Archivo de la categoría: colegio

Reflexión inspirada por la puesta del sol

colegio1

(Fuente de la imagen)

Si me preguntaran qué me dejó el bachillerato yo les diría que me legó una lista, quizás interminable, de razones para sonreír. Si bien asimilé algunos conceptos y atisbe la aurora de la vida no podré asegurar que aprendí lo necesario para sobrevivir en el árido campo académico ni mucho menos podré decir que penetré en los secretos de la supervivencia. El paso por el bachillerato fue, a mi parecer, un recreo interrumpido ocasionalmente por algunos trabajos impertinentes: en ese tiempo aprender era lo menos importante, lo primordial era, por el contrario, hundirse en la esponjosa irresponsabilidad de la adolescencia, masticar la caña de la vagancia hasta hartarse de su dulce jugo (quienes me conocen dan fe que bebí todo el néctar de la torcida rama). De aquellos días no sólo me han quedado un inventario de anécdotas hilarantes y amigos a prueba de vendavales, sino la certeza que el único sentido de la vida es, justamente, vivirla sin reservas.

Pero hasta la mejor fiesta cesa su algarabía y su frenesí. El festival de alegría concluyó, en mi caso, el 28 de noviembre de 1996. Al siguiente día, en medio de una borrachera bíblica, entendí que el delirio se marchitaría con el arribo de los años y los compromisos. Lamentablemente no me equivocaba: doce años después estoy frente al computador viendo languidecer al adolescente que se escabullía por las paredes del colegio para cumplir la cita con el tabaco y el alcohol al tiempo que el sol esconde su cabeza en las tinieblas del ocaso.

Anuncios

8 comentarios

Archivado bajo colegio, evocaciones, General

A las profesoras Martha y Edilma

(Fuente de la imagen)

Todos extrañan a los familiares que parten o a los amigos que la vida conduce a tierras ignotas. Algunos añoran ciudades, barrios, casas; otros echan de menos a canarios, perros, gatos o salamandras; los de más allá se apenan por no sentir el olor a pino, jazmín o, acaso, el sabor del pan caliente. A los que parece que no se extrañan, o se añoran muy poco, son los docentes. No he conocido a la primera persona que gima de dolor porque el profesor de macroeconomía no le volverá o porque el “profe” de matemáticas se va del país. La ausencia de estos es causa, por el contrario, de regocijo y alegría entre sus alumnos.

Antenoche, no obstante este olvido premeditado, recordé a las profesoras del colegio gracias a que hallé a dos de ellas en Facebook. Después de escribirles e invitarlas a pertenecer a mi grupo de amigos, me entregue a la convulsión de las reminiscencias.

El primer recuerdo llegó cuando vi la foto de Martha, profesora de química; dicho invocación se remontó hasta el laboratorio del colegio. El objetivo del experimento que nos había convocado esa mañana era extraer alcohol de un pucho de vino. Para tal efecto el grupo debía llevar, como era obvio, una botella del licor. Aquella mañana integrante llego con su respectiva botella y con una sonrisa socarrona que cabreó al coordinador de disciplina. Después de empalmar todos los instrumentos le vertimos una copa de vino al balón (creo que así se llamaba el recipiente redondo) y otras cinco a las gargantas de los miembros del grupo; tapamos el balón, encendimos el mechero y nos sentamos a esperar el resultado. Mientras la bebida empezaba a evaporarse saboreamos otro trago de vino. Cuando el alcohol empezó a viajar la espiral de vidrio ya estábamos entonados a fuerza de sorbos cortos. En el momento en el que todo el alcohol estuvo el vaso nos sentíamos alegrones. Cuando concluimos el saldo de las botellas escondidos en el baño de hombres vacilábamos entre una borrachera mansa y la euforia.

La segunda evocación llegó cuando vi a la fotografía de Edilma, profesora de español. De ella recuerdo la exposición del libro Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada. El día que nos correspondió la exposición llegamos sin haber leído uno solo de los poemas. Asustados iniciamos a hablar de lo que no habíamos leído. Dos minutos después llegaron tres albañiles a taladrar, martillar y cincelar el salón del segundo piso. La exposición, por tanto, quedo aplazada. La siguiente clase llegamos igual que la anterior: sin haber leído un solo verso. Después de concluir la charla la profesora nos increpó y nos puso cero.

(Como nota a pie de página debo decir que fue, paradójicamente, un verso de ese libro (“puedo escribir los versos más tristes esta noche”) el que, cuatro años después, me abrió la puerta a la poesía -portón que, sea dicho de paso, permanecerá con los postigos de par en par hasta el final de mis días-).

Después de escribirle un correo a cada una pensaba que fueron ellas (y otras tantas profesoras y profesores) las que, además de introducirme en los meandros de la química y de la literatura, trabajaron para transformar al incorregible vago en un hombre comprometido con la vida y la sociedad. Quizás no lograron corregir mi perversa inclinación a la molicie y a la disipación, pero sí lograron impregnar de ciencia y la literatura mis días, lo cual es suficiente para estarles agradecido por el resto de mis días.

6 comentarios

Archivado bajo colegio, evocaciones, General

Diego Patiño

Hay quienes se ufanan de tener cientos de amigos en todas las regiones del mundo. Otros, más cercanos a las rutas virtuales, dicen que tiene mil contactos en Facebook y otro tanto en Hi5. Siempre que oigo a una persona decir eso me nace la misma pregunta: ¿Habrá, acaso, alguno entre sus miles de amigos, que sepa cómo se llama su mamá, cómo conoció a su novia, si se siente deprimido o alegre, etc.?

Me pregunto esto porque las personas tienden a pensar que amigo es todo aquel con el que entabla conversaciones protocolarias, o se va ocasionalmente al estadio o a pasear. Con estas personas, a quienes podríamos llamar compañeros, están vinculadas siempre y cuando el lazo que los unió no se rompa. Es así que uno no vuelve a saber nada, o casi nada, de los compañeros de la universidad una vez se salió de esta. Los amigos, al contrario de los cómplices, socios, camaradas o colegas, siguen ahí a pesar de los años y la distancia. Sé que suena a frase de cajón, pero es cierto. El sentimiento de amistad no se menoscaba por el trote de los años ni por la acumulación de kilómetros. Todo el que ha tenido amigos sabe a qué me refiero.

Pues bien, Diego Patiño es uno de mis amigos. Lo conocí en el año noventa y uno cuando contábamos con once años de edad. Él era lo que los profesores denominan alumnos problema. Recuerdo que era altanero y que contestaba ramplonamente a los profesores (nunca olvidaré cuando le dijo a la profesora de español que no entraba a su clase porque era muy aburrida). En séptimo a él le correspondió el 704, en tanto que a mí me tocó el 705. En octavo volvimos a encontrarnos en el 801. En este curso, junto con otros cinco compañeros (Walther García; Humberto Suarez; Miguel Aguilar, más conocido como EL Negro; Diego Navarrete y Nabyl Cortes) conformamos un grupo de siete “gonorreas” que hasta el día de hoy sigue unido. Ese año, como dato curioso, el juicioso de la agrupación era Diego Navarrete gracias a estar repitiendo el curso (en décimo, si no me falla la memoria, estaba Gustavo Navarrete, su hermano, repitiendo ese grado).

En once, para abreviar el cuento, nuestra amistad encontró dos catalizadores idóneos: el billar y el alcohol. Una noche fuimos a jugar Diego y Gustavo Navarrete, Patiño, y yo billar. Los hermanos Navarrete nos dieron una paliza ejemplar. El sábado siguiente decidimos ir a entrenar el esquivo deporte en unos billares de mala muerte. Estuvimos toda el día tacando hasta que empezamos a entender las dinámicas del juego. El lunes siguiente invitamos a la mancorna de oro a jugar en el billar de mala muerte en el que entrenamos. Después de una hora de juego, en un final de infarto, les ganamos por una o dos carambolas. Hay que decir, en honor de la verdad, que nos ayudó el hecho que empujábamos la mesa de billar cuando ellos tacaban (el billar era tan de mala muerte que las mesas no eran firmes; algunas, incluso, descansaban sobre hileras de ladrillos). Desde esa inolvidable victoria visitamos los billares todos los días de clase. Aunque había veces que saltábamos el muro para llegar más temprano, la hora de llegada era a la una de la tarde y la de la salida variaba según el ánimo del garitero (el día que más tarde salimos fue a las diez de la noche).

El alcohol no fue tan frecuente como el amado billar. Quizás la borrachera más memorable de aquellos días se protagonizó el diecinueve de octubre. Después que Castro arrastró, embarró, le echo huevos y le lanzó la camiseta de Patiño a las ruedas de un bus fuimos a mi casa a beber. El trago con el que llegaron el Negro, Patiño y Nabyl era un brandy barato e indigerible llamado Faena. Después de la tercera botella el brebaje empezó a bajar sin dificultad por el gaznate escaldado. Cuando consumimos las cinco botellas fuimos a conseguir más trago barato. A dos cuadras de la casa conseguimos un aguardiente que valía mil doscientos la botella. Compramos tres botellas y nos fuimos a la casa a rematar la borrachera.

Sólo una vez, en los cerca de dieciocho años que nos conocemos, nuestros gustos coincidieron en la misma mujer. Se llamaba Abigail pero le gustaba, por alguna razón incomprensible, que le dijeran Doris. La invité a una de las decenas de fiestas que Patiño organizó en su casa. El objetivo era, como todos sospechan, “levantármela”. Cuando se la presente a Patiño entendí, sin embargo, que había cometido un error inmenso: los ojos de los dos brillaron cuando se dieron la mano. Después de una hora de monopolización, Patiño la saco a bailar. A la tercera pieza de baile se estaban besando. ¡Nada que hacer!

En diciembre de ese mismo año (1999) Patiño se fue a Francia y con él se fue un fragmento de mi pasado. Las cosas nunca volvieron a ser las mismas: las fiestas eran más insípidas, las bebetas eran, o más frenéticas o más lentas, nunca con el ritmo adecuado y las tardes de ocio se tornaron grises. El tiempo, a partir de su ausencia, empezó a masticarnos transformándonos en personas extrañas a aquellos adolescentes que derretían sus tardes en billares hundidos en el humo y el alcohol.

En noches como la que está precipitándose ahora mismo sobre Bogotá caminábamos por la calle sesenta y ocho sin un peso en el bolsillo, pero con el corazón alegre de las victorias conseguidas mediante carambolas alucinantes o gracias “chochazos” inconfesables. Es por ello, y porque está cumpliendo años, que decidí escribir en su homenaje.

Patiño: desde este rincón del mundo deseo que todas las estrellas encuentren el camino de su casa y que todos los fantasmas huyan con el repiqueteo del piano, el serpenteo de la trompetas y el martillar del los timbales de Tito Puente.

¡¡Feliz Cumpleaños!!

6 comentarios

Archivado bajo colegio, evocaciones, General

Nuevo recuento de mujeres

En vista a la curiosidad incitada por este post me daré la licencia de hacer un paréntesis narrativo para hacer algunas salvedades.

En sexto me gustó una niña bajita de ojos verdes llamada Edith. Ella fue la causante, cinco años después (1996), que una gavilla de ñeros con cuchillos, varillas y cadenas le asestaran una paliza a un compañero de su curso (1103).

En octavo me gustó Ivonne Andrea (Sí Patiño: ella también me gustaba). Creo que todos los alumnos de los “unos” (801, 901, etc.) nos gustó en algún momento la niña de marras. Para asombro de mis amigos este año le dije a Andrea que me gustaba en los lejanos días del bachillerato. No sé qué cara hizo cuando se lo dije porque me confesé en el MSN, pero imagino que abrió los ojos.

En noveno me gustaron las foráneas (las gomelas, Angélica y Paola). Me llamaba la atención, no obstante este gusto por el producto extranjero, Yenny Bastidas. Debo aclarar, para evitar comentarios suspicaces, que la atracción se acercaba más a la curiosidad que a lo que se podría denominar gusto físico o amor.

Décimo, para desgracia de su curiosidad, fue un año perdido en materia amorosa.

En once me gustaba Cielito-mamita-rica. Llegó al colegio ese año (1996) por conducto de su tía, la rectora, a décimo. Al poco tiempo de su llegada se hizo amiga (amiguis) de Carol. Gracias a esa amistad llegó a nuestro círculo de amigos sin ningún problema. Recuerdo que antes de integrarse al grupo nos miraba de forma sospechosa. Después que las confianza estaba afianzada el valiente Diego se lanzó a tantear las praderas de sus miradas. Después de dos invitaciones frustradas a Caliman (o Antifaz, no recuerdo bien) el valiente expedicionario se dio por vencido. El resto de nosotros, al ver el estrepitoso fracaso de su excursión, nos arrugamos y no “patrasiamos”, quedando el proyecto a inconcluso (aún hoy me pregunto si al que miraba con tanto apremio era yo; creo que esa será una pregunta que no hallará respuesta).

A finales del año noventa y siete, después de un largo año en el ejército, me encontré con la dulce Cristina. No sé que ocasionó un repentino (e inesperado) giro anímico en esos días, el caso es que a finales de ese año aquella jovencita cautivó mi arisco corazón (puedo ver los ojos desorbitados de mis compañeros de curso). Este arrebato no duró mucho gracias a que el noventa y ocho trajo nuevos amores y nuevas expectativas.

Cristina cierra, por el momento, las niñas del curso que me atrajeron en algún momento de la vida. Espero, para finalizar, que este escrito haya agotado las preguntas y las aclaraciones sobre este tema (si no lo ha hecho háganmelo saber, por favor).

4 comentarios

Archivado bajo colegio, evocaciones, General, mujeres

Recuento de mujeres

Después de escribir este post reflexioné sobre las niñas que me impactaron en el colegio. Al enumerarlas concluí que el amor no fue la constante en mis días de colegio. El número de niñas que me atraían era, por otra parte, muchísimo mayor (hay un abismo entre gustar e impactar).

Entre las muchachas que me gustaban estaba dos niñas que desde que llegaron al colegio en el año noventa y cuatro, hasta el grado a finales del noventa y seis, no se soltaron un minuto. El apodo con el que las reconocíamos se ajustaba al menosprecio que sentían por sus compañeros: las gomelas. Dicen las malas lenguas (que por una razón inexplicable siempre se ensañan con las mujeres atractivas) que las vieron en la excursión besándose. Esto, en lugar de desestimular nuestra imaginación, la elevó a niveles insuperables.

Hay una mujer que no sé si existe o es una consecuencia de mi imaginación desbordada. Su nombre es Laura Acero. Era del curso vecino (1102, si acaso terminó once en el mismo colegio). Recuerdo que me fascinaban sus piernas y una mirada que ondulaba entre la picardía y la inocencia (cosa que, vale decirlo, no he vuelto a ver).

Otra niña que me parecía atractiva se llamaba Angélica. Tenía una mirada lujuriosa y un cuerpo que, aunque delgado, ostentaba curvas apetitosas. Tenía un novio que le doblaba la edad (eso era, por lo menos, lo que nos parecía) y cada vez que la llevaba al colegio nos miraba con odio.

En décimo, para terminar con el recuento, había una niña que se la pasaba todo el tiempo con Angélica. Se llamaba Paola. Había algo en ella que me atraía. Siempre que nuestras miradas se encontraban en el descanso, o en las calles adyacentes del colegio, se decían algo que mi cerebro no pudo traducir en palabras. Recuerdo que en una tarde de ocio con Diego Navarrete la imaginé besándome después de dedicarle esta canción de los Rolling Stones. (Sí Patiño: a mí también me gustaba Paola).

10 comentarios

Archivado bajo adolescencia, colegio, evocaciones, General

Especímenes de mediados de los noventa

Hace unos días Patiño, un amigo del colegio, me envío un correo sugiriéndome algunos temas para que salieran en el blog. Entre ellos están los juegos olímpicos y la interdependencia de Latinoamérica y Estados Unidos. Aunque los temas son interesantes el correo de mi viejo y querido amigo me sugirió otro tema: describir a algunos de mis compañeros del colegio. 

Entre mis condiscípulos se puede reunir toda la fauna de los estudiantes arquetípicos de mediados de los años noventa: el vago, la gonorrea, el golpeador, el jugador, el callado y los repitentes. Sus efigies persisten en mi memoria a pesar de las cenizas del olvido.

Creo que el mayor ejemplo del estudiante vago era David Vargas. El ilustre personaje contaba con la avanzada edad de diecinueve años cuando cursábamos once. Acostumbraba escaparse desde el miércoles a beber en las tiendas vecinas del colegio; hacía copia en todos los parciales y jugaba voleibol en los escasos periodos en los que no estaba bebiendo, jugando billar o durmiendo en su domicilio. Lo interesante de David era que, no obstante su clara tendencia al vagabundeo, fue monitor del curso durante cuatro años (1993-1996).

La gonorrea era encarnado por Yesid. Esta celebridad pasó a la inmortalidad por amenazar a la profesora de Física por pedirle que no hablara en clase. Su vocabulario rayaban la jerga carcelaria y sus modales sonrojaban a los zorreros del doce de octubre. 

El golpeador era Juan Carlos Castro. Este señor levantó pesas desde los doce años logrando a los dieciocho años una musculatura prominente. Castro, como todos lo llamábamos, se medía con cualquier rufián de los demás cursos a gatos (el gato son los puños dados en las piernas o en los brazo). Este señor, igualmente, acostumbraba pegarle a cualquier parroquiano que se hallara distraído un gato en las piernas para que aterrizara.

El jugador, amigo entrañable de Castro, era el prestigioso Támara. Micrero forjado en el crisol del barrio Boyacá Real y martillado en los interminables partidos de la salida del colegio. Fue célebre por hacer un gol de bicicleta en un tiro libre en la semifinal del campeonato del colegio y por las múltiples gambetas con las que eludía a sus adversarios.

El callado es el inolvidable Ortiz. En los cuatro años que estudiamos juntos fueron pocas las ocasiones en las que habló en público. Su entrañable costumbre de ajustar cuentas con certeros rodillazos le granjearon respeto entre la nómina de los buscapleitos.

Los repitentes más destacados fueron: Eyesid, el mono, Gerardo Galvis y Jamsel. Este último señor fue el único capaz de enfurecer a la profesora de filosofía y de crear la inmortal fama de disoluta de una de nuestras compañeras. De Gerardo y Eyesid recuerdo que fueron los primeros estudiantes que sucumbieron a la inmejorable pareja que hacíamos Patiño y yo en el billar.

Las picadas eran, sin lugar a dudas, las gomelas. Ellas llegaron al colegio en el año noventa y cuatro y descrestaron por su belleza. Siempre miraron a los demás mortales por encima del hombro y en la expresión de su cara se notaba el desagrado por estar en ese colegio.

La lista continuaría hasta el infinito. Entre la fauna escolar sobresalen en mi memoria mis hermanos del alma: Patiño, Walther, Diego Navarrete, Nabyl, El Negro y Suarez. A estos señores les debo gran parte de lo que soy. De ellos siempre he recibido cordiales saludos y entrañables consejos; con ellos he transitado los peores momentos y he conocido las navajas de la muerte y las coronas de la felicidad. No nos separamos a pesar que la distancia y el tiempo han jugado contra nosotros…


Deja un comentario

Archivado bajo colegio, General