Trote de las horas (3)

(Fuente de la Imagen)

Dedicado a Jenny Bastidas

-me hablas así porque estás con una vieja, afirmó la esposa con la voz sólida, sin una grieta por las que pudiera asomar la duda. ¡Qué mujeres ni que ocho cuartos! ¿Cuál mujer se le mide a un hombre que se la pasa horas y horas sentado frente a un computador? Además a este señor, es decir, a este personaje, poco le importa los bienes materiales y las amantes exigen gruesas cantidades de dinero cuando se trata de cortejos. ¿O cómo hacen para ir a restaurantes, bares, heladerías y moteles? Haber, ¿cómo hacen? Pues con los cochinos billetes. Él, además, es poco atractivo a la riqueza. Por eso cuando le llegan algunas ganancias las malgasta en alguna pendejada, aunque sea en las diez cajas de grapas que compró la semana pasada. Así anda el dinero por un lado y él por el otro, sin molestarse, sin estorbarse mutuamente, sin siquiera verse la cara en este callejón oscuro y estrecho que llamamos Vida. Por eso nos preocupa esa afirmación temeraria en tanto vamos por la Avenida Suba en Transmilenio, con la cabeza enredándose y desenredándose en los hilos del pasado y con los ojos aferrándose a las nalgas de muchachas que corren con las manos en la cabeza para defender el cabello del aguacero que se desbarrancó con ínfulas de tragedia.

-me hablas así porque estás con una vieja, repite la voz desde algún filo de su cerebro. Continua el viaje en el Bus Articulado que empieza a atiborrarse de mujeres de mirada marchita, de hombres de silencios que se aferran a sus manos temblorosas, de niños de infancia melancólica como fue la del personaje, como fue la mía puesto que él y yo somos, salvo por algunas vivencias y por algunas palabras que sobran en los arqueos de esperanzas y desesperanzas, en los cálculos de aciertos y errores, la misma persona, el mismo personaje. De alguna esquina del pasado emerge Jenny Bastidas, Marcela, como le dice ahora porque los años, la Vida quizás, la han transformado en otra mujer, en otro ser humano. Ella ahora le dice Diego a pesar que siempre le decía Motas gracias a un pelamen ingobernable que desafiaba tijeras y máquinas eléctricas; pero hoy él es Diego y ella es Marcela, otro hombre y otra mujer que guardan semejanzas con los niños, porque eso eran cuando se conocieron, que convergieron al mismo colegio, al mismo salón, a los mismos profesores y a las mismas horas muertas en las que se suponen aprendieron química, trigonometría, cálculo, pero que a decir verdad, acá entre nosotros, de aquello fue poco lo que les quedó. Dicen que Jenny se fue a Ámsterdam y que allí vivió varios años y regresó transformada en la Marcela que él desconoce, de quien recuerda la sensualidad montaraz que la acompañó cuando tenía catorce, quince, dieciséis años. De ello, de la sensualidad, son testigos los amigos de siempre, los de toda la vida, los que la desearon sin musitar palabra por el justificado temor de ser objeto de burlas. Después de eso nada sabemos, nada podemos decir sin caer en especulaciones, en murmuraciones, en comadreos inciertos. Lo único que sé es que este texto va dedicado a ella y que empieza a perderse, a desbordarse por todos los canales de la memoria y de la razón, a extraviarse en los parajes por los que la terca escritura los lleva. ¡Ay Jenny; tú esperabas que este fuera un pasaje hermoso sin saber que las testarudas palabras jalan para la oscuridad del pasado, para el barranco de donde extraen recuerdos ensangrentados, lívidos, descompuestos de tantos años y tanto polvo que les han caído encima, para levantarlos, obligarlos a enderezarse y referir los eventos que los lanzaron a ese lodazal! La imagino a ella, a Marcela, con los ojos sobre este texto esperando una frase sublime, un verso luminoso, desilusionándose, después de algunos segundos de lectura, al encontrar esta disertación que no va para ninguna parte, que no posee ningún atributo cercano o siquiera parecido a la belleza, dándose golpes contra estas frases agotadas, estériles, baldías como los pastizales que rodeaban el colegio y en cuyos vértices nos emborrachábamos los estudiantes de todos los grados, de todas las latitudes, de todos los estratos, potrero donde aprendíamos a ser bandidos, vagos, borrachos, porque eso sí aprendíamos en aquellos días. Pero dejemos eso para otro momento puesto que a lo lejos se vislumbra el Portal de Suba naufragando en esta tormenta rencorosa que no quiere suspender su embate.

-me hablas así porque estás con una vieja, reincide su esposa (¿mi esposa?) bajo la tempestad rabiosa. Suelta una carcajada vibrante que obliga a la señora que está a su lado a cambiar de silla entre persignaciones y padrenuestros. ¡Qué viejas ni qué ocho cuartos! Le habló así porque estaba de malgenio, porque tenía hambre, cansancio, dolor de cabeza, dolor de muela, sueño, malparidez cósmica, por cualquier cosa menos porque estaba con una mujer. El hambre, el frío y el cansancio empiezan a agriarle el ánimo, a despeñarlo por las laderas del mal humor. Camina hacia los alimentadores por un túnel que se parece a la Vida, al Destino, a sí mismo, de tal manera que empieza a naufragar en la melancolía. Aparece nuevamente Jenny con su cara adolescente, con su falda a cuadros. Emergen de algún rincón otros compañeros de colegio: Cristina, Rocío, Dolly, Ortiz, Patiño, Diego Navarrete, Suarez, Nabyl, El Negro, Walther, Larry, Mora, Sylva, Sandra Galeano, Fula, David Vargas y decenas de alumnos a quienes ve con el suéter azul claro, con el jean o la falda a cuadros y entre ellos está él, con sus motas, con su irreverencia que han agotando los años, que ha derivado en una indiferencia catatónica y con su barba que contrasta con la edad de sus compañeros. Se acerca para contemplarse mejor; se asombra de verse tan flaco, tan amarillo, tan ojeroso, con los ojos rojos de tanto trasnochar, de tanto beber aguardiente en cantinas de mala muerte, en pastizales, de tanto fumar hierba, de tanto pesimismo traicionero. ¡Qué muchacho tan desalineado! ¡Si fuera alumno mío no lo pasaba por nada del mundo!, afirma entre el estupor de los pasajeros que lo observan, me observan, hablando solo y con la mirada perdida en el horizonte. Este señor, apreciados lectores, que ustedes contemplan en medio del soliloquio, viendo jóvenes que hace años dejaron de existir, es Profesor de Matemáticas y Director de Curso, en mayúsculas para conferirle responsabilidades que no tendría, o al menos eso creen las directivas del Colegio, si se escribiera en minúscula. ¡Si supieran sus alumnos quién fue en la adolescencia no lo respetarían para nada!… o lo respetarían menos, puesto que no es secreto para nadie que aquello que llaman respeto, aquella cortesía de antaño, murió mucho antes que lo hicieran los adolescentes que se retiran bajo las blondas del aguacero. Levanta la mano para despedirse de ellos y del pasado que retorna todos los días a las dos de la tarde. A lo lejos, bajo los crespones de la tormenta, se ve el Alimentador que lo llevará al lugar de la cita. Se acerca el bus lanzando agua a los cuatro vientos y se detiene entre el bramido del freno de aire a cinco metros del lugar donde está de pie con la mirada enredada en los confines del pasado. Todos se alejan de él, ¿de mí?, da igual, por temor, quizás, a que les contagie la demencia. Se sube tranquilo, con los ojos apagados y la sonrisa ladeada que lo acompaña cuando reviven sus compañeros de colegio…

6 comentarios

Archivado bajo adolescencia, amigos, colegio, desplome de los años, evocaciones, mujeres, narraciones, personal, saudade, trote de las horas

6 Respuestas a “Trote de las horas (3)

  1. Entre los europeos de veintitantos aà os, esta cifra se situaba alrededor de las doce horas semanales.

  2. Diego Niño

    ¿A cuál cifra te refieres?…

  3. Tiene algo que me recuerda un poco a mi mamá porque ella me tuvo grande y ten a la edad de las abuelas de mis amigos del colegio.

  4. Diego Niño

    agradezco, a pesar que no veo cómo vinculas esto con el relato, el comentario y la visita…

    Saludos desde la fría Bogotá…

  5. A.N

    Un pequeño relato que evoca nostalgia, la nostalgia interna la propia que me invade al ver en estos relatos mi pasado y mis historias que poco me atrevo y puedo recordar (mi profesión posee por gusto propio y disposición mi memoria), pero al leer esto se que están allí no hay duda.

    Gracias por escribir, gracias por compartir

  6. Diego Niño

    Gracias a ti por tus palabras atiborradas de sinceridad y emotividad… siempre serás bienvenida (o) a este bitácora…

    Saludos desde la Bogotá fría y lluviosa que da pie a estos textos…

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