Archivo diario: noviembre 21, 2008

Nota al respaldo de una fotografía

Mirando detenidamente la imagen encuentro un sendero de pecas franqueando tu tabique que no vi en las escasas noches que estuvimos juntos. Descubro, además, la huella de los años en los surcos, abandonados al viento y a las lágrimas, que sostiene tus ojos. Tu sonrisa, a pesar de ser postiza, recuerda las estrepitosas carcajadas que lanzabas en las cafeterías de la universidad. El tiempo, además de las estelas en tu piel, ha abatido los rizos con los que antaño jugaban mis dedos.

En la misma foto me veo, por otra parte, más cachetón gracias a una barba que resiste peinillas y tijeras. Los ojos que antaño sondeaban la oscuridad de la noche están sostenidos por tenues ojeras. Mis dientes resienten once años de bruxismo y veintiocho años de uso constante. Una frente brillante reemplaza la indomable cabellera de aquellos años.

Para el advenedizo el retrato no tiene nada novedoso; para el conocedor, sin embargo, el retrato habla de espinas que aún muerden y de felonías emboscadas en los pliegues de la hermandad; de amores materializados en el rumor del alcohol y forjados en las tinieblas; de años de auto recriminaciones y de atardeceres de evocaciones afiladas; de sentimientos encontrados y de oportunidades halladas…

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Mutaciones labradas por el tiempo

pastillas-y-alcohol

(Fuente de la imagen)

Los años modifican las apetencias. Cuando era niño, por ejemplo, soñaba con carros a control remoto -que en aquellos lejanos días vehículos atados por un cable a un control pequeño, con cuatro funciones: adelante, atrás, derecha e izquierda-y pistolas de balines. Cuando entró la efervescente adolescencia rogaba para que la cerveza fuera gratuita y para que las mujeres, además de correr desnudas, siempre estuvieran dispuestas a acceder a mis requerimientos. Ahora sueño con lugares llenos de pastillas, jarabes y grajeas de todos los colores y sabores, con la facultad de curar cualquier dolencia.

Las apetencias vienen articuladas a parajes específicos. En la niñez los lugares soñados eran las jugueterías o los parques de diversiones –que en aquel tiempo llamaban ciudades de hierro-. En la adolescencia las comarcas deseados eran playas nudistas y cantinas llenas de barriles de cerveza y adolescentes con diminutos tops y falditas pequeñas (debo confesar que los lugares en los que prefería tomar eran las casas de mis amigos o la mía; y si se trataba de lugares foráneos prefería las tiendas de mala muerte que estaban (y aún están) custodiadas por bolsas de agua y matas amarillas de sábila). Ahora sueño con droguerías interminables, con cientos de estantes en los que se exhiben miles de jarabes, vitaminas y pastillas.

Antes la mujer perfecta era aquella que bebía durante días sin dormir y sin emitir una queja (aunque no lo crean, conocí algunas mujeres con esta particularidad). Ahora la mujer soñada es aquella con la que puedo entablar conversaciones interminables. Antaño anhelaba morir desnudo en medio de una borrachera bíblica. Ahora deseo morir tranquilamente en mi cama. Antes vivía en y por el trago, ahora no tengo otra razón para vivir que la vida en sí misma. Antes me importaba un comino los compromisos, la universidad, las instituciones, la autoridad, hoy tampoco me interesan…

Como ven los años han transformado a un joven irresponsable y alcohólico en un adulto irresponsable e hipocondriaco. ¿Creen que fue un buen cambio?

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