Archivo diario: enero 19, 2010

Epílogo

A Marjorie; sumario de mis deseos; frontera de mis errores

Irrumpiste como aquellas tormentas que tejen las nubes en las auroras bogotanas. No tuve oportunidad, por tanto, de entregarme a la reflexión ni de consultar los astros; tan sólo hubo tiempo para encomendar mi cuerpo a la brisa y mi alma al azar (recuerdo que tu sonrisa prometía, en aquella jornada, paraísos velados y tus manos presagiaban senderos rodeados de amapolas).

Regresé, meses después, a reincidir en el amor. Tus manos conocían, para aquel momento, las rutas de mi piel, mis labios dominaban los oficios de la provocación y las promesas se transformaban en inflexibles compromisos (fue un viaje de amaneceres azules y de interminables noches de pasión).

Luego viniste a la ciudad del olvido. Tus ojos engullían la vida en cada pestañeo. Conociste, igualmente, las tinieblas que esperan bajo mi cama y la melancolía que deambula en mis atardeceres. Fuiste feliz (o eso quiero creer) en la manigua de reflexiones y en los anocheceres en los que te enredaba en las lianas de mis interrogantes. Después sobrevino el final del viaje y con él las palabras angustiosas, las lágrimas que caían en la soledad del baño (que no viste gracias a mi adiestrada diplomacia) y el angustioso silencio que anunciaba el dolor de la futura ausencia…

Ahora, cinco días después de tu partida, contemplo la oscuridad que te espera bajo mi mirada, la soledad que medra en los rincones de mi corazón y los dedos que arrullaron tus sueños durante dieciocho amaneceres.

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