Archivo diario: marzo 2, 2009

Flores Negras (6)

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En las crestas de la noche empiezas a sentir aquel rumor que te incita a hurtarle palabras a las sombras. Magdalena continúa hablando de las causas de la parálisis postictal en pacientes con epilepsia focal. ¿No se cansará de repetir incansablemente el mismo discurso?, te preguntas al borde de la saturación. En breve hablará del doctor Todd, al igual que lo hizo en la conferencia de esta tarde, continúas pensando al tiempo que agitas el Deep Orange que se calienta en tu mano. El doctor Robert Bentley Todd nació en Dublin, dice Magdalena ostentosamente. No debí aceptar la invitación a Magdalena, concluyes con desgano. Sabías perfectamente que vendrías a ver el despliegue de arrogancia de la Doctora Cendal frente a sus colegas. Sabes, sin embargo, que estás atado a la promesa tácita que edifica una mirada lasciva y el roce milimétrico de sus labios en el lóbulo de tu oreja. La imaginas desnuda, con el cabello suelto y los pezones enhiestos. La bragueta se inflama al tiempo que la comisura de tus labios asciende tenuemente. A través de la bruma de la fantasía la mano de Magdalena recorre tu pecho; imaginas, asimismo, las yemas que en este momento recorren las grietas de la mesa surcando lánguidamente el interior de tu muslo, como si quisieran dejar huella en todas las fibras nerviosas. Un corrientazo que nace en el lugar donde supones transitarán sus dedos, te hace saltar de la silla. Todos te miran con curiosidad. ¿Acaso nunca han visto saltar a un hombre de su asiento?, te preguntas al tiempo que retornas a tu posición. En los pacientes de Gallmetzer la parálisis fue siempre unilateral y afectó al miembro superior derecho en el 54,5 % de los casos y al miembro superior izquierdo en el 43,2 %, continúa la doctora Cendal. A lo lejos suena Hasta Siempre Comandante Che Guevara. Ves los ojos lluviosos de Carlos Puebla escuchando conmovido a Fidel Castro leer con voz temblorosa la carta de despedida del Che Guevara:

“Digo una vez más que libero a Cuba de cualquier responsabilidad, salvo la que emane de su ejemplo. Que si me llega la hora definitiva bajo otros cielos, mi último pensamiento, será para este pueblo y especialmente para ti. Que te doy las gracias por tus enseñanzas y tu ejemplo y que trataré de ser fiel hasta las últimas consecuencias de mis actos. Que he estado identificado siempre con la política exterior de nuestra revolución y lo sigo estando. Que en dondequiera que me pare sentiré la responsabilidad de ser revolucionario cubano y como tal actuaré. Que no dejo a mis hijos y mi mujer nada material y no me apena; me alegro que así sea. Que no pido nada para ellos, pues el Estado les dará lo suficiente para vivir y educarse”.

Es la noche del tres de octubre de 1965; día en el que se instala el Comité Central del Partido Comunista de Cuba. El dolor confisca el alma de Carlos Manuel Puebla en sus húmedas y oscuras paredes. Camina a su casa con desgano. Intenta dormir pero las palabras rebotan en las comisuras que labra el desconsuelo en su alma. A la una de la mañana, después de intentar conciliar el sueño, se levanta sudoroso; toma el cuaderno apolillado que lo espera en la mesa de noche y escribe:

Aprendimos a quererte,
Desde la histórica altura,
Donde el sol de tu bravura
Le puso cerco a la muerte.

Deseas interrumpir a Magdalena para narrar esta historia a los comensales pero te quedas enroscado a la butaca. Examinas discretamente el tedio de los compañeros de mesa. ¿No se dará cuenta que los aburre?, te preguntas con fastidio. Los ojos verdes de Alexa te llegan con los últimos acordes de la guitarra. Sacas el celular y le escribes un mensaje de texto para allanar las rugosidades de la noche anterior. Aún sientes remordimiento por entregarla a las mentes sedientas de morbo. Debiste, cuando menos, llamarla esta mañana para preguntarle cómo había llegado a casa. Magdalena interrumpe su conversación y te mira pulsar el mensaje redentor. ¿Qué haces?, pregunta con voz ronca. Le escribo a una amiga, contestas sin levantar la mirada de la pantalla del teléfono. Los colegas aprovechan la pausa para levantarse de la mesa. ¿Se van?, pregunta la doctora con entrenada pesadumbre. Sí, contesta una mujer de treinta años que, al parecer, es la vocera del grupo. Abre los brazos para espantar el paréntesis engendrado por la monosílaba respuesta. Magdalena se acerca para recibir el abrazo. Los demás hacen fila detrás de la representante para hacer lo propio. Después del último apretón salen en tumulto entre las mesas. Magdalena te mira a los ojos en busca de una respuesta. Dime, dices sin inmutarte. Nada, responde ella al tiempo que se sienta. Toma la copa cuyo borde está escarchado con azúcar y la acerca al borde de la mesa para contemplar el contenido nacarado y a la arandela de limón que se sostiene en el borde de la copa. Tú, entre tanto, miras el borde de tu vaso. ¿Piensas dejarme botado en el Olímpica de la cien?, preguntas sin quitar los ojos del vaso. No lo haré; pero te juro por dios que preferirías que te abandonara en cualquier potrero de la ciudad a merced de violadores y asesinos, dice al tiempo que contempla tus ojos emerger del tedio en el que los sumergió la velada. Examinas sus ojos para tasar la veracidad de la afirmación. Encuentras vestigios de compasión en sus ojos. No importa: quiero tenerte entre mis brazos cuando llegue la aurora, dices sin parpadear. Te juro que te arrepentirás, responde sin bajar la mirada. ¡Asumo el arancel!, dices con aquella arrogancia encrespada que te ha granjeado fama de malnacido. En ese caso vamos, dice al tiempo que toma el bolso que pende del gancho que queda bajo la mesa…

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