Archivo mensual: diciembre 2008

Saudade

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Saudade: lembrança triste e suave de pessoas ou coisas distantes ou extintas, acompanhada do desejo de as tornar a ver ou a possuir;
pesar pela ausência de alguém que nos é querido

Esta noche mis dedos marcaron apresuradamente el teléfono de tu casa. Confieso que el corazón aceleró su marcha cuando imaginé el aparato repiqueteando. Después del tercer timbre una voz cordial, acaso afectuosa, rompió la elipsis. Al preguntar por ti me dijo que surcabas las mansas aguas del sueño. Le agradecí y colgué la bocina.

Me quedó, en seguida,  un extraño rumor de sombras en la voz. Pensé, inicialmente, que se debía a la reclusión de conceptos y palabras en la que me tienen encarcelado los compromisos. Al mirar el computador que me esperaba con sus ojos palpitantes recordé que la responsabilidad no ha logrado rasguñarme en veintinueve años de existencia. Creí, posteriormente, que el murmullo era causado por el silencio en el que lentamente se hunde la ciudad. El gemido, largo e inclemente, de los perros que saludan la tristeza rectificó, por vía del contraejemplo, la hipótesis. Pensé, entonces, en el agobio de los años que se marchitan en cada latido del corazón. En ese instante el tiempo me sonrío desde el abismo de la eternidad. Me paré enredado en las telarañas de las reflexiones; me senté frente al computador y busqué tu perfil en Facebook. Mire, una a una, tus fotografías hasta sentir el pasado apiñándose en la respiración; leí los comentarios (me abstuve de unirme al concierto de notas y apostillas); justo en ese momento entendí que el murmullo era producto de la abstinencia de aquella voz que encrespa soledades y de aquella ternura que ilumina auroras.

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En los dominios de la decadencia

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Tu cuerpo incita a la oficiosa mano y al inquisitivo ojo a recorrer la geografía de tu piel y tu estimulante mirada enreda las calmadas aguas de la soledad. Lo peor de todo es que, además de conocer el filo de tus hondonadas, el brillo de tus cúspides y la ponzoña de tus ojos, eres capaz de enturbiar el discernimiento más equilibrado y de encender la roca húmeda.

Te conocí bajo el plomizo cielo de noviembre. Tus palabras mimaban la tarde con tu entonación de niña malcriada al tiempo que tus manos acentuaban las emociones con movimientos milimétricamente calculados. Yo, entretanto, hablaba con las letras rebotando en la lengua y la mirada paseándose por las palpitantes colinas.

Meses después nos encontramos en un atardecer huérfano de melancolía. Este es tu día de suerte, dijiste entre sonrisas etílicas y caricias mecanizadas. Este es mi día de suerte, repetí con la sonrisa ladeada que acostumbro calzar en las noches sin luna. Camine hacia el hostal con la traición acuchillando la respiración…

Al concluir la tercera escaramuza entendí que tu cuerpo promete paraísos que tu egoísmo es incapaz de sostener: bajo los arcos de perfecta convergencia y las apetitosas turgencias habita un alma que, además de estar sostenida por empolvadas telarañas, se hunde en monólogos cancerosos que envenenan. Al llegar a esta conclusión esperé que el sueño te hundiera en sus aguas cenagosas para huir del corrosivo imperio de tu vanidad…

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De vez en cuando la vida (Joan Manuel Serrat)

Hay días en los que la vida se levanta con la mirada fría y el cuerpo gris; camina lentamente y está malhumorada. En estos períodos debemos escuchar sus consejos y aguardar que la brisa atice la hoguera de sus ojos. En otras ocasiones, por el contrario, se levanta sonriente y pasea por la casa con collares de flores y ojos de algodón. En ese momento debemos danzar con ella, cantar todas las mañanas y enamorarnos todos los atardeceres…

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