Archivo de la categoría: adolescencia

Mínimas (17)

(Fuente de la Imagen)

Dulce venganza la de las horas: transformar aquel adolescente montaraz en un hombre que acepta el destino de suéteres y camisas de impecable cuello; que no embriaga su melancolía ni distrae los días con tabaco o hierba; que no tiene orgasmos tumultuosos ni pasiones desbordadas; que no desea la mujer del prójimo ni blasfema y que contempla, impasible, la herrumbre socavando los engranajes que impulsaban su insolencia…

2 comentarios

Archivado bajo adolescencia, desplome de los años, mínimas, sexo

Decadencia

decadencia1(Fuente de la Imagen)

Dedicado a Elsa Galindo

Lo contemplas con una mezcla de melancolía y frustración en tanto que él te mira con la misma jactancia con la que lo hacía veinte años atrás. Vislumbras la vida a su lado: mides las carreteras que no hubieras transitado, los países que no habrías conocido y las sonrisas que se hubieran marchitado mientras luchabas por su amor. Te recuestas en el espaldar de la silla con la certeza que en pocos minutos te tomará la mano y empezará a recitarte versos de Neruda; luego medirá la resistencia de tu voluntad con una mirada apacible para proponerte, al final de escrutinio, un crucero por el callejón de la pasión. La calidez de tus manos, tus apolillados versos y la promesa de tu cuerpo quedaron, al igual que tú, rezagados en los pliegues del tiempo; prefiero recordarte como el jovencito que encendió mi cuerpo en los albores de la adolescencia que como el hombre al que la rutina y el fracaso transformaron en un ser decadente, le dices mientras observas su mano levantarse de la mesa. Sientes que la espuma que se agita en la boca del estómago sube a tu cabeza; te levantas lentamente; das media vuelta y empiezas a caminar por el sendero de cemento con la seguridad que veinte años de tu vida agonizan en los ojos que ven fundir tu silueta con las sombras de los sauces.

2 comentarios

Archivado bajo adolescencia, amor, desamor, desplome de los años

Camino al precipicio

precipicio(Fuente de la imagen)

La vida es un camino que va de lo natural a lo artificial. Los niños están más cerca de los impulsos y, por tanto, de lo instintivo. Después los atornillan al colegio para que modere sus actos. Al cabo de catorce años su comportamiento, aunque tosco, se aproxima más al ideal de conducta. Luego viene la universidad y a continuación la vida profesional. A estas alturas el niño que rasguñaba paredes y pateaba mesas se ha transformado, por vía de la educación y la sociedad, en un ser que coerciona sus instintos. ¿No creen que esto es artificial? Lo natural sería que el hombre, como animal que es, diera rienda suelta a sus instintos. El hombre está, sin embargo, inserto en un paranaturaleza que lo obliga a domar la animalidad. Acá viene el problema: por una parte la naturaleza le grita que sacie sus instintos y por el otro la paranaturaleza lo reprende por intentar hacerlo (o, incluso, por pensar saciarlos).

Antaño, por ejemplo, las borracheras terminaban en excesos incontrolables y ahora, con los mismos participantes, concluyen con borrachos entregados a la verborrea. Lo anterior quiere decir que la represión ha sido de tal naturaleza que aún bajo los efectos del alcohol –que es, entre otras cosas, un deshinibidor- somos más racionales, es decir, más artificiosos. Lo peor del asunto es que la coacción es tan común y tan fuerte que no somos conscientes de su dogal hasta que estamos en contacto con individuos que llevan poco tiempo bajo su influencia. Ellos, los niños y los adolescentes, nos hablan de los días en los que nos aventurábamos a decir lo que sentíamos, a inclinarnos por la vida contemplativa, a escribirle a la jovencita que nos arrugaba el corazón, a renegar de las madrugadas, a ofrecer la amistad sin medir su beneficio, a reírnos francamente, a darnos trompadas con los compañeros y después olvidarlo con un apretón de manos, a enamorarnos franca y desenfrenadamente…

11 comentarios

Archivado bajo adolescencia, General

Recuento de mujeres

Después de escribir este post reflexioné sobre las niñas que me impactaron en el colegio. Al enumerarlas concluí que el amor no fue la constante en mis días de colegio. El número de niñas que me atraían era, por otra parte, muchísimo mayor (hay un abismo entre gustar e impactar).

Entre las muchachas que me gustaban estaba dos niñas que desde que llegaron al colegio en el año noventa y cuatro, hasta el grado a finales del noventa y seis, no se soltaron un minuto. El apodo con el que las reconocíamos se ajustaba al menosprecio que sentían por sus compañeros: las gomelas. Dicen las malas lenguas (que por una razón inexplicable siempre se ensañan con las mujeres atractivas) que las vieron en la excursión besándose. Esto, en lugar de desestimular nuestra imaginación, la elevó a niveles insuperables.

Hay una mujer que no sé si existe o es una consecuencia de mi imaginación desbordada. Su nombre es Laura Acero. Era del curso vecino (1102, si acaso terminó once en el mismo colegio). Recuerdo que me fascinaban sus piernas y una mirada que ondulaba entre la picardía y la inocencia (cosa que, vale decirlo, no he vuelto a ver).

Otra niña que me parecía atractiva se llamaba Angélica. Tenía una mirada lujuriosa y un cuerpo que, aunque delgado, ostentaba curvas apetitosas. Tenía un novio que le doblaba la edad (eso era, por lo menos, lo que nos parecía) y cada vez que la llevaba al colegio nos miraba con odio.

En décimo, para terminar con el recuento, había una niña que se la pasaba todo el tiempo con Angélica. Se llamaba Paola. Había algo en ella que me atraía. Siempre que nuestras miradas se encontraban en el descanso, o en las calles adyacentes del colegio, se decían algo que mi cerebro no pudo traducir en palabras. Recuerdo que en una tarde de ocio con Diego Navarrete la imaginé besándome después de dedicarle esta canción de los Rolling Stones. (Sí Patiño: a mí también me gustaba Paola).

10 comentarios

Archivado bajo adolescencia, colegio, evocaciones, General

Nostalgias y fiestas

Gracias a la invitación a una fiesta en el club de suboficiales tuve la oportunidad de viajar a la imperio del pasado. En los andenes de la evocación me tropecé con amigos que duermen el sueño de los justos, con suboficiales camorristas y con inabarcables pastizales.

Al ingresar a la fiesta me estrellé, asimismo, con la adolescencia que había dejado abandonada bajo el árbol del tiempo. En esta ocasión, sin embargo, la pubescencia no la hallé por conducto del recuerdo sino por la contemplación desprejuiciada de los jóvenes que habían asistido a la reunión: vi muchachitos bailando torpemente con la niña que les roba el aliento en las clases de cálculo o tomando clandestinamente aguardiente. El espectáculo de miradas lustrosas y talles delgados me trasportó a las olvidadas noches en las que ingería aguardiente en las esquinas del ocio para animarme a bailar con la niña de sonrisa verde que miraba el horizonte con picardía, o a las claras mañanas en las que me escapaba de clase saltando por un muro descascarado por el continuado uso de sus servicios evasivos.

Al final de la fiesta salí a la densidad de la noche, me sacudí de las migajas de las remembranzas que me habían quedado en la cabeza y le sonreí a los ojos del futuro.

Deja un comentario

Archivado bajo adolescencia, evocaciones, General