Carta al silencio de la noche (9)

Sé que este mensaje te parecerá extraño y un poco psicótico, pero debo manifestarte lo que siento cuando nuestras palabras se entrelazan en la húmeda soledad.

Cada vez que hablo contigo siento que la respiración se pone arenosa y que el mundo gira descontroladamente. El mareo y el problema respiratorio no son, ni mucho menos, molestias de trascendencia, el verdadero problema es que no puedo concentrarme en nada: mi cabeza, terca y dura como una montaña, se obstina en pensar en ti, en repasar cada una de tus palabras y cada uno de tus silencios; luego siento que la tristeza, con paso firme, invade los cuartos de mi alma hasta que la habita completamente. Cuando mi cuerpo, alma y cabeza están llenos de ti, no valgo un centavo: mis pasos se tornan toscos, mis palabras son desabridas y no puedo pensar en otra cosa que no seas tú.

Por ello he decidido pedirte que no me llames hasta que termine el semestre. Perdóname si no te lo pedí cuando hablamos, hace un par de horas, pero es que en ese momento no me sentí mal; pensé, incluso, que la maluquera de las ocasiones anteriores –porque no es la primera vez que me pasa- había sido a causa del estrés y que no tenía nada que ver contigo. Pero ahora, en este mismo instante, tengo el alma colgada de un suspiro y el cuerpo hecho un nudo (el cuello me duele insoportablemente). Por ello, reitero, te pido que dejemos de hablar hasta que finalice el semestre para que no me expulsen de la universidad. Sé que entenderás mis razones y mis motivos.

¿Por qué, te preguntarás, me siento así? La respuesta, evidente como la misma pregunta es porque te quiero mucho y me duele perderte como mujer. En otras palabras: estoy despechado. Aunque no lo creas lo que siento por ti es más que aprecio o cariño. Sé que no me crees porque estás acostumbrada a demostraciones de afecto más estrambóticas, o, por lo menos, más ruidosas. Pero, como puedes ver, yo amo de manera discreta pero profunda. Mi amor es, en otras palabras, como un aljibe encarcelado por un túnel de rocas frías y puntiagudas que, no obstante esto, guarda en su interior agua dulce.

Cuando hablo contigo se remueven, por tanto, los viejos y adoloridos recuerdos junto con los sentimientos -sus inseparables aliados -. El dolor, la desazón, la incertidumbre, el desasosiego, en ese momento se apoderan de mí, obligándome a abandonar mis compromisos para entregarme a las reflexiones y a los quejidos. Por ello te pido que te margines de mi vida por un mes, a lo sumo; luego de eso te aseguro que retornaré a tu vida como si no hubiera pasado nada…

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