Sobre patadas, deportes y triglicéridos

El sábado visité al endocrinólogo a causa de los altos niveles de los triglicéridos. Después de pesarme, medirme y tomarme la presión me dijo que lo mejor que puedo hacer para mejorar mi actual situación es un fin de semana cargado de actividad física. Lo más aconsejable, dijo con voz pausada, es que se dedique al futbol ya que en este deporte usted quema doscientas calorías en media hora.

Después que salí del consultorio llamé a un viejo amigo para preguntarle si había una vacante en el equipo. ¿Una vacante en dónde?, pregunto sorprendido. ¿Asistirán todos los jugadores al partido de esta tarde? Le pregunté. No sé, ¿por qué?, contestó. Porque pienso jugar futbol esta tarde con ustedes, le dije con alegría. ¿Qué viene a qué? Volvió a preguntar mi amigo. A jugar con ustedes, respondí golpeado; ¿o es que no me va a dejar jugar? De dejarlo, lo dejo; contesto con voz oscilante; pero no entiendo usted qué piensa hacer en el equipo. Pienso jugar, le respondí inmediatamente. Pero usted no juega futbol hace más de diez años. Eso no es problema: diez minutos de calentamiento y estoy listo, le dije con serenidad; entonces: ¿voy o no? Pues venga, pero si se parte una pata es su problema, contestó resignado.

Después de ello me vine al apartamento a rescatar los guayos de las arañas y la pantalonetas de las polillas. Después que comprobé que tanto los guayos como la pantaloneta me quedaban, los empaqué en la maleta y salí a la justa deportiva. Cuando llegue estaba mi amigo con la pierna derecha sostenida por el brazo derecho. Al verme bajo soltó la pierna y con la mano libre se rascó la cabeza. Creí que me estaba mamando gallo, me dijo mientras me acercaba a él. ¿Hay cupo?, le pregunté en compensación a su saludo. Hay que esperar a ver quiénes vienen y si queda espacio juega; pero le repito que si se parte una pata es su problema. No se preocupe, le dije con voz amigable; mis huesos son de acero.

A la media hora habíamos nueve jugadores. Diez minutos después llegó el arquero con un tufo de ochenta octanos y un joven con un guayabo que prometía asesinarlo en cualquier momento.

Cuando el árbitro pitó el equipo estaba conformado por: un arquero ebrio; cuatro defensas (entre los cuales estaba yo y el enguayabado); cuatro mediocampistas y dos delanteros (entre los que se contaba mi amigo).

Al término del primer tiempo el defensa que navegaba en la resaca y yo estábamos abrazados y jadeantes; el arquero bajaba por la cuesta de la chalina hacia un guayabo espantoso y mi amigo tenía cazada la pelea con un defensa del otro equipo. Cuando inició el segundo tiempo el enguayabado había sido reemplazado por un espectador y la cara del arquero vacilaba entre el verde aceituna y el amarillo pálido. Después de una incursión por el ala derecha mi amigo y el defensa se engancharon en una puñetera que rápidamente se transformó en una batalla campal con lluvia de botellas, patadas, monedas y perros (a algún desadaptado le pareció chistoso lanzar a los pobres animales a la montonera). Al final la policía nos invitó cordialmente mediante patadas y bolillazos a que concluyéramos con la justa pugilística. A la casa llegué a la media noche con un chichón, un morado en la pierna derecha y los nudillos lastimados.

Esta mañana, después de una minuciosa investigación, decidí salir a correr al parque (media hora de este deporte quema, según rezan las páginas femeninas, 150 calorías). En esta ocasión los rescatados de las telarañas fueron los viejos tenis de educación física. Me puse una sudadera de mi papá y me llevé el mp3 para escuchar música acorde con el ejercicio (Survivor, James Brown, etc).

A los diez minutos de trote regular por los pastizales un joven me hizo un tackle que me derribó. Cuando estaba en el piso aparecieron cuatro señores que me requisaron con energía. Después que quedaron con el mp3 me dieron dos patadas para disuadirme de levantarme. Me levanté con el estómago contuso y cojeando. Llegué a la casa y boté en la caneca de basura los tenis, la pantaloneta y los guayos y les escupí para cerrar el ritual de despedida.

Después de esta experiencia estoy convencido que prefiero mil veces que los triglicéridos tapen mis arterias a recibir una patada más por cuenta del saludable deporte.

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