Crujido de los engranajes (3)

A finales del año 2001 yo estaba frente al hidrante rojo que espera incendios y catástrofes. Las tinieblas se deshacían en una masa ambarina de neblina y ansiedad, al tiempo que me desmigajaba en reflexiones ociosas.

Luego, cuando el viento se hizo llovizna, rasguñaste el amanecer con tu mirada de cachorrito. Llegaste hasta el hidrante y me miraste en silencio. Al verte a los ojos entendí que querías que me acercara a ti. Lo hice. Quedamos, en un instante espeso, frente a frente. Sentiste el impulso de abrazarme; sentí el arranque de besarte apasionadamente. Nos quedamos, sin embargo, inmóviles. Al final me incliné y te bese tiernamente en la mejilla. Me miraste a los ojos para tantear mis pretensiones. Sonreí ingenuamente. Respondiste con una sonrisa tímida…

Al término de una conversación grumosa te despediste y penetraste en las sombras de la mañana. Yo me quedé pensativo, acaso imaginando. El golpe en el hombro del sol anunció la apertura de las responsabilidades y la consecuente clausura de la fantasía.

La vida nos ha congregado en conversaciones protocolarias o en reuniones apolilladas. Siempre que te veo recuerdo aquella madrugada de diciembre y siento el impulso de confesarte que aquel día el destino me dijo al oído que tu mirada de cachorrito me contemplaría en las madrugadas de amor.

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Archivado bajo General, personal, serie engranajes

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