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Carta al silencio de la noche (16)

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Hola.

Sólo resta elogiar, en este domingo agonizante, tu cuerpo; quiero decir, elogiarlo una vez más, dar otro puntillazo a la cadena de aplausos y alabanzas que he lanzado en estos meses que se hicieron años, de estos años que se encauzaron en una catarata de lustros en los que tú y yo nos hemos ajustado a la condición de amigos. Los cumplidos, por otra parte, no los digo en público para que no te pongas roja y suelte una de esas carcajadas tan bonitas que, al estallar, despierten rumores que insinúen que tenemos una relación que va más allá de la amistad (al fin de cuentas, tú, amiga y todo, eres mujer y yo, con todo lo amigo que se quiera, soy un hombre, y es de todo sabido que los hombres y las mujeres sienten o pueden llegar a sentir, eventualmente, en la distancia de los años y de los sucesos, por razones desconocidas, sentimientos que no tienen nada que ver con los vínculos fraternales; es decir, pueden termina, a la postre, entrelazados una sobre el otro o el otro dentro de la una, haciendo cosas que son sabrosas de practicar pero que no se ven bien entre viejos amigos). Venía diciendo que ayer te veías muy atractiva… Buenísima, sería, en realidad, la palabra que usaría si te viera en la calle y fueras una desconocida, o, acaso, te diría, me diría, porque no acostumbro lanzar piropos a mujeres en la calle, Mamitarica de un solo aliento, sin despegar las palabras, uniéndolas en sinalefa, o, tal vez, si estuviera envalentonado por el alcohol, te susurraría Cositarica, también unido en sinalefa pero con una cadencia dolorosa, como si me hiriera imaginarte desnuda caminando con ese cuerpo que ilumina cada rincón de mis evocaciones, cada grieta de las palabras que se alinean en este correo. Tú, sin embargo, no eres una desconocida sino que eres mi amiga y no te vi deambulando por la calle sin rumbo conocido, meneando, y espero me perdones la expresión y el ardor con que la diré, esas carnes sabrosas y esa mirada dulce que les hace juego. No fue así; te vi en tu casa, al lado de tu marido, mientras departíamos y bebíamos largamente, mientras ibas y venías con copas, ceniceros, botellas de ron, pasabocas, con tus manos y tus sonrisas encendiéndose con el alcohol, intrincándose en sus efluvios etílicos, hasta que el amanecer bordeó las montañas, hasta el instante en el que los ciotes y copetones anunciaron el domingo que sabíamos doloroso, enguayabado, depresivo, saturado de remordimientos por los besos que nos dimos mientras tu marido dormía en el sofá, besos que se han repetido durante los años y las décadas en las que hemos sido amigos, simples amigos, compañeros que charlan, que hacen favores, que contemplan, como lo hicimos ayer, sus cuerpos con la curiosidad de saber cómo se ven, cómo se sienten, cuando no hay ropa que los cubra…

Creo que debo dejar acá las palabras porque la resaca me está haciendo lanzar expresiones inapropiadas a una amistad que sobrevivirá a las trampas del olvido…

Te envío, desde esta noche fría y tediosa, un abrazo afectuoso.

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Trote de las horas (4)

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A la memoria de Nabyl

Vamos por los tejados, por las tapias de casas apiladas en esta noche fría, melancólica, que se perderá en las circunvalaciones de mi cerebro. Al frente, a dos pasos de mí, está Nabyl, Nabylón. Supongo que fue suya la idea de caminar de casa en casa, de cocina en cocina, en busca de trago y comida; a mí estas cosas no se me ocurren ni siquiera en el estado de embriaguez al que llegué después de algunas horas de brandy barato. Todo inició, para empezar por donde se debe, en el baby shower de la hija del Negro, con pasabocas, con sonrisas inocentes, con el dolor de ver a Carolina con Cristián, con algunos comentarios subidos de tono, con la partida de Cristian, con menos sonrisas, más dolor y más zozobra -tan huevón yo, en lugar de ponerme mejor-; luego alguien, algún ocioso con deseos de iniciar la jornada, puso sobre la mesa cinco mil pesos para invitarnos a acompañar al arrugado billete con otros billetes, quizás con monedas, para comprar aquel brandy o ron, no sé con certeza qué es aquel brebaje que se titula, como película o cuento, Jamaica; lo único que sé es que este pócima, este bebedizo malsano es el más barato del mercado, el más barato y el más dañino, el que está a un escalón del pegante bóxer, quiero decir que un peldaño abajo porque es peor que el pegamento que lleva a los indigentes a las campiñas del silencio, a los umbrales de la muerte; después se fueron los amigos del colegio, los de siempre, los de toda la vida, todos menos el Negro quien debía quedarse por tratarse del baby shower de Paula, su hija, tampoco se fue Nabyl quien, de repente, dijo que él también se quedaba y que a media noche nos íbamos, él y yo, para su casa (más tarde, una hora después de la desbandada, regresó Suarez porque no encontró transporte). El resto fueron seis o siete colectas, nuevas botellas de Jamaica, risas cada vez más atropelladas, conversaciones enturbiándose, enfangándose en las cunetas del enajenamiento, más cigarrillos y menos deseos de irnos para la casa de Nabylón. Así fueron pasando los segundos que se hicieron minutos y los minutos que se transformaron en horas hasta terminar caminando por estos tejados resbalosos, por estas cornisas sueltas, con Nabyl avanzando con una seguridad inusual, con un absoluto irrespeto por la muerte. Pensar, me diré en diciembre del dos mil once, cuando esté escribiendo esta historia, que a ese muchacho de veintiún años le quedaban menos de dos años de vida. Morirá en extrañas circunstancias, ¿de qué otra manera podía morir él? Saldrá de la casa hacia La Universidad de los Andes para pagar el semestre; allí, en efecto, llegará rayando las ocho de la mañana, pagará y se irá, según le informará por teléfono a su tío, hacia el trabajo. Esa llamada será lo último que se sabrá de él; luego se hundirá en las tinieblas de las especulaciones: algunos afirmarán que lo asesinaron los policías, otros que lo robaron, lo mataron y lo lanzaron al Lago, otros más que se suicidó. Yo creo, creeré siempre, que murió en su ley: borracho, llevado en las garras de sus viajes alucinantes, rasguñando las grietas de la felicidad, arañando los pies de la realidad; caminando a la bartola, a la buena de Dios, pasará frente al Parque de los Novios, con rumbo al azar o regresando de él; pensará, imagino, conjeturaré años después, que es buena idea darse un bañito en el Lago; saltará entonces la reja y en seguida, borracho, embrollado en las telarañas del aguardiente, se lanzará al Lago y quedará atascado en el fondo, con la cabeza hundida para siempre en el fango del Tiempo. Pero eso sucederá casi dos años después; por ahora entramos a la sexta casa, o quizás a la octava, no puedo saberlo porque estoy enlagunado, extraviado en las ciénagas de la inconsciencia, desde las diez de la noche. Carolina, tres o cuatro años después me dirá que caminamos por techos y cornisas, antes de esa confesión no lo sabré y, por tanto, no podré preguntarle a Nabylón qué sucedió, cómo hice para guardar el equilibrio en ese estado calamitoso de embriaguez, porque él, para ese tiempo, para el momento en el que me enteraré, estará en la otra orilla, al otro lado de la ventana, como dijo Suarez frente al ataúd en el que dormía eternamente. Por eso nunca sabré qué sucedió a pesar que estuve presente de cuerpo y alma. Lo curioso de todo esto, apreciadas lectoras y queridos lectores, es que a mediados del dos mil cinco emergerán, desde algún rincón de la memoria, el ruido de ollas, el sabor insípido de un arroz y las centellas brotando de la nevera abriéndose en la oscuridad; el resto morirá como lo hará Nabyl el trece de diciembre de dos mil dos. Viernes trece para dar razones a los agoreros de temerle a esa alianza de número y día de la semana. Nueve años después de ese día le escribiré a Nabyl, a Nabylón, un texto de homenaje. ¡Qué poco tendré para ofrecerle a su memoria! Lo honraría más emborrachándome, perdiéndome en la bebida, pero en ese momento cumpliré más de ocho años de abstinencia etílica, más de ocho años de convulsionar violentamente, justamente por los excesos de alcohol, de cigarrillo, de trasnocho, de jarana. El hambre se ha ido y tenemos media botella de aguardiente en la pretina del pantalón. Es hora de regresar a la casa de Carolina a seguir embruteciéndonos con trago y conversaciones largas e inoficiosas. Sale Nabyl por la ventana mostrándome los lugares en los que debo pisar para no caer al vacío y partirme los huesos o quizás lo hace para que no lo aventaje en el viaje hacia los barrancos de la muerte…

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Trote de las horas (3)

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Dedicado a Jenny Bastidas

-me hablas así porque estás con una vieja, afirmó la esposa con la voz sólida, sin una grieta por las que pudiera asomar la duda. ¡Qué mujeres ni que ocho cuartos! ¿Cuál mujer se le mide a un hombre que se la pasa horas y horas sentado frente a un computador? Además a este señor, es decir, a este personaje, poco le importa los bienes materiales y las amantes exigen gruesas cantidades de dinero cuando se trata de cortejos. ¿O cómo hacen para ir a restaurantes, bares, heladerías y moteles? Haber, ¿cómo hacen? Pues con los cochinos billetes. Él, además, es poco atractivo a la riqueza. Por eso cuando le llegan algunas ganancias las malgasta en alguna pendejada, aunque sea en las diez cajas de grapas que compró la semana pasada. Así anda el dinero por un lado y él por el otro, sin molestarse, sin estorbarse mutuamente, sin siquiera verse la cara en este callejón oscuro y estrecho que llamamos Vida. Por eso nos preocupa esa afirmación temeraria en tanto vamos por la Avenida Suba en Transmilenio, con la cabeza enredándose y desenredándose en los hilos del pasado y con los ojos aferrándose a las nalgas de muchachas que corren con las manos en la cabeza para defender el cabello del aguacero que se desbarrancó con ínfulas de tragedia.

-me hablas así porque estás con una vieja, repite la voz desde algún filo de su cerebro. Continua el viaje en el Bus Articulado que empieza a atiborrarse de mujeres de mirada marchita, de hombres de silencios que se aferran a sus manos temblorosas, de niños de infancia melancólica como fue la del personaje, como fue la mía puesto que él y yo somos, salvo por algunas vivencias y por algunas palabras que sobran en los arqueos de esperanzas y desesperanzas, en los cálculos de aciertos y errores, la misma persona, el mismo personaje. De alguna esquina del pasado emerge Jenny Bastidas, Marcela, como le dice ahora porque los años, la Vida quizás, la han transformado en otra mujer, en otro ser humano. Ella ahora le dice Diego a pesar que siempre le decía Motas gracias a un pelamen ingobernable que desafiaba tijeras y máquinas eléctricas; pero hoy él es Diego y ella es Marcela, otro hombre y otra mujer que guardan semejanzas con los niños, porque eso eran cuando se conocieron, que convergieron al mismo colegio, al mismo salón, a los mismos profesores y a las mismas horas muertas en las que se suponen aprendieron química, trigonometría, cálculo, pero que a decir verdad, acá entre nosotros, de aquello fue poco lo que les quedó. Dicen que Jenny se fue a Ámsterdam y que allí vivió varios años y regresó transformada en la Marcela que él desconoce, de quien recuerda la sensualidad montaraz que la acompañó cuando tenía catorce, quince, dieciséis años. De ello, de la sensualidad, son testigos los amigos de siempre, los de toda la vida, los que la desearon sin musitar palabra por el justificado temor de ser objeto de burlas. Después de eso nada sabemos, nada podemos decir sin caer en especulaciones, en murmuraciones, en comadreos inciertos. Lo único que sé es que este texto va dedicado a ella y que empieza a perderse, a desbordarse por todos los canales de la memoria y de la razón, a extraviarse en los parajes por los que la terca escritura los lleva. ¡Ay Jenny; tú esperabas que este fuera un pasaje hermoso sin saber que las testarudas palabras jalan para la oscuridad del pasado, para el barranco de donde extraen recuerdos ensangrentados, lívidos, descompuestos de tantos años y tanto polvo que les han caído encima, para levantarlos, obligarlos a enderezarse y referir los eventos que los lanzaron a ese lodazal! La imagino a ella, a Marcela, con los ojos sobre este texto esperando una frase sublime, un verso luminoso, desilusionándose, después de algunos segundos de lectura, al encontrar esta disertación que no va para ninguna parte, que no posee ningún atributo cercano o siquiera parecido a la belleza, dándose golpes contra estas frases agotadas, estériles, baldías como los pastizales que rodeaban el colegio y en cuyos vértices nos emborrachábamos los estudiantes de todos los grados, de todas las latitudes, de todos los estratos, potrero donde aprendíamos a ser bandidos, vagos, borrachos, porque eso sí aprendíamos en aquellos días. Pero dejemos eso para otro momento puesto que a lo lejos se vislumbra el Portal de Suba naufragando en esta tormenta rencorosa que no quiere suspender su embate.

-me hablas así porque estás con una vieja, reincide su esposa (¿mi esposa?) bajo la tempestad rabiosa. Suelta una carcajada vibrante que obliga a la señora que está a su lado a cambiar de silla entre persignaciones y padrenuestros. ¡Qué viejas ni qué ocho cuartos! Le habló así porque estaba de malgenio, porque tenía hambre, cansancio, dolor de cabeza, dolor de muela, sueño, malparidez cósmica, por cualquier cosa menos porque estaba con una mujer. El hambre, el frío y el cansancio empiezan a agriarle el ánimo, a despeñarlo por las laderas del mal humor. Camina hacia los alimentadores por un túnel que se parece a la Vida, al Destino, a sí mismo, de tal manera que empieza a naufragar en la melancolía. Aparece nuevamente Jenny con su cara adolescente, con su falda a cuadros. Emergen de algún rincón otros compañeros de colegio: Cristina, Rocío, Dolly, Ortiz, Patiño, Diego Navarrete, Suarez, Nabyl, El Negro, Walther, Larry, Mora, Sylva, Sandra Galeano, Fula, David Vargas y decenas de alumnos a quienes ve con el suéter azul claro, con el jean o la falda a cuadros y entre ellos está él, con sus motas, con su irreverencia que han agotando los años, que ha derivado en una indiferencia catatónica y con su barba que contrasta con la edad de sus compañeros. Se acerca para contemplarse mejor; se asombra de verse tan flaco, tan amarillo, tan ojeroso, con los ojos rojos de tanto trasnochar, de tanto beber aguardiente en cantinas de mala muerte, en pastizales, de tanto fumar hierba, de tanto pesimismo traicionero. ¡Qué muchacho tan desalineado! ¡Si fuera alumno mío no lo pasaba por nada del mundo!, afirma entre el estupor de los pasajeros que lo observan, me observan, hablando solo y con la mirada perdida en el horizonte. Este señor, apreciados lectores, que ustedes contemplan en medio del soliloquio, viendo jóvenes que hace años dejaron de existir, es Profesor de Matemáticas y Director de Curso, en mayúsculas para conferirle responsabilidades que no tendría, o al menos eso creen las directivas del Colegio, si se escribiera en minúscula. ¡Si supieran sus alumnos quién fue en la adolescencia no lo respetarían para nada!… o lo respetarían menos, puesto que no es secreto para nadie que aquello que llaman respeto, aquella cortesía de antaño, murió mucho antes que lo hicieran los adolescentes que se retiran bajo las blondas del aguacero. Levanta la mano para despedirse de ellos y del pasado que retorna todos los días a las dos de la tarde. A lo lejos, bajo los crespones de la tormenta, se ve el Alimentador que lo llevará al lugar de la cita. Se acerca el bus lanzando agua a los cuatro vientos y se detiene entre el bramido del freno de aire a cinco metros del lugar donde está de pie con la mirada enredada en los confines del pasado. Todos se alejan de él, ¿de mí?, da igual, por temor, quizás, a que les contagie la demencia. Se sube tranquilo, con los ojos apagados y la sonrisa ladeada que lo acompaña cuando reviven sus compañeros de colegio…

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Trote de las horas (1)

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Dedicado a Diego Navarrete en su cumpleaños treinta y tres

Vamos en medio de la carretera que separa, o mejor, que une a Villa de Leyva con Arcabuco, es de noche, cerca de las ocho, es siete de diciembre de mil novecientos ochenta y siete, Día de la Velitas, en mayúsculas, como todas las festividades en esta nación de conmemoraciones. Las montañas se iluminan por bombillitos pequeños que en realidad son montones de helechos, de hierba seca, de leña quemándose para saludar a la Virgen que pasará levitando encima de las volutas de humo. El año anterior, recuerdo mientras avanzamos en esta oscuridad tan impenetrable, tan densa que hay que separarla con las manos, ayudaba a mi abuelo a reunir helechos, chamizos, troncos grandes y pequeños que se fueron amontonando, que fueron creciendo, avanzando en su afán de remontar las alturas de las que bajaron para transformarse en este cúmulo de materia inerte; después, cuando la tumulto superaba los dos metros, cuando la noche se hizo espesa, mi abuelo prendió un trapo viejo y lo lanzó al montón que se encendió inmediatamente con una furia descomunal, gemían los troncos en su última agonía, la llama crecía y crecía y crecía y crecía en busca del tapete de estrellas que titilaban indiferentes a nuestros destinos, a nuestras desventuras. Yo no sabía si gritar o llorar de la impresión que me causaba esa enorme bola de fuego que expelía un calor capaz de deshacernos con la misma eficiencia con la que la lupa derrite soldaditos de plástico. Entre más crecía más nos alejábamos por la impertinencia de las llamas, “así es el infierno”, afirmaba Cleotilde, la compañera de mi abuelo, la moza, como le decía mi mamá con un odio visceral, “por eso hay que leer las Sagradas Escrituras”, concluía con la mirada extraviada, con la voz perdiéndose en los meandros de la demencia que se la llevaba de año en año por caminos de herradura, por calles empedradas, a gritar incoherencias, a vociferar con la boca llena de espumarajos, con una biblia maltrecha que años después yo le robaría, hasta que los hijos la traían a Bogotá y le daban kilos de Carbamazepina (la misma que consumo pero por razones distintas) hasta hacerla regresar a los esquivos cauces de la razón. Vamos llegando al Alto de Cane, la quebrada suena al fondo, entre las tinieblas, yéndose, huyendo de la vida que vibra en las gargantas de las ranas. Por acá pasaré ocho años después en el techo del bus de Calambres con seis amigos, los del colegio, los de toda la vida, los imprescindibles, los que siempre estarán para recordar o para hablar o para vivir. Íbamos, decía, embruteciéndonos con Ron Tres Esquinas, con Peches, con el viento, con el sol, con el paisaje y con la juventud que parecía eterna y que veinticuatro años después de esta noche de luna nueva, de evocaciones, de recuerdos y premoniciones, se deshilachará en las agujas de todos los relojes que le saldrán al paso, en los amores no correspondidos, en las encrucijadas, en todo quedarán aferradas las hebras de esa juventud que nos subirá a esa bus olvidado de la mano de Dios. Luego tomamos, tomaremos, porque será ocho años después de este viaje que empieza a hacerse largo, diez galones de chicha, 37,85 litros, 37850 centímetros cúbicos de bebida espirituosa, ancestral como la tierra a la que la regresaremos entre arcadas, entre la mirada asombrada de Cleotilde y las carcajadas de Javier. El que mejor estará será Diego Navarrete, a quien va dedicado este escrito, de quien quería hablar, pero la escritura es caprichosa, resabiada como una mula: por más que uno le jale las riendas se va por esos andurriales espinosos, escabrosos, peñas por las que uno se puede ir de cara contra el mundo para levantarse sin dientes, sin un ojo, manco como aseguran que era Cervantes. Diego Navarrete, decía, estará más lúcido, pondrá orden en ese naufragio de murmuraciones, de exclamaciones que pedirán la atención de los demás, de carreras vacilantes para vomitar afuera, al lado del cerezo, bajo los andenes de la Vía Láctea. ¡Tanta lucidez en este laberinto de existencias descarriadas! Tomaremos caldo mientras los otros dormirán los excesos etílicos, redondearemos las pocas ideas que no se fueron por las cañerías de la noche. Después todo lo consumirá el olvido, la negligencia de esta cabeza que recuerda lo que quiere, lo que le viene en gana, de esta cabeza que mastica y bota, que chupa la savia de algunos instantes y bota el resto del día, con todos sus filos, con todo y los millones de palabras que entraron y salieron de ella. Entre charla y charla vamos llegando a la Tienda de Joaquín, la misma que me verá borracho cientos de veces, en la que correré para no morir asesinado por las balas de Jacinto Espitia, un veterano de alguna de esas guerras que le nacen al planeta como verrugas en su lomo, que me verá agonizar de amor por una muchacha que no me dará ni la hora, que me verá comprar una canasta de cerveza para mis amigos del colegio con plata ajena, con dinero hurtado. Es hora de bajarnos de este sonajero de ventanas y puertas desajustadas, contemplo las bombillas que empiezan a extinguirse en las montañas que sobrevivirán al holocausto nuclear al tiempo que llega a mi oído los sonidos lentos, uniformes, que conducen a Joaquín entre las breñas de su ceguera. Tomemos este sendero irregular que nos llevará a la casa en la que mi abuelo duerme su borrachera diaria, su eterna fuga de este vida que lo devorará dieciseises años después, como me devorará a mí, como los devorará a ustedes, pacientes lectores.

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Amor posible

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Dedicado a Oscar Romero

Sólo hay música y una pareja en la mesa del fondo. La conversación serpentea entre las fosforescencias que emite el LCD.

-esta es la razón por la que lo traje a este lugar, anuncia Oscar al tiempo que la mesera sube las escaleras.

Ella dice el nombre pero se enreda en las guitarras eléctricas al tiempo que lanza una sonrisa protocolaria, fatigosa. Nos entrega dos cartones plastificados de cuarto de pliego, da media vuelta y baja por las mismas escaleras que la trajeron a este paraje de miradas extenuadas.

-Mamasita, grita Oscar para desahogarse, para darle vía al deseo carnal, animal, que lo trae cada dos meses a este bar de mesas pequeñas, de sillas incómodas, en el que naufragamos entre los centelleos de un aguacero bogotano. Esa vieja me trae loco, concluye como si no hubiera espacio en esta grieta del amor para otra explicación. Quisiera indagar por los detalles donde, asegura Luis Carlos, habita el diablo, pero la muchacha está nuevamente a nuestro lado. Ahora me doy la licencia de contemplarla descaradamente, sin recato, para entender, si acaso ese verbo tiene lugar en las praderas del deseo, por qué lo trastorna. Ella sonríe nerviosa, intimidada por mis ojos que la recorren como si fuera el mar que me espera amarrado en la bahía de Santa Marta. Pedimos, para calentar la noche, un tinto y una aromática. Gira nuevamente pero esta vez lo hace pausadamente (o así me parece), en cámara lenta, para empezar a deslizarse entre el bajo y la batería de alguno de esos grupos que nunca conoceré.

Ahora la curiosidad empieza a transformarse en deseo, incluso en excitación: no puedo evitar acosarla en busca de su pasado, de su presente, de su edad, de su correo electrónico, de su teléfono o de cualquier reducto que encienda esa lucecita que me aferra a una mujer por años. Contemplo a Oscar y lo veo con la misma inquietud persiguiendo sus movimientos avasalladores, como si quisiera calcular su respiración en la noche o sus carcajadas a orillas del amanecer. Vuelve a subir para llevarse los pocillos. Ahora es ella quien nos mira con curiosidad, ha quedado atrás la vacilación de minutos antes, ahora es, al parecer, dueña de la situación, poseedora del mango de esta sartén en la que burbujean testosterona y feromonas.

-quiero un litro de cerveza de la casa, pide Oscar para evadir la mirada que empieza a acuchillarlo.

-¿con dos vasos?, inquiere con la tranquilidad que supone el intercambio comercial.

-uno solo porque él no puede tomar alcohol, dice señalándome con los ojos y con la voz.

Vuelve a salir de escena. Iniciamos conversaciones fracturadas, atiborradas de hendiduras, de quebraduras por las que entran sus ojos, su cabello negro, sus nalgas enormes, apetitosas como pocas, su espalda ancha, como de nadadora, sus manos acostumbradas a la vida, sus labios que frecuentan el regaño, el reclamo airado

-se ve que es furiosa, digo para evitar ese silencio que se presenta como un barranco por el que podríamos precipitarnos con las horas, con los recuerdos, con las esperanzas y con todo aquello que no se ha llevado la melancolía.

Reaparece con una jarra saturada de un brebaje negro como la noche que se deshace en jirones de lluvia, en hilachas de frío, un vaso largo en el que sirve la bebida y un portavasos rectangular. Da media vuelta y se escabulle de la voracidad con la que Oscar la contempla, del deseo que quiere hacerse demencia, de las ansias que se desbordan en conjeturas, en fantasías que se transforman en palabras, en versos de canciones

“En qué lugar me ocultas,
En qué lugar me pierdes”.

Minutos después, entre las manos que se deshacen en el tedio, cae al suelo el portavasos y al levantarlo nos damos cuenta que tiene un texto en el respaldo.

“Salgo en una hora. Manda al calvito a la casa y nos vamos para Chapinero”

Oscar me mira con incredulidad al tiempo que lo contemplo con envidia. Él relee para encontrar una frase, una letra siquiera que explique esta nota que no comparece con la indiferencia que ella mostró en las dieciocho visitas anteriores ni con esa crueldad de Dios o del Destino que impide que nos suceda algo extraordinario, algo que merezca salvarse del olvido, ponerse en letra de molde para la posteridad.

-pida otro litro y pregúntele dónde se ven, afirmo con la resignación que esta noche el amor ha jugado a su favor; si la nota iba para otra mesa ella se hará la loca y ahí quedará el asunto; pero si es para usted no dudará en darle las coordenadas.

A los pocos minutos ella sube sin que nadie la haya llamado. Camina hacia la mesa con un contoneo sabroso y con una sonrisa enigmática.

-¿Desean tomar algo más?, pregunta clavando la mirada en los ojos de Oscar.

-Otro litro de cerveza y saber en qué lugar nos encontramos, responde arrastrado por su sensualidad luminosa que expulsa todas las sombras que la duda había sembrado en su cabeza.

-en una hora en la esquina de la ochenta con once, indica tranquilamente; no tomes mucho que te necesito en tus cinco sentidos, concluye con esa voz que ponen las mujeres para sugerir noches desenfrenadas…

-creo que debo irme, indico al tiempo que me levanto; me cuenta, digo por decir algo, porque a estas alturas de la noche, en esta encrucijada de eventos, no hay lugar para las palabras.

En el bus pienso que a esa hora Oscar empieza a transformar una entelequia en Realidad que es, por definición, inamovible, de acero, , perdiendo, por tanto, cientos de interpretaciones (todas perfectas) por una que será incompleta, que estará atiborrada de tachones, de borrones, de lunares que no se removerán, que persistirán para la eternidad, que crecerán, si acaso tiene la posibilidad, hasta hacerse fallas incorregibles, vicios que devastarán lo bueno que aún sobrevivirá en la relación (sin importar la naturaleza de esta). Yo, por el contrario, me digo mientras el bus esquiva baches y charcos de agua, tendré la posibilidad de tirármela detrás de la barra, o hacer trío con su compañera, o ser quien reciba el mensaje, quien la espere entre la llovizna, entre los taxis y los vendedores ambulantes, para irnos hacia Chapinero a concluir la jornada con una faena amatoria digna de perpetuarse en cintas de treinta y cinco milímetros…

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Tejido del Destino

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Dice Silvio que “la noche es traviesa cuando se teje el azar”, pero olvidaba, al decirlo, que es más juguetona la mañana en la que el destino enfila tus pasos a una calle empedrada que remata en un Café donde te esperan un par de ojos olvidados, perdidos en las telarañas de los años, unos labios sonrientes, unas piernas que se cruzan y descruzan al ritmo de tus interrogantes, unas manos que buscan las tuyas en la densidad de la llovizna que desciende de las montañas o que asciende de la sabana (no puedes determinarlo en estos meses donde las nubes viajan a toda hora y en todas las direcciones cargadas de aguaceros bíblicos), de un pasado que reverdece en los sardineles de las horas que empiezan a detenerse, a llenarse de la misma ansiedad que tuviste en los meses que se hundieron en el naufragio de esperanzas. Luego vienen los arqueos, la sumatoria de amores que sobrevinieron a la ausencia, la novia que se transformó en esposa, el novio que no abandonó a pesar de aquella noche en la que él se extravió en los laberintos del alcohol y que concluyó en un Motel de Chapinero, pero a quien le terminó meses después por un viaje imprevisto. Alguien sonríe en un recoveco de este relato por el tejido de circunstancias que quieres llamar Coincidencia con mayúscula, son cosas del destino, dice ella con una cursiva que quiere hacerse sensual, insinuante, que busca tu cerebro, tus argumentos adoloridos, achatados por los años, para volver a enamorarse, si acaso lo estuvo alguna vez, de aquellas palabras que vibraban en aquel rinconcito del corazón que piensas, que quieres creer, sólo te pertenece a ti. Los cafés se transforman en cervezas, en empanadas para evadir la insensatez de beber sin haber almorzado, en monedas de quinientos que se hacen Canto Social en la rocola, que se hacen recuerdos de universidad, ¿has vuelto?, preguntas, ¿con qué tiempo?, responde, sonríen por quinta vez. Le tomas la mano, le acaricias el torso con el pulgar, ella apresa la mano libre, arriban los recuerdos de tu esposa, los de su prometido, saben que es la última oportunidad de despedirse y dejar el asunto de ese tamaño, pero ninguno quiere irse a la casa o regresar al trabajo a esta hora de la tarde, con esa lluvia que ensombrece el local, con esas ganas de ponerse rebelde con el matrimonio que te hace feliz pero al que no le caería mal una pequeña pausa, con el compromiso que la tiene endeudada con todos los bancos de la ciudad y al que, al igual que tu matrimonio, le caería bien un paréntesis de dos horas. Saben que se irán a la cama a la menor provocación, a la primera propuesta, pero ella quiere que seas tú quien cargue con la responsabilidad, que seas tú a quien pueda culpar esta noche o mañana, cuando el alcohol se desfiguré en dolor de cabeza, en sed insobornable, en depresión, cuando no seas más que la esquirla de sus años universitarios, cuando ella sea motivo de orgullo porque, no lo puedes negar, y menos después de tantas cervezas, que ahora está mejor que en sus épocas de universitaria (días en los que se la pasaba un poco andrajosa, con camisetas de cuellos raidos, con pantalones dos tallas más grandes que su medida, con tenis agujereados). Vamos a un lugar menos ruidoso, te oyes decir sin saber qué o quién habla por ti, ¡listo!, te responde con los ojos vidriosos, con el corazón a todo galope. Salen dando pasos vacilantes, confusos como la tarde que quiere hacerse noche, se dirigen a sus carros, sígueme, dices con la lengua estropajosa, ¡okey!, acepta con las manos sudorosas, enciendes el radio, pones rock, subes el volumen para cantar a voz en cuello, piensas en tu esposa que a esta hora empaca la ropa para irse de tu vida dando un portazo, aburrida que llegue todas las noches borracho, oliendo a mujer, comenta tu ex esposa a una amiga del trabajo mientras desencajona la ropa interior. Ella, entretanto, empieza a creer que no es tan buena idea, después de todo, aquello de darle un alto a una relación que la ha alejado de los periodos de depresión, que la ha estabilizado en todos los campos de su vida, piensa, entonces, en su prometido, en su bondad, en lo respetuoso que ha sido en estos tres años de noviazgo, al tiempo que él está con su amante, quien le recrimina, una vez más, que debe decidir entre su “noviazgo” (usa comillas hirientes) y su hijo de un año, él entretanto piensa en lo bien que se siente con ellos, en lo fastidiosa que se ha puesto su novia con los preparativos de la boda. Ellos, ustedes, entretanto, pasan frente a la Universidad Nacional, la observan con melancolía, recuerdas cuando la viste por primera vez en Piscoanálisis, ella evoca cuando pelearon en la Biblioteca Central por un libro de Amarrortu, los dos sonríen, tú miras por el retrovisor para comprobar que sigue detrás tuyo, ella te mira a través de la llovizna, se les olvida, de nuevo, tu esposa y su prometido, se internan por la Calle Veintiséis al tiempo que suena en algún lado, en alguna parte de mi cerebro, la canción de Silvio Rodríguez que inspiró esta narración, que les dio vida a partir del verso que encabeza este texto y que los tiene al borde de la traición o que los tiene, nadie lo sabe (ni siquiera yo que soy quien les da vida, quien les da movimiento a las los hechos), a las puertas de una relación, de una vida nueva o, quizás, de una existencia diferente de aquella que en este momento los encamina hacia el Motel al que llevas a todas tus conquistas…

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Juramento

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Eran las nueve de una noche de comienzos del noventa y nueve. Esperábamos ansiosos a un grupo de mujeres que Nabyl y El Negro habían enganchado en uno de los primeros chats de hispanoparlantes.

-El futuro está en los chats, afirmaba Nabyl para amedrentar la ansiedad que a esas horas, en aquel paraje solitario y desconocido, empezaba a solidificarse, a hacerse palpable, a transformarse en un silencio compacto, impenetrable. Llegará el día en el que sólo se podrán hacer levantes por ese medio, remataba con una confianza que emergía de las manos que nunca abandonaban los movimientos frenéticos.

A los cinco minutos llegó un grupo de siete mujeres que, a lo lejos y bajo las tinieblas de esa hora, parecían tan atractivas como las imaginaba El Negro cuando chateó con ellas. Llegó el desquite, me decía en tanto se aproximaban tímidas o, acaso, temerosas de nosotros y de nuestras intenciones.

-vaya Nabyl, salúdelas, demandó una voz acostumbrada al trato áspero y quien se encontraba, a esa altura de la noche, lacerada por varias rondas de aguardiente litreado y por no pocas cajetillas de cigarrillos.

Él, habituado a llevar sus planes hasta las últimas consecuencias (especialmente si en ellos se incluían mujeres y romances), fue al sitio donde se detuvo el grupo. A los tres minutos regresó con cara de acontecimiento.

-las viejas no son como las imaginamos; propongo que vayamos con ellas y que cada quien decida qué hace: si quedarse, rumbeárselas, comérselas o irse para la casa, dijo antes que le lanzáramos la primera pregunta.

-¿están muy pailas?, inquirió Walther con la mirada opacándose a causa de la desilusión.

-lo voy a poner en estos términos: la única que aguanta le faltan dos dientes.

Quisimos reír pero todos sabíamos que Nabyl, Nabylón, en estos casos no cometía la imprudencia de mentirnos, de llevarnos con embustes al matadero, de lanzarnos a los brazos del matarife con los ojos vendados.

-eso hagámosle sin asco, invitó el Negro con timbre enérgico.

-de una, apoyé con poca convicción.

Fuimos hacia ellas lentamente, con desconfianza, algunos evitando las risas nerviosas, otros bebiendo de la caja de vino que habíamos llevado para paladear el frío, los de más allá contemplando el pavimento fracturado, deshecho, calamitoso, los más escépticos examinando la luna que se ocultaba tras un rebaño de nubes.

Ellas, imagino, sintieron el impulso de correr al ver a un grupo de doce hombres de miradas agrias, de tufos de ochenta octanos, de camisas raídas, de melenas indómitas, de barbas de varios días, hombres, en suma, que daban la impresión de haber descendido de las montañas o de haber sido liberados, horas atrás, de una prisión.

-pensábamos que eran menos, afirmó una muchacha que descollaba por un abdomen prominente.

Quisimos explicarles que éramos cinco, los cinco de siempre, los del colegio, los de toda la vida, pero camino al bus se fueron uniendo vecinos y amigos que encontramos al paso y quienes al oír de mujeres hermosas, de piernas inabarcables, de nalgámenes apetitosos, se unieron ofreciendo dinero para el trago, tarjetas de amigos que administran moteles y toda suerte de promesas y ofertas que serían útiles en el momento de rematar la velada, pero preferimos callarnos, dejar que las circunstancias continuaran en su desplome, en su inevitable inclinación hacia la desesperanza.

-Nosotros pensamos lo mismo de ustedes, respondió un desconocido que no sabíamos de dónde había salido ni quién lo había invitado. Mejor vamos a bailar, concluyó para zanjar cualquier conato de réplica.

-Conocemos un sitio bueno, afirmó la muchacha que me contemplaba con ojos golosos.

Ellas emprendieron la caminata entre bisbiseos y carcajadas emboscadas en tanto que nosotros, hundidos en un silencio sepulcral, les seguíamos con la certeza que cometíamos un gran error. Dos cuadras después, bajo un letrero oxidado, de letras desteñidas por las encías del tiempo, emergían los compases de vallenatos lastimeros.

-acá es, dijo la desdentada

-vaya marica y nos dice qué tal está el sitio, instó Walther para que yo midiera el caletre del establecimiento.

Me asomé en la puerta y vi en las vecindades de la barra a un joven con una chaqueta enlazada al brazo izquierdo y con una correa en la derecha defendiéndose de otro que enarbolaba una patecabra y quien tenía la clara intención de apuñalearlo.

-hay dos manes dándose chuzo, resumí.

-mejor vamos para otro lado, dijo la voz azucarada de una muchacha que estaba abrazada a un vecino del Negro, al tiempo que emprendía el camino por una calle oscura, tenebrosa, lóbrega como todas las calles del sector.

Fuimos detrás de la pareja que caminaba lentamente, como si quisieran perpetuar el placer de abrazarse y de hablar a media voz, con la sonrisa colgando de las comisuras de los labios.

Ocho cuadras después llegamos a un lugar igual que el anterior: letrero en lata, puerta pequeña, vallenatos magullando la noche. Adentro dos parejas de borrachos bailaban por el empuje de la música mientras una mujer de edad incierta cabeceaba detrás de la barra. Unimos cuatro mesas al tiempo que El Negro, con aquel entusiasmo financiero que lo acompañó buena parte de su juventud, sugería pidiéramos dos botellas de aguardiente en lugar de perder la plata en rondas de cerveza.

Al filo de la media noche, gracias a la acumulación de alcohol, sueño y testosterona, se inició una pelea con botellas despicadas, butacas estrellándose contra paredes y ventanas, improperios y alaridos de mujeres queriendo imponer el orden. Miré, al escuchar el primer estallido, a los ojos a Nabyl para confirmar que haríamos lo mismo: salir corriendo para no pagar la cuenta y, de paso, para espantar la frustración de ver a los otros, a los vecinos y amigos, a los desconocidos que encontramos en el camino, bailando y besándose con las mujeres que nos correspondían por el derecho que concedía el hecho de haberlas cotizado en el escaso y difícil espacio de la virtualidad. Salimos, en efecto, entre la gritería y quinientos metros más adelante, cuando sabíamos que no nos podían encontrar, que nadie nos seguía, nos detuvimos para constatar que estábamos los cinco, los de siempre, los de toda la vida (el último en llegar fue Suarez quien por aquellas intrigas del azar, por aquellas paradojas de la noche, había tomado la calle equivocada).

-de la nevera, dijo El Negro al tiempo que enarbolaba una botella de ron.

-de la mesa, continúe mientras exhibía el remanente de aguardiente que sobrevivía antes de empezar la gresca.

-de la barra, concluyó Nabyl al tiempo que empuñaba una paca de cigarrillos.

Soltamos una carcajada al corroborar que persistían las enseñanzas adquiridas en colegios públicos y y diversos batallones del circuito militar de Colombia. Buscamos, poco después, el parque más cercano para aguardar el arribo del amanecer bogotano entre tragos, risas, evocaciones y todo aquello que brota de las ranuras de las almas irresponsables. A las seis de la mañana, o quizás un poco antes, cuando nace un brillo incierto en los contornos de las montañas, cuando empiezan a trinar copetones desde arbustos completamente secos, me paré con la mirada vidriosa, con las manos temblorosas, los contemplé con dificultad al tiempo que les decía, con la lengua estropajosa: juro solemnemente que este trance lo rescataré de las arenas del olvido, de los barrancos de la ingratitud, para gloria de las futuras generaciones. Levanté, acto seguido, el remanente de ron y lo apuré de un sorbo teatral, pomposo, como todos los movimientos generados por el alcohol al tiempo que la promesa empezaba a diluirse en las circunvalaciones del lóbulo frontal, a desdibujarse de mi cerebro hasta que, a las seis de la mañana de hoy, por aquellas intrigas de la memoria, emergió sólida, concreta, como si la hubiera hecho minutos atrás…

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