Declaratoria

Eres una bruja distinta a las que aprendí a odiar en los cuentos de hadas: no usas sombrero negro, ni tienes una verruga en la nariz, ni siquiera tienes esa mirada perversa que arruga flores y espanta las nubes. Tienes, por el contrario, una mirada que invita al diálogo sereno, acaso confidencial; tu nariz, libre de repugnantes forúnculos, es delgada y un poco respingada; tus labios, custodiados celosamente por dos lunares, son apetecibles; tus rizos instan a surcarlos con los dedos; tu cuerpo, ¡ah, tu cuerpo!, invita a navegarte, durante interminables noches de pasión, asido al perfecto arco de tu cintura.

Pero, mi querida niña, el que aparentes ser la princesa que duerme eternamente no elimina el hecho que tu corazón esté seco como una piedra, que tu alma esté edificada con paredes de paja y que habites en las vecindades de la antipatía; tus sentimientos, infectados como la piel enferma, supuran hiel en cada afirmación; seduces con la manzana prohibida de tu cuerpo lujurioso y ávido de hombre; te solazas con el descenso de lágrimas masculinas y con envidias femeninas…

Yo seré, para tu asombro, el héroe que pisará las zarzas de tu ternura y entrará hasta la mazmorra pestilente en la que escondiste, en un baúl de plomo, a la niña que se asusta con los truenos y que vibra con el vuelo de las mariposas. Una vez la halle la sentaré en bajo el sol de la mañana, la peinaré con ternura y me la abandonaré a la deriva de la brisa y de las libélulas.

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