Reflexiones en torno a la vejez

Hace algún tiempo estaba conversando con mis compañeros sobre la televisión colombiana. En medio de la charla uno de ellos me preguntó: ¿ha visto el Súper Agente 86? ¿Lo volvieron a dar?, le pregunté con las cejas enarcadas. Sí, lo están dando en Canal Capital; ¿lo daban antes?, me preguntó con curiosidad. Claro, en el año ochenta y seis yo lo veía en la cadena dos. Al oírme soltó la carcajada y me dijo: eso fue dos años antes que se conocieran mis papás. Este man se está burlando de mí, me dije. ¿En qué año nació? Le pregunté con una sonrisa socarrona. En el noventa, me contestó inmediatamente. No le creo; déjeme ver cédula, le dije con voz seca. ¿Cédula?, dirá la tarjeta porque aún no soy mayor de edad, me dijo mientras metía la mano en el bolsillo trasero del pantalón. Al ver la tarjeta y hacer cuantas mentales constaté la veracidad de su afirmación.

Esa no ha sido, para mi desgracia, la única vez que me ha ocurrido algo así. Antes de ayer, sin ir más lejos, le comentaba a una compañera, a propósito de este post, que tuve mi primer amor platónico en diciembre del ochenta y ocho. Ella me miró a los ojos y me dijo que en ese momento ella tenía un mes de vida.

Antenoche, cuando el silencio se apoderó de la ciudad, me decía a propósito de este hecho:

te estás volviendo viejo mi querido amigo. Les llevas a tus compañeros de universidad más de ocho años. Cuando te iniciaste en el arte del alcohol ellos tenían, a lo sumo, cinco años. Cuando te graduaste del colegio la mayoría de ellos no sabía las vocales. Cuando tuviste que dejar el trago ellos estaban en noveno. Nada que hacer amigo: estás viejo.

Al oír esta última frase salté de la cama y prendí la luz. Miré la mesa del computador y vi que había una caja de gemfibrozilo para los triglicéridos, una caja de tegretol retard para las convulsiones y un sobre de dolex para el dolor de garganta. Negué con la cabeza, apagué la luz y me acosté con la sensación que la vejez me esperaba en la aurora para llevarme en sus delgados brazos.

Anoche, para finalizar, estuve “tomando” con dos viejas amigas, y en las vecindades de la media noche, caminamos en el filo de la memoria hasta que su acero hirió la melancolía. A la una de la mañana cada uno se fue para su casa porque hoy teníamos obligaciones laborales o de otro tipo. Mientras venía para el apartamento recordaba aquellos versos Luis de Góngora y Argote:

“Mal te perdonarán a ti las horas;
las horas, que limando están los días,
los días, que royendo están los años”.

y me decía que el tiempo es el diente -quizás las encías- que engulle, segundo a segundo, las células, el aire y la luz de nuestros ojos hasta transformarlos en brisa muerta.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo General, reflexiones

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s