Carta al silencio de la noche (18)

(Fuente de la Imagen)

Sé que nos ubicaron en trenes que salieron en momentos distintos pero que se encontraron, mas por tu rebeldía que por mi destino, en una estación del tiempo en la que yo era un adulto y tú estrenabas la mayoría de edad, madre tú como yo casado, desorientada y orientador (tantos desfases en esa dulce escala de las horas). En ese mes nos limitamos a los saludos protocolarios, la sonrisa de las ocho de la mañana, el apretón de manos al final de la jornada, las breves preguntas sobre el clima y los resultados puntuales de tu desempeño.

Luego partimos, es decir, partí, porque fui yo quien abandonó las magnolias que se marchitaban bajo el sol, quien arrancó con delicadeza de cicatriz aquella mirada que, sin saberlo, sin siquiera imaginarlo, escondía los aguijones del amor. Años pasaron en los que me fui desdibujando de tu memoria hasta que tuve la fortuna de leer aquella nota que dejaste en tu muro y que fue, ¡quién lo dijera!, la puerta de la alegría. Después de ella has ido y venido por las praderas de la culpa y del temor que te producen mis treinta y siete años, mi esposa y tu vida que intenta desbarrancarse en cada curva del segundero pero que se aferra y continúa sin dar cuenta de estos detalles; ibas y venías, afirmaba, hasta el martes que regresé a tu territorio y, por tanto, día y lugar en el que tuve la oportunidad de conocer los pormenores de tu pasado entre tus cabellos serpenteando en la brisa, miradas callejeras y disimulados temblores de tus manos. Después arribó la ausencia, tu ausencia, el cabello que dejó de zigzaguear en los remolinos de mi memoria, las manos que se diluyeron en el caldo de los recuerdos, todo deshaciéndose, deshilachándose, derrumbándose en esta alma marchita de esperanzas, hasta que fuiste y fui, hasta que fuimos una nueva tachadura en el verso que nos corresponde en la primera escena del tercer acto de esta comedia olvidada…

Ahora, en el instante en el que redacto esta carta, en el momento en el que empieza la certeza del viaje, de tomar nuevamente el tren sonámbulo que huye en dirección opuesta a tus expectativas, del consecuente abandono de las magnolias que continuarán marchitándose bajo la canícula, de la desarticulación de lo que soy y lo que pude ser en tu vida, de las últimas horas en esta leve ciudad que se desprende de la montaña como si fuera el humo de una fogata agonizante; en este instante, decía, pido que guardes las palabras que fueron desmigajándose mientras ascendíamos por las colinas de la tarde, las caricias furtivas que te robaba entre cigarrillos y tequilas, la noche que se alumbrada con avisos de neón y arrugadas sonrisas, el abrazo que nunca nos dimos (porque el vacío también hace parte de nosotros y de nuestro pasado), la generosa ternura y los breves amores que nacieron cansados, desahuciados, maltrechos por tanta sonata para desventura y orquesta que se atravesó en nuestro destino…

Va un abrazo desde este lago de silbatos y gritos…

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Archivado bajo amor, desamor, desplome de los años, evocaciones, mujeres, narraciones, saudade, serie cartas

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