A más de mil kilómetros de ti (1)

Estás en el restaurante que inauguraron a una cuadra de tu trabajo. El viento mueve los árboles y estos, en su leve cabeceo, licencian las hojas que caen lentamente. A pesar del fragor de ollas, tendedores y platos escuchas la nostalgia crepitando bajo las hojas. Te inclinas a rasguñar sobre el cuaderno las palabras que te han venido martillando desde la mañana. Levantas la cabeza para encontrar el recuerdo que acaba de huir. En la puerta te encuentras con una mirada tersa de, a lo sumo, veinte años. Sus ojos, contrario a la corazonada que te acosa todos los atardeceres, son cafés. Sus cejas, delgadas y arqueadas como corresponde a una niña de su edad, se levantan al contemplar la anarquía de voces. Mira para todas las direcciones en busca de una mesa. A su izquierda encuentra una mesa desocupada. Se sienta en cámara lenta, como sucede en aquellas comedias rosadas que ves en secreto. La miras descaradamente y ella lo sabe. Ves su pequeña nariz; el paréntesis que encierra unos labios delgados y vibrantes; los dientes que destellan cuando su mirada decide enfrentar la tuya; el cabello que forcejea entre el castaño oscuro y el rubio de cartel publicitario; el extenso cuello y los picos amenazantes que custodian su base; la doble cadena con pepitas blancas; la camiseta blanca con un cuello en V y los dos collados que invitan a la exploración por vía del tacto.

Bajas la mirada para escribir estas líneas. Te llega el almuerzo, frío y desabrido, como es la especialidad de la casa. Bates el salero enérgicamente sobre la sopa durante un par de minutos con la esperanza que el potaje asimile algún sabor. Bates el caldo con la cuchara y lo empiezas a masticar con estoicismo. Cada tercera cucharada levantas los ojos para vigilar los movimientos de la jovencita. Terminas el brebaje. Acercas la bandeja con lo que promete ser unos fríjoles fríos con un arroz, que además de compartir la temperatura de su colega de plato, sabrá a pimentón (esto lo deduces de los puntos rojos que sobresalen en la llanura blanca). Revuelves el arroz con los fríjoles y los bombardeas con seis cucharadas de ají para animarte a ingerirlo. La primera cucharada pasa la prueba. Descubres que la niña te está mirando desde su mesa con curiosidad. Mastique con la boca cerrada, te dices al tiempo que bajas la mirada. Sientes, sin embargo, sus ojos clavados en tu enorme frente. Levantas los ojos para corroborar la suposición. Encuentras, en efecto, sus mirada luminosa. Sonríes tímidamente. Te responde con una sonrisa oronda. Sientes el impulso de irte a su mesa a decirle que la amas. Desenganchas una sonrisa amplia al imaginarte la cara de ella después de escuchar esa estupidez. Te amo, repites con ironía al tiempo que el tenedor arrastra el fárrago de fríjoles y arroz.

En la cuarta cucharada del amasijo le llega el almuerzo a la muchacha. Verificas que pidió un jugoso churrasco. Ves las papas desbarrancarse sobre la mesa. Las recoge al tiempo que te mira. Un pequeño rubor invade sus pómulos. Sientes el sabor amargo de la victoria. ¿cierto que es horrible hacer el ridículo? le preguntas mentalmente. Ella baja la cabeza y empieza a almorzar; haces lo propio.

Cinco minutos después estás pagando de mala gana los siete mil pesos que te cobraron por aquel almuerzo. ¡Jamás volveré a entrar a este lugar!, te dices indignadísimo. Caminas hacia la puerta mascullando improperios contra el establecimiento y contra tu suerte. Atraviesas la calle y te diriges directamente a la banca del parque que no está ocupada. Antes de sentarte compruebas que las vigas son firmes y que no están sucias. Sacas del bolsillo izquierdo de tu pantalón una cajetilla blanca con un indio de mirada adusta y penacho extravagante. Sacas de ella un cigarrillo quizás más ajado que la cajetilla. Lo hueles; miras dónde está el logotipo del indio para no fumarle el alma y ganarte, por conducto de una maldición ancestral, una muerte repentina o, cuando menos, un mal día. Sacas del mismo bolsillo una caja de fósforos regentada por la irónica sonrisa de Lucifer. De la cajilla extraes un fosforo de testa roja; lo rasgas con fuerza contra la lijilla de uno de sus costados y escuchas el estallido manso al encenderse. Acercas la antorchuela a la punta del cigarrillo e inhalas con fuerza hasta que sientes que el humo ocupa tus pulmones. Sacudes el fosforo hasta que se apaga y lo lanzas hacia la caneca que está a diez metros. Ves el camino de humo que deja el fosforo. Ladrones hijueputas, dices mientras miras hacia el restaurante. Ves, mientras aspiras, que la niña sale por la puerta de la tienda. Observas cómo viene caminando con la misma cara de disgusto con la que saliste. Cuando levanta el pie para subir el andén un presentimiento te enfría la respiración: ella viene hacia ti. Aspiras con fuerza para espantar la conclusión. Ella, mientras tanto, continúa su trayectoria. Antes que expulses el humo la tienes frente a ti. ¿Puedo sentarme contigo?, te pregunta con voz dulce. Contemplas lo que la mesa no te dejo ver: el borde inferior de la camiseta y la franja de abdomen que esta no cubre; el jean descaderado que faculta al ojo para contemplar aquellas regiones inhóspitas que los labios quieren besar apasionadamente. ¿Me vas a mirar o me vas a dejar sentar? te dice con acento de agua salada. Claro, siéntate, le dices al tiempo que oyes crujir las hojas bajo el peso de la euforia.

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5 comentarios

Archivado bajo A más de mil kilómetros de ti, amor, Blogonovela, General, mujeres, narraciones

5 Respuestas a “A más de mil kilómetros de ti (1)

  1. Aaahhh!! para cuando sabremos si acaba en una cama??!!! ejejeje

    Me acabo de enganchar a este relato 🙂

    Saludos.

  2. Diego Niño

    Paciencia amigo undermind que el amor tien su propia cronología…

    Gracias por el comentario y por la visita.

    Saludos

  3. capitana666

    Estoicismo, esa es la palabra clave ante la vida, pocas cosas pueden cambiarlo y una de ellas es esa chica que ahora está a tu lado…

  4. Diego Niño

    El estoicismo, contrario a lo que piensa la mayoría, no es gozar con el sufrimiento sino someterse al destino y gozarlo.

    Un abrazo querida Capitana

  5. Pingback: A más de mil kilómetros de ti (2) « Con Vocación de Espina

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