Traición

(Fuente de la Imagen)

Calculaste cada detalle y tuviste que esperar, para su ejecución, que los niños qusieran dormir en casa de la tía y que yo decidiera, simultáneamente, viajar. Te maquillas con las manos temblorosas; te pones aquella tanga negra que ha rodado por los moteles en los que nos amamos a escondidas de los adultos sensatos en los que nos transformaron los hijos; perfumas aquellos rincones por los que sabes que pasaran labios temblorosos, manos urgentes, acaso hielos babeantes; te vistes, por último, con una minifalda por la que emerge dos piernas atrevidas, casi obscenas. El espejo te devuelve la imagen de una mujer a quien el invierno de los años no le ha enfriado las arterias. El resultado te roba una sonrisa. Caminas lentamente hacia el cuarto donde te espera una botella de champagne, una bandeja con fresas y una cama coronada por una rosa. Te acuestas con movimientos sensuales, enciendes el televisor para buscar el canal que transmite pornografía al filo de la media noche. Acaricias las comarcas de tu piel, como si quisieras repasarlas, dejarlas grabadas en tu memoria, hasta que sientes el rugido de la sangre; aceleras el ritmo de tus dedos (quienes, veloces, buscan el vértigo de tus labios mayores); los hundes en las grietas para empezar, así, a consumar la más ingenua de las traiciones: engañarme toda la noche con mi recuerdo…

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Archivado bajo amor, desplome de los años, mujeres, narraciones, sexo, traición

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