la circunvalar con Calle setenta y dos, frente a un piquete de soldados de mi batallón: la PM 15. Aférrense a las sillas que viene la curva a toda vela y si se descuidan pueden salir volando como le pasó a Sarria, un dragoneante que se fue de bruces contra la Calle ochenta y dos perdiendo tres dientes.

-¡Aúllen Hijueputas!

No es que los odie, sólo sigo la tradición de gritar a los reclutas que hacen guardia. ¿Ven ese canal que desciende por la Calle setenta y dos? Hace tres noches se llevó en su lomo los dos proveedores que le tiré al cabo Pacheco por imprudente: me gritó frente a una muchacha hermosa, tierna, de buen corazón, que nos llevaba cigarrillos a Vergara y a mí todas las tardes. Imagínenlo viniéndose desde el otro lado de la circunvalar lanzando improperios y espumarajos a los cuatro vientos. La muchachita se asustó y se fue corriendo como alma que el diablo lleva agarrada por las solapas. Por eso esperé que se durmiera en la patrulla de la policía, le extraje los proveedores de las cartucheras y los lancé al arroyo. Al otro día se asustó al ver que no tenía el armamento completo, daba vueltas al carro, miraba bajo su carrocería, indagaba a los policías que lo acompañaron en el sueño, le preguntaba a todos los soldados hasta que me miró con ojos pequeños, de sospecha; ¿qué hizo con los proveedores? Los lancé al río, respondí sin titubear, sin pestañear siquiera con la certeza que metía la pata hasta los tobillos; qué digo tobillos; hasta las rodillas. ¡¿Qué le pasa, soldado hijueputa?!, alegó caminando de acá para allá, de allá para acá, como gallina hambrienta. No me pasa nada, indiqué, di media vuelta y lo dejé con los ojos bailando en las órbitas. Lo escuché, mientas caminaba, dar la orden a los demás soldados para que fueran a rescatar la munición. Ninguno quiso, nadie movió un dedo en un golpe de solidaridad o, quizás, para aprovechar el desorden y dar un pasito hacia las praderas del libre albedrío, de la insubordinación. Se vio obligado, en consecuencia, a remangar el pantalón hasta la rodilla y bajar al riachuelo a buscarlos entre las piedras, los troncos caídos y el agua que se va dando tumbos contra los barrancos. ¡Esta me las paga!, gritaba desde el fondo de la cañada, con una ira descontrolada e impotente. Lo que no sabía esa madrugada es que mañana tendré un accidente en este mismo avir, que después de él me iré al fondo del fondo, que estaré a un pasito así de pequeño de irme al país de los acostados, quedando, de esa manera, su ira sin venganza y mi insubordinación sin castigo. ¿Cómo sé que sucederá? Hombre, porque estoy en el noventa y siete de cuerpo y alma pero mi cerebro está en el dos mil doce, frente a un computador, que es donde reescribiré este viaje. Pero no se distraigan que llegamos a la Calle cincuenta y acá este tipo da un golpe de timón que hace que el mundo gire y gire en una vorágine de casas, nubes, árboles, señoras persignándose y hombres echándole la madre al conductor quien, sea dicho de paso, les sacará el dedo del medio y les sugerirá, entre el estrépito de las llantas, que lo hundan en las partes blandas y ocultas de su anatomía. Por esta calle iremos hasta la Avenida Caracas y luego bajaremos por la treinta y nueve en busca de la sede política de Bedoya. Mañana, en ese lugar, esperaré que vengan a relevarnos de la guardia, llegarán con dos horas de tardanza, me sentaré en el chichón de una llanta, en el otro turupe se sentará Tiboche, a las dos cuadras Perico, el joven que viene manejando, se saltará la luz roja del semáforo, nos golpeará un Spring gris, el avir se volcará desafiando todas las leyes de la física, Vergara saltará a los tres microsegundos del impacto, Tiboche lo seguirá cuando el vehículo de otro giro en el aire, partiéndose la cabeza contra el poste de la esquina sur oriental, en el tercer giro todos estarán desperdigados por la Calle treinta y nueve, todos menos yo, que seguiré acá, aferrado a la vida que empezará a escaparse por las rendijas de los golpes, por las fisuras de la primera vértebra, por la hendidura del cerebro que sangrará copiosamente. El otro Jeep llegará dos minutos después, sus ocupantes verán a veinte soldados sanguinolentos y al Sargento Segundo Camargo emergiendo de la ventana del avir al que aún le girarán las ruedas. Los Pe emes, como nos dicen, bajarán asustados, intentarán auxiliarnos; uno de ellos, Camilo Pérez, me verá inerte sobre las estacas del avir, bajo los fusiles con las culatas rotas, me jalará de las manos por temor, razonará en medio del aturdimiento, a que el vehículo estalle como sucede en las películas norteamericanas. De las cuatro calles llegarán los gritos desgarrados y las sirenas; me subirán en la segunda ambulancia, Pérez me escoltará ya que, como ustedes saben, los protocolos de seguridad no se violan en ningún momento; subiré inconsciente, inflamado, morado, con la cabeza ensangrentada, él se sentará a la cabecera de la camilla, abriré los ojos para blanquearlos inmediatamente, los paramédicos se acercarán y gritarán, se va, se va, notificándole a Camilo que en ese instante voy rumbo a las catacumbas de la muerte… pero no hablemos de eso que me pongo nostálgico, melancólico; más bien póngase el casco que casi llegamos al lugar donde prestaremos guardia las próximas ocho horas. Láncese que tenemos que hacer el relevo en treinta segundos, sin darle tiempo al enemigo invisible que nos acecha, que aguarda emboscado en ventanas y andenes, esperando que les demos la espalda para despacharnos al otro lado de un disparo en la espalda…

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Juramento

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Eran las nueve de una noche de comienzos del noventa y nueve. Esperábamos ansiosos a un grupo de mujeres que Nabyl y El Negro habían enganchado en uno de los primeros chats de hispanoparlantes.

-El futuro está en los chats, afirmaba Nabyl para amedrentar la ansiedad que a esas horas, en aquel paraje solitario y desconocido, empezaba a solidificarse, a hacerse palpable, a transformarse en un silencio compacto, impenetrable. Llegará el día en el que sólo se podrán hacer levantes por ese medio, remataba con una confianza que emergía de las manos que nunca abandonaban los movimientos frenéticos.

A los cinco minutos llegó un grupo de siete mujeres que, a lo lejos y bajo las tinieblas de esa hora, parecían tan atractivas como las imaginaba El Negro cuando chateó con ellas. Llegó el desquite, me decía en tanto se aproximaban tímidas o, acaso, temerosas de nosotros y de nuestras intenciones.

-vaya Nabyl, salúdelas, demandó una voz acostumbrada al trato áspero y quien se encontraba, a esa altura de la noche, lacerada por varias rondas de aguardiente litreado y por no pocas cajetillas de cigarrillos.

Él, habituado a llevar sus planes hasta las últimas consecuencias (especialmente si en ellos se incluían mujeres y romances), fue al sitio donde se detuvo el grupo. A los tres minutos regresó con cara de acontecimiento.

-las viejas no son como las imaginamos; propongo que vayamos con ellas y que cada quien decida qué hace: si quedarse, rumbeárselas, comérselas o irse para la casa, dijo antes que le lanzáramos la primera pregunta.

-¿están muy pailas?, inquirió Walther con la mirada opacándose a causa de la desilusión.

-lo voy a poner en estos términos: la única que aguanta le faltan dos dientes.

Quisimos reír pero todos sabíamos que Nabyl, Nabylón, en estos casos no cometía la imprudencia de mentirnos, de llevarnos con embustes al matadero, de lanzarnos a los brazos del matarife con los ojos vendados.

-eso hagámosle sin asco, invitó el Negro con timbre enérgico.

-de una, apoyé con poca convicción.

Fuimos hacia ellas lentamente, con desconfianza, algunos evitando las risas nerviosas, otros bebiendo de la caja de vino que habíamos llevado para paladear el frío, los de más allá contemplando el pavimento fracturado, deshecho, calamitoso, los más escépticos examinando la luna que se ocultaba tras un rebaño de nubes.

Ellas, imagino, sintieron el impulso de correr al ver a un grupo de doce hombres de miradas agrias, de tufos de ochenta octanos, de camisas raídas, de melenas indómitas, de barbas de varios días, hombres, en suma, que daban la impresión de haber descendido de las montañas o de haber sido liberados, horas atrás, de una prisión.

-pensábamos que eran menos, afirmó una muchacha que descollaba por un abdomen prominente.

Quisimos explicarles que éramos cinco, los cinco de siempre, los del colegio, los de toda la vida, pero camino al bus se fueron uniendo vecinos y amigos que encontramos al paso y quienes al oír de mujeres hermosas, de piernas inabarcables, de nalgámenes apetitosos, se unieron ofreciendo dinero para el trago, tarjetas de amigos que administran moteles y toda suerte de promesas y ofertas que serían útiles en el momento de rematar la velada, pero preferimos callarnos, dejar que las circunstancias continuaran en su desplome, en su inevitable inclinación hacia la desesperanza.

-Nosotros pensamos lo mismo de ustedes, respondió un desconocido que no sabíamos de dónde había salido ni quién lo había invitado. Mejor vamos a bailar, concluyó para zanjar cualquier conato de réplica.

-Conocemos un sitio bueno, afirmó la muchacha que me contemplaba con ojos golosos.

Ellas emprendieron la caminata entre bisbiseos y carcajadas emboscadas en tanto que nosotros, hundidos en un silencio sepulcral, les seguíamos con la certeza que cometíamos un gran error. Dos cuadras después, bajo un letrero oxidado, de letras desteñidas por las encías del tiempo, emergían los compases de vallenatos lastimeros.

-acá es, dijo la desdentada

-vaya marica y nos dice qué tal está el sitio, instó Walther para que yo midiera el caletre del establecimiento.

Me asomé en la puerta y vi en las vecindades de la barra a un joven con una chaqueta enlazada al brazo izquierdo y con una correa en la derecha defendiéndose de otro que enarbolaba una patecabra y quien tenía la clara intención de apuñalearlo.

-hay dos manes dándose chuzo, resumí.

-mejor vamos para otro lado, dijo la voz azucarada de una muchacha que estaba abrazada a un vecino del Negro, al tiempo que emprendía el camino por una calle oscura, tenebrosa, lóbrega como todas las calles del sector.

Fuimos detrás de la pareja que caminaba lentamente, como si quisieran perpetuar el placer de abrazarse y de hablar a media voz, con la sonrisa colgando de las comisuras de los labios.

Ocho cuadras después llegamos a un lugar igual que el anterior: letrero en lata, puerta pequeña, vallenatos magullando la noche. Adentro dos parejas de borrachos bailaban por el empuje de la música mientras una mujer de edad incierta cabeceaba detrás de la barra. Unimos cuatro mesas al tiempo que El Negro, con aquel entusiasmo financiero que lo acompañó buena parte de su juventud, sugería pidiéramos dos botellas de aguardiente en lugar de perder la plata en rondas de cerveza.

Al filo de la media noche, gracias a la acumulación de alcohol, sueño y testosterona, se inició una pelea con botellas despicadas, butacas estrellándose contra paredes y ventanas, improperios y alaridos de mujeres queriendo imponer el orden. Miré, al escuchar el primer estallido, a los ojos a Nabyl para confirmar que haríamos lo mismo: salir corriendo para no pagar la cuenta y, de paso, para espantar la frustración de ver a los otros, a los vecinos y amigos, a los desconocidos que encontramos en el camino, bailando y besándose con las mujeres que nos correspondían por el derecho que concedía el hecho de haberlas cotizado en el escaso y difícil espacio de la virtualidad. Salimos, en efecto, entre la gritería y quinientos metros más adelante, cuando sabíamos que no nos podían encontrar, que nadie nos seguía, nos detuvimos para constatar que estábamos los cinco, los de siempre, los de toda la vida (el último en llegar fue Suarez quien por aquellas intrigas del azar, por aquellas paradojas de la noche, había tomado la calle equivocada).

-de la nevera, dijo El Negro al tiempo que enarbolaba una botella de ron.

-de la mesa, continúe mientras exhibía el remanente de aguardiente que sobrevivía antes de empezar la gresca.

-de la barra, concluyó Nabyl al tiempo que empuñaba una paca de cigarrillos.

Soltamos una carcajada al corroborar que persistían las enseñanzas adquiridas en colegios públicos y y diversos batallones del circuito militar de Colombia. Buscamos, poco después, el parque más cercano para aguardar el arribo del amanecer bogotano entre tragos, risas, evocaciones y todo aquello que brota de las ranuras de las almas irresponsables. A las seis de la mañana, o quizás un poco antes, cuando nace un brillo incierto en los contornos de las montañas, cuando empiezan a trinar copetones desde arbustos completamente secos, me paré con la mirada vidriosa, con las manos temblorosas, los contemplé con dificultad al tiempo que les decía, con la lengua estropajosa: juro solemnemente que este trance lo rescataré de las arenas del olvido, de los barrancos de la ingratitud, para gloria de las futuras generaciones. Levanté, acto seguido, el remanente de ron y lo apuré de un sorbo teatral, pomposo, como todos los movimientos generados por el alcohol al tiempo que la promesa empezaba a diluirse en las circunvalaciones del lóbulo frontal, a desdibujarse de mi cerebro hasta que, a las seis de la mañana de hoy, por aquellas intrigas de la memoria, emergió sólida, concreta, como si la hubiera hecho minutos atrás…

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Inflexiones de la cordura

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El vértigo de la primicia no te permite sopesar los aguijones, las dimensiones de la caída ni mucho menos las ventajas que entrañan la petición que hace tu tía: te suplica que no escuches las demandas que te hará, con plena seguridad, el hombre que le hizo sufrir la mayor amargura de su existencia. Tú sólo quieres descuadernar su insoportable confianza, desorientar sus manías de hombre educado y, sobre todas las cosas, sondear aquellas habilidades eróticas que no dejó de elogiar a pesar de las dolorosas y abrumadoras razones que encontró para denostar su virilidad y, por ese conducto, de justificar su odio (como si la ausencia de hombría fuera un hecho que acreditara las lágrimas y gritos articulados en los brumosos atardeceres bogotanos). Además, piensas entre las miradas airadas de tu mamá, algo bueno ha de tener si fue capaz de subyugar, con el concurso de sonrisas y adverbios, la indomable vanidad que tu tía expone sin el menor recato y la manifiesta desconfianza de tu abuela. Quieres decirles que tus planes sólo contemplan saciar la húmeda curiosidad que nace en los barrancos de tu cuerpo (y en una que otra grieta del alma) para luego dejarlo suplicante, tembloroso, en el desasosiego que merece su condición de viejo verde; porque eso es, en últimas, lo que buscas de él: transformarlo en una línea en la mazmorra que supone ser una señorita de diecinueve años (hija de padres respetuosos y responsables, para más señas), a quien se le ve mal flirtear con hombres mayores que Sólo Buscan Eso, como afirma tu mamá poniéndole mayúsculas a aquella frase que pretende nombrar los sucesos que todos conocen y que no se pueden señalar, por aquellas normas de civilidad, a las sobrinas o a las hijas (y menos si estas departen entre colaciones y pocillos de chocolate). Tu abuela usa, al corroborar la incapacidad de los argumentos de sus antecesoras en el uso de la palabra, los apelativos que no se permite otra mujer de la casa; sientes deseos de reclamarle que ella, a tu edad, o quizás un poco mayor, fue amante de Joaquín, quien, a juzgar por las cartas que esconde en el forro del baúl que se pudre bajo la cama matrimonial, declinó la posibilidad de continuar con los amoríos gracias al impedimento económico que suponía sostener la recua de hijos que le hizo el abuelo. Es curioso, ahora que ponderas el suceso, que un grupo de señoras de sus edades y experiencias se empeñen en frenar el galope de la sangre olvidando, con su actitud, que no existe barrera que detenga a una mujer que ha decidido acostarse con un hombre así como no existe muro que detenga la cachondez de un personaje de las condiciones y alcances de Gonzalo. Tu tía decide acompañar los epítetos de tu abuela con lagrimones que contrastan con las épocas en las que su moral y virtud quedaban suspendidas en la entrada de los moteles en los que, según versiones de tu mamá y de algunas tías, le daban sorprendentes descuentos gracias a sus puntuales -y no pocas veces escandalosas- visitas de los fines de semana. Tu mamá suma, en un gesto de solidaridad, un llanto apagado a los lamentos de tu tía, dándole así mayor dramatismo a una escena que a estas alturas asume matices de ficción. Las mujeres siempre te han parecido unos seres ridículos así como te parecen extravagantes sus ataques de ira y sus incomprensibles pataletas de niñas malcriadas (descubres, ahora que enumeras sus defectos, que tienes el privilegio de carecer de estas irregularidades en virtud a que siempre has tenido, y seguirás teniendo, el beneficio de estar sobre tus congéneres). La indignación y su consecuente silencio son la señal que el juicio ha cesado y que tienes, por tanto, la posibilidad de bajar la cabeza y caminar silenciosa hacia tu cuarto o, por el contrario, de gritar como una enajenada y salir dando un portazo. Te inclinas por la primera: te diriges a tu alcoba con un mutismo que evidencia la certeza que mañana estarás, al filo de las tres de la tarde, sentada en el auto de Gonzalo, dirigiéndote a la zona de moteles de la que tanto hablan tus compañeras de universidad, al tiempo que ellas estarán resolviendo el parcial bajo la vigilancia del decano (examen que nunca presentarás gracias a que vas, en ese mismo instante, rumbo a aprobar la asignatura por vías que implican menor esfuerzo intelectual pero mayor empuje físico)…

[pero no sabes, no puedes saberlo a tu edad, que una mañana, acaso una noche, esa muchacha aventurera, caníbal de novedades, se parecerá a los temores de la abuela y a las prevenciones de mamá, le temerá a la boca del lobo, mentirá sobre su edad y su pasado será una fantasía más espinosa que su futuro, olvidará las aventuras con hombres mayores y las correrías de una noche, vigilará el tono de su cabello y la longitud de las arrugas hasta ver en ellos la humillación de los años, la factura que el tiempo cobra a la belleza y entonces empezará a marchitarte entre las telarañas de amantes que languidecen en su memoria, entre problemas que muerden el hígado, que asustan el colón, entre el adormecimiento de los deseos que la arrojaban, que te arrojaban, por las praderas de la inconsciencia]

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A Héctor Lavoe

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Fuiste, a partir del día que el sida te ultimó en una cama del Memorial Hospital de Queens, quien me acompañó en la incertidumbre de los amores platónicos del bachillerato y el único, en años posteriores, que conoció la impotencia ocasionada por palabras nunca escritas o por besos aplazados. Numerosas fueron las ocasiones en las que llegaste puntual -como nunca lo hiciste en vida- a escoltar las noches etílicas en las que Giovanny y yo naufragábamos en un océano de evocaciones y desamores (tu voz, en aquellas jornadas de alcohol, se ensombrecía con la marcha de los tragos hasta adquirir el tono de hombre desdeñado que demandaba la ocasión), así como abundantes fueron los nombres de mujeres que se intercalaron en aquellos versos capaces de conmover al más retorcido de los humanos. Tengo la certeza- a pesar que no recuerdo si tuve el valor de dedicar canciones tuyas- que susurre, en noches fragantes a cigarrillo y cerveza, estrofas de Emborráchame de Amor o, en lances menos afortunados, astillas de No Cambiaré, en oídos de adolescentes remisas…

Hoy, cuando la vida me acorraló en la abstinencia etílica y en un destino de camisas de algodón, escribo las palabras que debí trazar al calor de un aguardiente –o, quizás, en el fragor de una conquista- para celebrar el aniversario de una amistad que nunca caerá en las emboscadas del olvido.

PD: adelanto la celebración gracias a compromisos impropios de aquellas noches de idilios con fecha de vencimiento…

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Mínimas (17)

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Dulce venganza la de las horas: transformar aquel adolescente montaraz en un hombre que acepta el destino de suéteres y camisas de impecable cuello; que no embriaga su melancolía ni distrae los días con tabaco o hierba; que no tiene orgasmos tumultuosos ni pasiones desbordadas; que no desea la mujer del prójimo ni blasfema y que contempla, impasible, la herrumbre socavando los engranajes que impulsaban su insolencia…

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