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A más de mil kilómetros de ti (3)

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Buscas en las líneas del remante del café las razones de su abandono. ¿Por qué putas, te preguntas con cara de velorio, tenía que dejarme desamparado a las tres de la mañana? Claro, te respondes inmediatamente: el caribonito te invitó a un after y no podías declinar su ofrecimiento. Me exhortaste, es cierto, a ir a la calera a bailar hasta que amaneciera para luego seguirla en algún lugar. Seguirla en algún lugar, repites al tiempo que niegas con la cabeza. Dejas el pocillo encima del escritorio y miras la bruja de camisa azul que lo regenta. Un puntillazo en el estómago te recuerda que no has almorzado y que no lo harás a causa del gasto desmedido de la noche anterior. ¿Cómo putas me pude gastar trescientos mil pesos en ese vieja? te preguntas al tiempo que miras la pila de carpetas que te esperan desde la tarde de ayer. Eso ni que nos hubiéramos tomado toda la cerveza del lugar; ella se tomo seis cervezas y tres cócteles; yo me fumé dos cajetillas de Kool y me tomé tres botellas de agua. ¡Qué hijueputa lugar tan caro!, concluyes al tiempo que giras tu silla para mirar por la ventana. ¿Y todo para qué? Para que se fuera con el primer pisaverde que le calentó el oído; es que hay que ver cómo son de fáciles las mujeres de hoy en día: cuando yo tenía veinte años a las mujeres había que rogarles durante dos semanas para que salieran a cine; ahora no; ¡Es el colmo! ¿Dónde putas están los padres de esta niña para darle cascarita de ganado? Sientes un regato espumoso en la boca del estómago. En la acera del frente cruzan dos novios abrazados. Giras la silla y quedas frente al hatillo de pliegos que continúan esperándote. Es que esa niña no tiene consideración: después de obligarme a bailar reggaetón durante toda la noche me sale que “la sigamos” hasta el amanecer; es que no piensa que los riñones tienen un límite y que las piernas resisten, a lo sumo, una hora de saltos y meneos. Una sonrisa alumbra tu rostro cuando su olor inunda tus fosas nasales y recapitulas cada centímetro de sus hombros tersos y sus nalgas rozándote el pene. Evocas, como si los anteriores recuerdos no fueran capaces de dilatarte la bragueta, el perfecto arco de su cintura circundado por tu brazo. Sientes una picada en la boca del estómago. Los recuerdos se evaporan. ¿Por qué putas tenías que irte con ese boquirrubio? En ese momento entra Gustavo. Oiga marica, acaba de llamarme una tal Sandra y dice que tiene su celular. ¡Jueputa, el celular!, te dices al tiempo que recuerdas que ella te lo quitó cuando Cristina empezó a llamarte insistentemente. Gustavo te mira con cara de periodista. Lo miras a los ojos sin decirle una palabra. Esa vieja dijo, continúa Gustavo al cerciorarse que no sacará información, que lo espera esta tarde a las seis en el mismo lugar. Sientes que la silla se hunde en un foso de arenas movedizas. Si vuelve a llamar dígale que coma mierda, le dices a Gustavo con rencor. Te quedas callado por un instante. No le diga nada: mejor se lo digo personalmente esta noche. Gustavo levanta los hombros, da media vuelta y sale. El teléfono empieza a timbrar. Lo miras con desprecio. Giras la silla para ver la llovizna empapar los andenes. El teléfono sique repicando a tu espalda. Será que Cristina no se cansará de llamarme, te dices al tiempo que apoyas los pies sobre el borde inferior de la ventana.

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A más de mil kilómetros de ti (2)

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Estás en la esquina del parque donde la conociste con una chocolatina en la maleta y la certeza que la mujer de acento mar no llegará. Miras el reloj por quinta vez. Siempre me ven la cara de güevón, te dices mientras miras hacia las tinieblas del parque. Los recuerdos te hablan de viejos plantones en esquinas, semáforos, parques y bibliotecas. Sientes el impulso de sacar la chocolatina, lanzarla al suelo y pisotearla con ira. Suspiras. Das dos pasos hacia la calle. Una mano invisible que, a falta de un nombre mejor, llamas destino te retiene. Miras hacia atrás esperando ver los dientes del amor sonriéndote. Sólo ves oscuridad y silencio. Das media vuelta e inicias a caminar lentamente hacia el lado contrario. Lanzas improperios a la noche, al amor y a la inocente chocolatina. La sacas de la maleta y la envías, en un lanzamiento de tres puntos, hacia el cesto de basura. El sonido metálico te anuncia el arribo de esta a la cesta. Levantas los brazos para celebrar la única victoria del día. Un relente de felicidad hace que la ira se desvanezca en las tinieblas de la noche. Caminas apaciblemente por el parque. Llegas a la otra esquina. Vas a pasar la calle cuando una voz lanosa te llama: Dieeeegoooo. Giras la cabeza. Encuentras la sonrisa radiante de Sandra. Oye niño, ¿dónde estabas?; ya me iba a ir, dice ella sin desenganchar la sonrisa. En la otra esquina esperándote, le respondes con voz granulada. ¿Mi chocolate? Inquiere ella. ¡ayyy; la chocolatina! Le dices con un timbre que quiere sonar a confusión pero que llega, a duras penas, a reproche. Si quieres te compro una ahora mismo, dices para compensar la silencio que sobrevino. Nooo; yo quería que sorprendieras con un chocolate; ahora se perdería toda la magia. ¿Magia?, preguntas con cara de asombro; ¿cuál magia?; técnicamente no habría tal ya que no la saco de la nada sino de una tienda; ni que hablar de sorpresas: si ya sabías que llegaría con un chocolate –como tú le dices- no habría sorpresa por definición de esta. No entiendes un carajo del amor, te dice mientras te clava una mirada reprobatoria. Levanta los hombros y camina hacia la otra acera. La sigues. Cuando llegan al otro lado miran la orilla que abandonaron. ¿Qué hacemos? Te pregunta emocionada. No sabes qué responderle; sabes que tus planes la aburrirían mortalmente por no ser ni ruidosos ni, ¿para qué negarlo?, emocionantes. No sé, dime tú, le respondes para desprenderte del problema. A mí no me eches ese muerto, te dice con un timbre que navega en las aguas donde converge la burla y el reproche. Te hundes en el barro de la confusión. La verdad, le dices con voz arenosa, no sé. Te mira con asombro; ¿cómo que no sabes niño? Llévame a dónde sea. ¿A dónde sea? Te preguntas. Vamos a tomarnos un café mientras decido qué hacer, dices después de un silencio espeso.

Una hora después estás en la cafetería preguntándote a dónde la quieres llevar. Tu cabeza te sugiere un lugar con espejos en el techo, cama doble, jacuzzi y silla de consultorio ginecológico. Tu prudencia, en la otra orilla, te aconseja levantarte e irte. En la mitad está la cordura proponiéndote bares con música ligera y cerveza nacional. Mientras escuchas los argumentos de tus tres amigos mentales Sandra te habla detalladamente de las discotecas que más le han gustado (incluyendo cómo llegar a ellas) y la que quieres conocer “un día de estos”. En medio del debate una voz dice: “!cállense!; escuchen a esa vieja”. Sales del sopor de la meditación y te encuentras con un par de ojos que te miran con rabia. ¿Qué me decías?, le preguntas con la voz emergiendo de la reflexión. Sus ojos se encienden como dos antorchas. ¡Te decía que eres un imbécil! Un corrientazo enfría el aire. Se levanta repentinamente y sale dando trancos fuertes. Un segundo después haces lo mismo y la sigues. En la puerta la tomas por el brazo. Espera, le dices entre jadeos; ¡Vamos a Malena! Gira y te mira con asombro. El fuego de sus ojos se extingue y le da paso a la dulzura. Me parece bien; vamos, te responde como si no hubiera pasado nada.

En el taxi empiezas a hacer cuentas mentalmente: tranquilizar su humor fulgúreo: ciento diez mil pesos (una botella de ron: cien mil pesos; una cajetilla de cigarrillos: cinco mil pesos; una botella de agua: cinco mil pesos). ¡Masterd Card no tiene razón!, te dices mientras tanteas el bolsillo derecho del pantalón; Nota Mental, continúas pensando mientras la mano derecha sube hasta la manija del techo: demandarlos por publicidad engañosa. Un tropel de personas te saca del ensimismamiento. Soy tan cagado que este es el lugar, piensas mientras tu cabeza gira de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. ¿Dónde lo dejo jefe?, te pregunta el taxista con una sonrisa sostenida por un palillo mordido. Acá está bien, dices con el ánimo partido.

Después de una docena de pisotones y una dos centenas de codazos logras alcanzar la barra. ¿Por qué dejan la barra al fondo del bar?, le preguntas a una mujer con un pantalón ceñido al cuerpo y un top diminuto. ¿Cómo dijo? te responde ella con cara de querer pegarle un botellazo a alguien. Una cerveza, una botella de agua y una cajetilla de cigarrillos, le dices temeroso. Te mira a los ojos con rabia. Da media vuelta y camina hacia una nevera que alumbra como una nave espacial. Desde la barra puedes ver las turgencias y las hondonadas en toda su fastuosidad. Mamita-rica, dices en letra pegada a la barahúnda. Al minuto ella te entrega las dos botellas y la cajetilla de cigarrillos. No tiene algo que no sea mentolado, le preguntas al constatar que los cigarrillos son Kool. No, te responde secamente. Bueno, no importa, le dices para evitar ser tú el que se gane el botellazo en la cabeza. ¿Cuánto es? Son treinta mil pesos. ¿Cuánto? Preguntas con los ojos abiertos. Treinta mil, te dice ella con los ojos más abiertos. Metes la mano al bolsillo y sacas un billete de cincuenta mil; te duele la pierna como si te hubieras arrancado el billete de ella. Adiós almuerzos del mes, te dices con amargura. Recibes el cambio y das media vuelta. Ves un ovillo descomunal de brazos y piernas. Nota Mental: no volver a salir con mujeres de veinte años, te dices al tiempo que recibes el primer pisotón.

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A más de mil kilómetros de ti (1)

Estás en el restaurante que inauguraron a una cuadra de tu trabajo. El viento mueve los árboles y estos, en su leve cabeceo, licencian las hojas que caen lentamente. A pesar del fragor de ollas, tendedores y platos escuchas la nostalgia crepitando bajo las hojas. Te inclinas a rasguñar sobre el cuaderno las palabras que te han venido martillando desde la mañana. Levantas la cabeza para encontrar el recuerdo que acaba de huir. En la puerta te encuentras con una mirada tersa de, a lo sumo, veinte años. Sus ojos, contrario a la corazonada que te acosa todos los atardeceres, son cafés. Sus cejas, delgadas y arqueadas como corresponde a una niña de su edad, se levantan al contemplar la anarquía de voces. Mira para todas las direcciones en busca de una mesa. A su izquierda encuentra una mesa desocupada. Se sienta en cámara lenta, como sucede en aquellas comedias rosadas que ves en secreto. La miras descaradamente y ella lo sabe. Ves su pequeña nariz; el paréntesis que encierra unos labios delgados y vibrantes; los dientes que destellan cuando su mirada decide enfrentar la tuya; el cabello que forcejea entre el castaño oscuro y el rubio de cartel publicitario; el extenso cuello y los picos amenazantes que custodian su base; la doble cadena con pepitas blancas; la camiseta blanca con un cuello en V y los dos collados que invitan a la exploración por vía del tacto.

Bajas la mirada para escribir estas líneas. Te llega el almuerzo, frío y desabrido, como es la especialidad de la casa. Bates el salero enérgicamente sobre la sopa durante un par de minutos con la esperanza que el potaje asimile algún sabor. Bates el caldo con la cuchara y lo empiezas a masticar con estoicismo. Cada tercera cucharada levantas los ojos para vigilar los movimientos de la jovencita. Terminas el brebaje. Acercas la bandeja con lo que promete ser unos fríjoles fríos con un arroz, que además de compartir la temperatura de su colega de plato, sabrá a pimentón (esto lo deduces de los puntos rojos que sobresalen en la llanura blanca). Revuelves el arroz con los fríjoles y los bombardeas con seis cucharadas de ají para animarte a ingerirlo. La primera cucharada pasa la prueba. Descubres que la niña te está mirando desde su mesa con curiosidad. Mastique con la boca cerrada, te dices al tiempo que bajas la mirada. Sientes, sin embargo, sus ojos clavados en tu enorme frente. Levantas los ojos para corroborar la suposición. Encuentras, en efecto, sus mirada luminosa. Sonríes tímidamente. Te responde con una sonrisa oronda. Sientes el impulso de irte a su mesa a decirle que la amas. Desenganchas una sonrisa amplia al imaginarte la cara de ella después de escuchar esa estupidez. Te amo, repites con ironía al tiempo que el tenedor arrastra el fárrago de fríjoles y arroz.

En la cuarta cucharada del amasijo le llega el almuerzo a la muchacha. Verificas que pidió un jugoso churrasco. Ves las papas desbarrancarse sobre la mesa. Las recoge al tiempo que te mira. Un pequeño rubor invade sus pómulos. Sientes el sabor amargo de la victoria. ¿cierto que es horrible hacer el ridículo? le preguntas mentalmente. Ella baja la cabeza y empieza a almorzar; haces lo propio.

Cinco minutos después estás pagando de mala gana los siete mil pesos que te cobraron por aquel almuerzo. ¡Jamás volveré a entrar a este lugar!, te dices indignadísimo. Caminas hacia la puerta mascullando improperios contra el establecimiento y contra tu suerte. Atraviesas la calle y te diriges directamente a la banca del parque que no está ocupada. Antes de sentarte compruebas que las vigas son firmes y que no están sucias. Sacas del bolsillo izquierdo de tu pantalón una cajetilla blanca con un indio de mirada adusta y penacho extravagante. Sacas de ella un cigarrillo quizás más ajado que la cajetilla. Lo hueles; miras dónde está el logotipo del indio para no fumarle el alma y ganarte, por conducto de una maldición ancestral, una muerte repentina o, cuando menos, un mal día. Sacas del mismo bolsillo una caja de fósforos regentada por la irónica sonrisa de Lucifer. De la cajilla extraes un fosforo de testa roja; lo rasgas con fuerza contra la lijilla de uno de sus costados y escuchas el estallido manso al encenderse. Acercas la antorchuela a la punta del cigarrillo e inhalas con fuerza hasta que sientes que el humo ocupa tus pulmones. Sacudes el fosforo hasta que se apaga y lo lanzas hacia la caneca que está a diez metros. Ves el camino de humo que deja el fosforo. Ladrones hijueputas, dices mientras miras hacia el restaurante. Ves, mientras aspiras, que la niña sale por la puerta de la tienda. Observas cómo viene caminando con la misma cara de disgusto con la que saliste. Cuando levanta el pie para subir el andén un presentimiento te enfría la respiración: ella viene hacia ti. Aspiras con fuerza para espantar la conclusión. Ella, mientras tanto, continúa su trayectoria. Antes que expulses el humo la tienes frente a ti. ¿Puedo sentarme contigo?, te pregunta con voz dulce. Contemplas lo que la mesa no te dejo ver: el borde inferior de la camiseta y la franja de abdomen que esta no cubre; el jean descaderado que faculta al ojo para contemplar aquellas regiones inhóspitas que los labios quieren besar apasionadamente. ¿Me vas a mirar o me vas a dejar sentar? te dice con acento de agua salada. Claro, siéntate, le dices al tiempo que oyes crujir las hojas bajo el peso de la euforia.

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