A más de mil kilómetros de ti (2)

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Estás en la esquina del parque donde la conociste con una chocolatina en la maleta y la certeza que la mujer de acento mar no llegará. Miras el reloj por quinta vez. Siempre me ven la cara de güevón, te dices mientras miras hacia las tinieblas del parque. Los recuerdos te hablan de viejos plantones en esquinas, semáforos, parques y bibliotecas. Sientes el impulso de sacar la chocolatina, lanzarla al suelo y pisotearla con ira. Suspiras. Das dos pasos hacia la calle. Una mano invisible que, a falta de un nombre mejor, llamas destino te retiene. Miras hacia atrás esperando ver los dientes del amor sonriéndote. Sólo ves oscuridad y silencio. Das media vuelta e inicias a caminar lentamente hacia el lado contrario. Lanzas improperios a la noche, al amor y a la inocente chocolatina. La sacas de la maleta y la envías, en un lanzamiento de tres puntos, hacia el cesto de basura. El sonido metálico te anuncia el arribo de esta a la cesta. Levantas los brazos para celebrar la única victoria del día. Un relente de felicidad hace que la ira se desvanezca en las tinieblas de la noche. Caminas apaciblemente por el parque. Llegas a la otra esquina. Vas a pasar la calle cuando una voz lanosa te llama: Dieeeegoooo. Giras la cabeza. Encuentras la sonrisa radiante de Sandra. Oye niño, ¿dónde estabas?; ya me iba a ir, dice ella sin desenganchar la sonrisa. En la otra esquina esperándote, le respondes con voz granulada. ¿Mi chocolate? Inquiere ella. ¡ayyy; la chocolatina! Le dices con un timbre que quiere sonar a confusión pero que llega, a duras penas, a reproche. Si quieres te compro una ahora mismo, dices para compensar la silencio que sobrevino. Nooo; yo quería que sorprendieras con un chocolate; ahora se perdería toda la magia. ¿Magia?, preguntas con cara de asombro; ¿cuál magia?; técnicamente no habría tal ya que no la saco de la nada sino de una tienda; ni que hablar de sorpresas: si ya sabías que llegaría con un chocolate –como tú le dices- no habría sorpresa por definición de esta. No entiendes un carajo del amor, te dice mientras te clava una mirada reprobatoria. Levanta los hombros y camina hacia la otra acera. La sigues. Cuando llegan al otro lado miran la orilla que abandonaron. ¿Qué hacemos? Te pregunta emocionada. No sabes qué responderle; sabes que tus planes la aburrirían mortalmente por no ser ni ruidosos ni, ¿para qué negarlo?, emocionantes. No sé, dime tú, le respondes para desprenderte del problema. A mí no me eches ese muerto, te dice con un timbre que navega en las aguas donde converge la burla y el reproche. Te hundes en el barro de la confusión. La verdad, le dices con voz arenosa, no sé. Te mira con asombro; ¿cómo que no sabes niño? Llévame a dónde sea. ¿A dónde sea? Te preguntas. Vamos a tomarnos un café mientras decido qué hacer, dices después de un silencio espeso.

Una hora después estás en la cafetería preguntándote a dónde la quieres llevar. Tu cabeza te sugiere un lugar con espejos en el techo, cama doble, jacuzzi y silla de consultorio ginecológico. Tu prudencia, en la otra orilla, te aconseja levantarte e irte. En la mitad está la cordura proponiéndote bares con música ligera y cerveza nacional. Mientras escuchas los argumentos de tus tres amigos mentales Sandra te habla detalladamente de las discotecas que más le han gustado (incluyendo cómo llegar a ellas) y la que quieres conocer “un día de estos”. En medio del debate una voz dice: “!cállense!; escuchen a esa vieja”. Sales del sopor de la meditación y te encuentras con un par de ojos que te miran con rabia. ¿Qué me decías?, le preguntas con la voz emergiendo de la reflexión. Sus ojos se encienden como dos antorchas. ¡Te decía que eres un imbécil! Un corrientazo enfría el aire. Se levanta repentinamente y sale dando trancos fuertes. Un segundo después haces lo mismo y la sigues. En la puerta la tomas por el brazo. Espera, le dices entre jadeos; ¡Vamos a Malena! Gira y te mira con asombro. El fuego de sus ojos se extingue y le da paso a la dulzura. Me parece bien; vamos, te responde como si no hubiera pasado nada.

En el taxi empiezas a hacer cuentas mentalmente: tranquilizar su humor fulgúreo: ciento diez mil pesos (una botella de ron: cien mil pesos; una cajetilla de cigarrillos: cinco mil pesos; una botella de agua: cinco mil pesos). ¡Masterd Card no tiene razón!, te dices mientras tanteas el bolsillo derecho del pantalón; Nota Mental, continúas pensando mientras la mano derecha sube hasta la manija del techo: demandarlos por publicidad engañosa. Un tropel de personas te saca del ensimismamiento. Soy tan cagado que este es el lugar, piensas mientras tu cabeza gira de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. ¿Dónde lo dejo jefe?, te pregunta el taxista con una sonrisa sostenida por un palillo mordido. Acá está bien, dices con el ánimo partido.

Después de una docena de pisotones y una dos centenas de codazos logras alcanzar la barra. ¿Por qué dejan la barra al fondo del bar?, le preguntas a una mujer con un pantalón ceñido al cuerpo y un top diminuto. ¿Cómo dijo? te responde ella con cara de querer pegarle un botellazo a alguien. Una cerveza, una botella de agua y una cajetilla de cigarrillos, le dices temeroso. Te mira a los ojos con rabia. Da media vuelta y camina hacia una nevera que alumbra como una nave espacial. Desde la barra puedes ver las turgencias y las hondonadas en toda su fastuosidad. Mamita-rica, dices en letra pegada a la barahúnda. Al minuto ella te entrega las dos botellas y la cajetilla de cigarrillos. No tiene algo que no sea mentolado, le preguntas al constatar que los cigarrillos son Kool. No, te responde secamente. Bueno, no importa, le dices para evitar ser tú el que se gane el botellazo en la cabeza. ¿Cuánto es? Son treinta mil pesos. ¿Cuánto? Preguntas con los ojos abiertos. Treinta mil, te dice ella con los ojos más abiertos. Metes la mano al bolsillo y sacas un billete de cincuenta mil; te duele la pierna como si te hubieras arrancado el billete de ella. Adiós almuerzos del mes, te dices con amargura. Recibes el cambio y das media vuelta. Ves un ovillo descomunal de brazos y piernas. Nota Mental: no volver a salir con mujeres de veinte años, te dices al tiempo que recibes el primer pisotón.

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4 comentarios

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4 Respuestas a “A más de mil kilómetros de ti (2)

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  2. capitana666

    Hay personas muy caprichosas, con lo bonito que es un plan tranquilo y romántico en el que poder hablar y hacerse caricias, es una pena que haya gente que no lo vea.

    Aunque a algunos no se lo parezca, estar despistado y pensando en las cosas que a uno no dejan de darle vueltas en la cabeza, no significa ni que no escuchemos, ni que no nos importa lo que oigamos.

    Me gusta el relato.

    Un saludo.

  3. Diego Niño

    En este caso, mi dulce Capitana, la niña no ha sido la caprichosa. Creo que si la hubiera invitado a un tomar cerveza a cualquier lado hubiera aceptado gustosa. Hay que entender, además, que es una niña de veinte años con el ardor de la juventud nadándole en las venas.

    Un abrazo inmenso.

    PD: prefiero, obviamente, el plan de conversación a media luz con música para sugerente.

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