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Cinco días atrás fui, gracias a tu tentativa de divorcio

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el soltero que solía ser: aquel que deambula por la Plaza Ché con la esperanza que la corriente del tiempo le ceda interlocutores ocasionales o aquel que se solaza calculando las posibilidades de enamorarse de la jovencita que, invariablemente, le lanza sonrisas homogéneas desde el otro costado de la cafetería (contemplaba, como puedes ver, los viejos horizontes de la holgazanería, las antiguas grietas de la desocupación). Pero al atardecer, cuando la llovizna devino en penumbra y tu voz no me había tocado, descubrí que sería agobiante la vida sin ti: camisas y sábanas arrugadas, medias agujereadas, tardes inciertas, amores con fecha de vencimiento, momentos de algarabía en los que sentiría la ráfaga de una gripe indomable, acaso de una fiebre pujante y, detrás de ella, el delirio de tu nombre, el desorden de tu recuerdo… esta conclusión sumó, para provecho mutuo, una nueva dimensión a este amor multitudinario, a esta ternura de rejas y aguijones: tus dedos peregrinando por mi nuca no caminarán, en adelante, por la delgada línea del tiempo ni por la dudosa tridimensionalidad del espacio sino que medirán, adicionalmente, la extensión de tu posible ausencia, el filo de tu potencial exilio (así como tus besos ya no son aquella expresión habitual de afecto sino que pasan a ser el áncora que evita que me extravíe en los abismos del olvido, en las profundidades del desconcierto)…

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Existen alboradas en las que es fácil…

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decir Te Amo; mañanas en las que quisiera salir de la casa, con las babuchas de garras, a deambular por calles y avenidas, a escandalizar peatones, hasta llegar a tu trabajo, subir las escaleras con la pijama que tenía cuando me besaste a las siete de la mañana y decir Te Amo, como el que lanza un sortilegio contra el desamor; pero, antes de abrir la puerta, algo me detiene, una fuerza intensa, como la potencia que impulsa a las flores a brotar entre las grietas de los andenes. Entonces continúo la lectura de la novela que me espera en la mesa de noche, busco trabajo por internet o, quizás, me hundo en las ciénagas del sueño. Arremete, entre tanto, una suerte de descarrío, de incertidumbre, que me instiga a abandonar cualquier tarea, a rasguñar tu nombre en las paredes descascaradas o a delinear tu contorno con una rama seca; pero, una vez más, gana la sensatez y entiendo que el hombre es cobarde, que es incapaz de contemplar el amor, de arañar tapias, de trazar siluetas sobre la piel de la tierra. Quedan, por tanto, las frases revoloteando en las comisuras del silencio hasta que llegas con tus fatigas, con la nómina que no ajusta, con las compañeras imprudentes y, lo que en la mañana parecía fácil, empieza a intrincarse en tu acento, en las palabras que calman tu cansancio al punto que declararte mi amor se muestra incapaz de pagar deudas y ajustar cifras; me quedo, en consecuencia, con el deseo de decirte que el amor que sentí por ti, a las diez de la mañana, entre las sombras de los geranios, sentado en el comedor, frente al computador, me hizo olvidar los convencionalismos, las calles y las necesidades que la vida ordena en línea recta y me invitó, como se invita a un amigo o a un hermano, a vagabundear por la avenidas, como un demente, con los cabellos revueltos, hasta hallar tu oficina y subir a decirte, con voz alucinada, con tufo de oscuridad, que no puedo vivir sin ti, que no existe momento en el que tu nombre no atraiga ternura a mis labios, en el que no te ame con cada fibra de mi corazón; pero, en lugar de confesarte mis desvaríos, sonrío en la penumbra del televisor o en las tinieblas de la noche con la certeza que es más efectivo aquel beso que te imprimo antes de dormirte, rascarte la espalda o enredarte el cabello que decirte, entre las caras asombradas de tus compañeros o entre peatones alarmados, que Te Amo…

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Son difusas las mañanas…

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en las que me acuesto solo, en mi mitad de la cama, a contemplar el aburrimiento jugueteando con las sombras hasta que el sueño me lleva a casonas abandonadas, laberínticas, en las que camino alumbrado por tu nombre, en busca de puertas desvencijadas, de ventanas oxidadas que me conducen a pastizales por los que troto nerviosamente hasta llegar a tus brazos, sin que seas tú quien abraza ni sea yo quien llega corriendo, sino que son otros quienes se aman con nuestra pasión, con nuestro desenfreno (acaso -no lo sabemos, no lo podríamos saber-, sean la Mujer y el Hombre en mayúsculas los que se aman en mis sueños, los que nos representan o, como diría Platón, a quienes encarnamos mediocremente, de quienes somos una tímida sombra). El caso es, mi vida, que me despierto con los pies agotados de trepar los andamios de las flores, con las manos sudorosas de galopar bajo la canícula y con el irreprimible deseo de aferrarme a los dobladillos de tu ternura, a la mansedumbre del hombro en el que descansan mis complejos y temores, a tu respiración rastrillante, a la continuidad de las conversaciones que ponen carcajadas a tu cansancio y a los besos que corroen mi fatigosa melancolía.

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Ceremonial

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Todo inicia con la aceleración en la cadencia de tu respiración, el susurro de pensamientos que la noche fue lanzando al naufragio de sueños y con el incipiente rayo de luz que abate las crestas de polvo. Suena, cuando todo está en su lugar, la alarma del despertador; el trepidar te trae de aquel planeta donde también duermes conmigo, en el que continuamos amándonos pero no somos nosotros (tus manos son otras y otro, quizás, es tu acento; yo soy más alto o más bajo y mi voz suena a golondrinas o a murmullo de mar enamorado). Apagas el campaneo, das media vuelta para medir la profundidad de mi sueño con tus labios y tus manos; te respondo con palabras balbuceantes, enlodadas, venidas de las catacumbas del sopor. Me besas los ojos para quitarles las telarañas y el chillido de los murciélagos. Déjame dormir otro poquito, te pido con voz de niño malcriado. Me entierras un beso en la frente o en la mejilla. Abro los ojos, me remuevo entre las cobijas para sacudir las algas o la arena (porque en mis sueños soy la sombra que te sigue en la playa o el agua que se enredan en tu sonrisa), lanzo un “Buenos Días” que se estrella contra la penumbra, te beso los labios que aún saben a humo o melancolía y me enfrento al hecho que es noviembre, que las obligaciones te esperan en la otra orilla de un desierto de hombres temerosos y muchachas que crecen entre la espuma de los gritos, que tengo parcial de Teoría de Cuerpos, que no hay dinero para sobornar la felicidad y que tampoco hay trabajo para conseguirlo. Un burbujeo taladra mi estómago (me cae pesada tanta realidad en ayunas) al tiempo que suena el agua golpeando tu cuerpo; inicio, en ese instante, el retorno a las cavernas del letargo de las que saldré cuando me arrojes la toalla o alguna almohada que la oscuridad tiró bajo la cama…

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He pensado que…

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si tuviera la facultad de crear humanos y circunstancias (es decir, si pudiera ser Dios) me daría a la tarea de producirte en serie: estarías mil veces repetida, serías tú y la que pudiste ser si hubieras nacido en Bogotá, o la que serías si nos hubiésemos conocido aquella tarde de 1999 en la que te esperé en una banca del Park Way sin saber que era a ti a quien aguardaba, o la mujer que habrías sido si estuvieras casada, o aquella mujer altanera, de ciento setenta centímetros de estatura y ojos azules que conocí una tarde en la biblioteca Luis Ángel Arango

(¿no sé si me explico? Quiero decir que si pudiera reproducir mujeres te modificaría los acentos, las formas y las circunstancias, para saber si, a pesar de las variaciones, continuarías sacudiendo con tus besos las migajas de sueño y pereza de las seis de la mañana, si seguirías reprendiéndome por arrugar la ropa, si harías valer las potestades del amor en el instante en el que la oscuridad te enlutece la voz o si tendrías el valor de abandonar tu universo para venirte a vivir conmigo).

Luego abandonaría mi posición divina para volver a ser Diego niño y esperar que el millar de mujeres empiecen a enfurecerse con la anarquía de los libros que abandono sobre la cama, aprender a temblar cuando trazo corazones en la geografía de su espalda, a enardecerse cuando nombro esquirlas del pasado y así hasta que cada una alcanzara el carácter que tienes ahora; en ese instante te amaría mil veces, mil veces me enfurecería por tus reclamos, me reconciliaría mil veces contigo y mil veces le agradecería a la muerte que no te vio, al destino que te puso en mi camino y a los hombres que no supieron amarte (especialmente a ellos)…

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467 días (103 de unión libre)

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Encuentro algo tuyo en todas las campiñas, huertos y alamedas que constituyen mi existencia. Esto, lo sabes mejor que yo, no tiene nada de asombroso: estás en cada amago de lágrima, en cada destello de silencio, en cada conato de felicidad. Lo habitas como si fueras su dueña y señora: podas las zarzas de la melancolía, lustras la felicidad que empieza a oxidarse por el salitre de la cotidianidad y frotas las paredes y los pisos de mi memoria (teniendo la precaución de arrinconar en el último cuchitril del olvido el rastro de aquellas ex novias que tanto te estorban). Lo novedoso, mi niña preciosa, es que no sólo habitas lo que sobrevino a aquel amor que se ha prolongado por 467 días, sino que empiezas a poblar aquellas ciénagas de la niñez en las que me lanzaba a la fantasía para crear universos con dos canicas y un trompo viejo, los minutos en los que me hundía en los barrancos del alcohol y los años en los que besaba y acariciaba impunemente. Empiezas a transformarte, por tanto, en la madre que mimaba mis travesuras, en la adolescente que me inició en los ejercicios del amor, en todas las jóvenes que quise a pesar que no me querían, en quienes me amaron sin haberlas amado, en las que me dieron noches sin esquirlas y en los cientos de mujeres que en tu imaginación han colonizado nuestro presente y que amenazan el futuro…

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431 días (67 de unión libre)

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Te aburriste de mí, afirmas con el acento extenuado de smog y amaneceres lluviosos; ya no me conscientes ni me dices cosas bonitas, concluyes. Emana, a continuación, aquel temor a las tinieblas del futuro, a quedar enredada en los alambres de la muerte, al olvido, al abandono y a la palabra que lo cerca. Te sigo amando, respondo con la voz cansada de tanto silencio confuso. ¡Mentiroso!, objetas al tiempo que das media vuelta y te despides sin mirarme. ¿Cómo, te pregunto en el momento en el que el sueño intenta empujarte a sus dominios, puedes afirmar que no te amo? Te amo cuando tu lengua termina de arañar mi cuerpo (aquel cuerpo que sólo ha sido tuyo en los viscosos tiempos de la distancia y en los mansos tiempos de la cercanía); te amo después del gemido convexo que lanzo desde la cárcel de tus piernas y en el instante en el que te amparo de aquel delirio que sobreviene a los escarceos de media noche; te amo cuando te ovillas en la tibieza de mi cuerpo para huir de las garras de la responsabilidad; te amo en el relámpago del beso antes de ir a trabajar… los argumentos, a esas alturas de la noche, se transforman en murmullos, luego en bisbiseos para terminar en aquella tregua que emerge de la incertidumbre del agotamiento…

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