Archivo diario: agosto 26, 2008

El amor y las palomas (Facundo Cabral)

Hace unos minutos vi una muchacha de veinte años liando en una red de miradas insinuantes y proposiciones de significado turbio a un niño de dieciséis años; el jovencito, a su vez, pataleaba en un naufragio de frases de cajón y respuestas ruborosas. Al verla recordé a Facundo Cabral diciendo que las mujeres fáciles son las que tiene la misión de salvar a los hombres de las mujeres difíciles. Escuche esa frase en mi niñez, una y otra vez, hasta que la adolescencia entró por las ventanas de mi infancia. Después, cuando el vendaval del sexo derrumbó puertas y despeinó árboles, entendí la contundencia de la afirmación: gracias a las mujeres fáciles los hombres se inician en los meandros del sexo sin tener que recurrir a ruegos ni a pagos vejatorios.

Después que la pareja se bajó en una estación de Transmilenio pensaba que lo desventajoso de aquellos seres maravillosos es que no dilatan su estadía en los pórticos del corazón sino que se elevan con la primera mirada coqueta que les robe la sonrisa. Nos dejan, me dije al tiempo que veía la llovizna empapar los vidrios con sus deditos húmedos, sin importarles nada. ¿Acaso, me pregunté al instante, nos deben fidelidad por amarlas? ¿No son libres para volar de espina en espina? Luego, cuando los interrogantes se anudaban en el cuello, vino al rescate la voz de Facundo Cabral:

Le bastaba abrir los brazos para tener la medida de la ternura
y el lazo que une la muerte y la vida…

heredó de la mañana su condición de paloma
y volaba muy bajito para mirarse en su sombra

en ese momento el amor se hizo brisa y los recuerdos se tiñeron de colores pastel…

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Qué brusca oscuridad

Entre los recuerdos que acechan a los hombres están los aguijones que han rasguñado la brisa que los sostenía; están, asimismo, los pétalos que las espinas protegían y está el polvo que las escolta. Todos las recuerdan pero pocos hablan de ellas.

Pues bien, creo que es hora de hablar de una de ellas: les dejo con el testimonio de una rosa y sus duras espinas.

Qué brusca oscuridad…

Qué brusca oscuridad me embarga cuando te pienso distante
hija de otro suelo
vecina de otra cama!

Sé que les he dicho a los demás que me he curado de ti
igual que el leproso que se extirpa la piel atacada
y sé además que la mentira me corroe la entraña
en la mañana infestada de ratas
pero tú sabes que me cuesta decir la verdad
comunicarle al mundo que soy incapaz de olvidar al árbol herido
¿crees que puedo confesarlo e irme tranquilo al río?
Sabes que mi rivera se ha mantenido al margen del abismo
mis únicos pasatiempos son el libro y el escrito dañino
tu recuerdo ladra y maúlla en la jaula y en la ventana que da a la oscuridad
mis manos no han catado otras pieles
y mis palabras conducen a tu nunca mentado nombre…

¿qué hacemos con nuestros destinos?
los lanzamos a los lagos o a los ríos
o los mancillamos como si fueran hijos impíos

¿no tienes respuesta?
¿no sabes dónde esconder el amor que te acaricia el tobillo?
¿te avergüenza acaso el dolor mío y las palabras con las que lo describo?

No te ruborices por tan nimio conocido
él es tan pequeño que lo puedes llevar en la solapa del aire
en la medalla de la virgencita o en el segundero del reloj que te regalo tu amigo
¡llévalo donde quieras!
¡no te va a estorbar!
¡nadie lo va a notar!
¡es tan dócil que ni siquiera es capaz de hablar!
Llévatelo
¡engáñalo como si fuera un niño!
arrójalo en la esquina del maleficio
en la mitad del río subido
bótalo donde quieras
pero no vengas a mí con el ánimo partido
y con el amor medio podrido
a decirme que quieres una medialuna de salvado de trigo
y uno minutos de sexo con un amigo

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