Al margen de la sensatez

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De tarde en tarde, dices con la mirada empantanada de interrogantes. De tarde en tarde, reitero con la voz intrincada en las telarañas de la melancolía. Te levantas, poco después, con las mariposas del Sinú enredadas en tu cintura, para vestirte lentamente: las medias veladas; el cachetero de arabescos y colores impetuosos; el brasier, el pantalón de paño que subes con movimientos frenéticos y la camisa de botones que se abren al antojo de tu sensualidad. De tarde en tarde, me digo en el momento que empiezas a esparcir maquillaje sobre la piel diseñada para soportar la canícula caribeña. Después enciendes el celular para llamar a tus hijos: los interrogas sobre las tareas que inevitablemente quedarán inconclusas; el odioso almuerzo del colegio y los insoportables compañeros; el raspón en educación física y la evaluación de cálculo. Arriban, al final, un “te amo” y el subsiguiente beso ajado de tanto repetirse y repartirse. Cuelgas para llamar, acto seguido, a tu marido; sobrevienen, entonces, las quejas por la incompetencia de la coordinadora médica, el salario que no alcanza para cubrir simultáneamente la hipoteca y el colegio de los niños, el gruñido en el motor del carro y el inatajable desplome de los años. Emerge, en la última cuenta del rosario de desazones, un “te amo” protocolario y la misma cita de los últimos diecisiete años de vida común. Cuelgas con la mirada lluviosa y el alma vacilante. De tarde en tarde, indicas con resignación. De tarde en tarde, repito midiendo las tinieblas que engullen la habitación. Sabes que no puedo abandonarlos, murmuras con voz trémula; no por ahora, te corriges. Lo sé, concedo. Extraes de tu cartera un cepillo simultáneamente con el ajuste de ideas y prejuicios. Te peinas con meticulosidad frente al espejo al tiempo que tus ojos emigran al paciente con colesteatoma o hacia el imparable crecimiento de las deudas. Cuando terminas eres nuevamente la respetable otorrinolaringóloga de la igualmente honorable Central de Especialistas. No has querido terminar la universidad y buscar trabajo, te defiendes en la orilla del atardecer; ¿cómo quieres que deje a un prestigioso cardiólogo por un vago?, rematas con las infalibles palabras que terminan de encender la ira acumulada en los doscientos veinte atardeceres. Después viene la ristra de argumentos para terminar el romance: la diferencia de edades (“cuando tenga cincuenta años tú tendrás treinta y ocho y no querrás vivir con una anciana”); los prejuicios (“no soportaría la presión de mi familia”); los hijos (“¿cómo les digo que cambié a su papá por un estudiante universitario?”); su esposo (“no puedo pagar diecisiete años de matrimonio de esa manera”). Tomas, al final del inventario de razones, tu cartera, abres la puerta y empiezas a caminar por el pasillo con pasos orgullosos de llevar sobre sí la autoridad de tres especializaciones en Estados Unidos, un matrimonio venturoso y un trabajo respetable.

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Archivado bajo amor, desamor, desplome de los años, mujeres, narraciones, traición

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