Archivo diario: noviembre 18, 2008

A la vital A. T. y a la razonable J. P.

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Hoy, con el perdón de los lectores, hablaré a dos mujeres que conocí en el departamento de matemáticas de la Universidad Nacional. La primera de ellas decidió partir a Sostrup, un frío pueblo de Dinamarca, para hacerse monja. La segunda resolvió, en un incomprensible arranque de crueldad, terminar el blog en el que trabajó más de un año. Las acerca, paradójicamente, la distancia con la mayoría de las estudiantes de matemáticas. Las aleja los asideros con los que sostienen su vida: una se hunde en las experiencias y la otra contempla desde las ventanas de un convento la existencia. Las dos, según el resultado de los sondeos, cavan la tierra para encontrar la raíz del amor.

A una de ellas la conocí una tarde de septiembre en el margen izquierdo del departamento de matemáticas. Después que queme accidentalmente una franja de pasto seco al lado de un árbol me dijo: nunca he conocido a alguien que tenga tan mala suerte. Mi primo tiene peor suerte que yo, le contesté; él atribuye su destino a haber nacido un viernes trece. Luego de este prólogo nos vimos ocasionalmente en el departamento (ella, al igual que yo, acostumbra no asistir a más de ocho clases al semestre), además de encontrarnos en algunas reuniones de amigos comunes.

A la segunda la conocí gracias al concurso “Blogobundos”. Contesto uno de los correos masivos de mis contactos de Facebook; en su respuesta me comunicaba que su blog también estaba concursando y me invitaba a visitarlo. Cuando pique en el link me encontré con una bitácora que había recorrido meses atrás. Una tarde la hallé casualmente en la puerta del departamento. Conversamos, al calor de un café, durante una hora sobre nosotros, nuestras vidas, nuestras expectativas, etc. Recuerdo que su lenguaje me pareció muy dinámico y ágil, (avergonzando a las palabras medidas al milímetro que salían perezosas de mi boca).

Ayer, por conducto de Facebook y de la blogosfera me enteré de la aciaga noticia: una estaba en Dinamarca escuchando el murmullo de las oraciones al tiempo que la otra se despedía de la blogosfera con un post breve. Las dos dejan un silencio espeso en el viento y un relente de ausencia en la aurora. Sé que a ninguna de las dos le hable tanto como lo he hecho con otros compañeros o compañeras de matemáticas, pero siempre han tenido un rinconcito en mi corazón a causa de los post concisos de una y de la fragilidad de la otra. Las dos hablaron de la incertidumbre del amor y de las espinas que lo hacen más apetecible; las dos señalaron las huellas que dejaron en la arena del tiempo y la brisa que se empeñaba en borrarlas…

Sean, pues, estas breves palabras un homenaje a la reflexiva J.P. y a la entusiasta A.T.

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