Es una larga historia…

La mañana la trajo envuelta en un jean raído que honraba las curvas y las cuencas de un cuerpo encaramado en el pináculo de la adolescencia. La mirada viajó hacia regiones más septentrionales hallando una vorágine de curvas de excentricidades menores a uno que invitan al ojo y a la mano a cercarlas. Siguiendo hacia el norte en el periplo visual encontré hombros desnudos y un cuello que, gracias a ser largo y delgado, aparentaba no poder sostener la cabeza y el manantial de cabellos rubios que la cubren. La cara –que hasta la fecha se ha rehusado a abandonar la inocencia de la niñez- estaba salvaguardada por dos pómulos amenazantes. Los labios, gruesos a pesar de la delgadez de la cara, auguraban besos que desentonarían con la ternura de sus ojos.

Gonzalo, adepto del alcohol y a la parranda, me dio un codazo cuando la sonrisa enrejada de la desconocida se clavó en la esquina donde estábamos sentados. Hágale a la niña; mire que se las botó todas, me dijo con voz socarrona. No ve que es una niña, le contesté; le llevo, por lo menos, once años. El interlocutor se enderezó, me miró a los ojos y me dijo: ¿acaso eso es un problema? Se sentó y empinó el codo para beber el último sorbo de cerveza. Me quedé mirando el horizonte polvoriento de un pueblo que amenazaba ruina. ¿Cuál es el problema?, me preguntaba mientras descendía la cerveza por mi garganta. Niña, lo que se dice niña, no es; tampoco es una mujer en toda la extensión del vocablo. Encendí un cigarrillo por la inercia del hábito. Sentí la calidez del humo secando la humedad del aire. Expulse una bocanada difusa de humo a través del intersticio de mis labios secos. La niña desde el otro lado del salón camino lentamente hacia mí. Me sonrío de nuevo; sus dientes, presos tras una doble fila de alambres, me incitaron a besarla. Disculpe señor, me dijo con una sonrisa pícara; ¿me regala un cigarrillo? El tiempo se detuvo: el polvo que se arremolinaba en la calle ceso su pedregoso ascenso; el humo que acababa de expulsar quedó suspendido en el légamo de la brisa. Sólo mi mente continuaba trabajando frenéticamente. ¿No estás muy niña para fumar?, pregunté al final de un trabajo a todo vapor de mi cabeza. Ella me miró con desaprobación; pensé, incluso, que deseaba ahorcarme con sus manos. Güevón, dijo Gonzalo imperceptiblemente. La niña dió media vuelta y se fue caminando hacia la mesa donde la esperaba la desamparada carterita de pucca. Se sentó y me envió una mirada fulminante. Acaba de perderse un polvo inolvidable, dijo Gonzalo con desgano; créame que la mujer más recorrida de la capital no le da a los tobillos a esta niña. Se levantó y se fue a la calle. Lo vi diluirse en la nube de ceniza del pueblo. Miré hacia la mesa y encontré de nuevo la mirada iracunda de la niña. Me levanté y caminé hacia su mesa. Cuando estuve a dos pasos saqué un cigarrillo de la cajetilla arrugada; lo encendí con los fósforos de testa bermeja y caja custodiada por la mirada burlona de Lucifer. Lo tomé con delicadeza en los dedos índice y pulgar y alargue el brazo hacia la muchachita al tiempo que le inquiría por la edad. Dieciséis años, respondió sin titubear. La miré con escepticismo. Mentiras, se corrigió; tengo quince años; cumplo dieciséis en un mes. Tomó el cigarrillo de mis dedos; lo situó en sus labios carnosos y aspiro (todo esto, sin dejar de mirarme a los ojos).

Después de la undécima cerveza las palabras se pegaban al paladar; las ideas, a su vez, se tropezaban con las miradas insinuantes y el bajo vientre demandaba mantenimiento. Manuela, la niña que sonreía desde la otra orilla del sopor, cada minuto se alejaba de la inocencia de la infancia y se acercaba peligrosamente al piélago de la lujuria. La carne, corrupta por definición, reclamaba las prerrogativas del placer…

A media noche el cuerpo, dormido por la ingesta de alcohol, se tropezaba, se deslizaba y ondulaba en la noche tibia. Manuela, para mi asombro, caminaba correctamente. Mi lengua, enredada en los efluvios etílicos, se arrastraba para preguntarle si habíamos llegado al lugar pactado. Ya casi llegamos, no seas impaciente, me decía bruscamente. A los dos minutos apareció una casa que se escondía en los encajes de la oscuridad. En la ventana que daba a la calle se veía un destello azul. Ella amarró el dedo índice a sus labios para indicarme que no hiciera ruido. Camine en completo silencio por un pasillo que olía a libros apolillados. Al final del corredor nos esperaba una puerta verde. La abrió con mucho cuidado; caminó lentamente y encendió la luz. Cuando la bombilla arrinconó las tinieblas pude ver a dos señores, uno con un revólver y otro con un chuchillo, que me miraban con odio. Manuela les dijo, con voz neutra, este es el paciente que les prometí. Intenté dar la vuelta para huir pero un brazo rodeó mi garganta. De acá no sale gran hijueputa, dijo el hombre que me tenía trincado. Un empujón me envío a los brazos del hombre del cuchillo. Este coloco el cuchillo a dos milímetros de mi ojo izquierdo. Fíjese mejor en sus amistades, me dijo con ironía. Giré y encontré los ojos negros de Gonzalo esperándome bajo el marco de la puerta. Después todo fue confuso: hubo patadas, disparos, cuchillos que herían las tinieblas, improperios…

Desperté cuando el sol golpeó perpendicularmente mi cara. El dolor no me permitía abrir los ojos con rapidez. Un ramalazo, que mordía con la violencia de un demente, emergió de los entresijos y llegó hasta el cuello. Las moscas giraban pesadamente sobre el estiércol. Intenté incorporarme pero un aguijón laceró mi brazo izquierdo. Cerré de nuevos los ojos…

Ayúdeme marica, me dijo una voz que sonó familiar. Abrí los ojos. Las moscas seguían en su vuelo y la arena se arremolinaba en el calor pegajoso del atardecer. Perdóneme, continuaba la voz; yo son sabía que lo querían asesinar: ellos me dijeron que lo secuestraban por un par de días para sacarle plata a la petrolera y que luego lo soltaban. Giré sobre mi espalda hasta quedar mirando hacia el otro lado. Cuando termine el pesado viaje sobre mí encontré a Gonzalo amarrado, brazos y piernas, a cuatro estacas. Una sonrisa irónica surcó la comisura de mis labios. Usted es muy güevón, le dije pausadamente: cómo se le ocurre hacer negocios con el cabrón de mi cuñado. ¿Cuñado?, respondió Gonzalo. En ese instante una punta hirviente atravesó mi cabeza. Luego un estallido derribó mi conciencia…

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