Evocaciones (5)

En el año 2000 tenía la estúpida idea que el amor nunca me alcanzaría: suponía que la inmunidad que me confería leer incansablemente y meditar sobre el amor impediría ser golpeado por aquel “estorboso mal”- como lo denominaba en ese tiempo-.

En abril de ese año, sin embargo, llegó una mujer por conducto de la literatura: necesitaba escribir un ensayo sobre Höldering, y dado que en esos días yo estaba metido en el romanticismo, decidí ayudarle en su investigación. El primer día que la vi fue el jueves santo 20 de abril. Recuerdo que esa noche me fui a casa de una tía y no pude dormir en toda la noche. Días después la volví a ver y, al igual que aquel jueves, pase la noche en vela. En ese momento empecé a preocuparme por la inminencia del amor, pero le resté importancia y continúe con mi vida. Un día de julio me enteré que había terminado con el novio; fue tal el entusiasmo que esa noticia suscitó en mí que tuve que admitir, después de ingerir litros vino y aguardiente, que estaba enamorado.

Lo que sentí después fue una amalgama de sentimientos que iban desde los celos enfermizos hasta la ternura extrema. La tarde del 20 de septiembre le “eche el cuento”. Ella me dijo que acababa de terminar un noviazgo largo y que quería tomarse su tiempo para iniciar una nueva relación. En ese momento no paso nada. Luego, a finales octubre, me contó que había regresado con el ex novio. Recuerdo que el mundo se desplomo sordamente. Sostuve la conversación hasta tarde y luego, cuando el aliento fue insuficiente, me vine para el apartamento.

El amor se transformó en odio por algún tiempo y luego, en una fría tarde de septiembre, la busque para conversar. Salí de la Biblioteca Luis Ángel Arango hacia su trabajo con la certeza que las heridas habían cicatrizado. Cuando me vio llegar a la oficina su cara se debatió entre la sorpresa y la alegría. La salude normalmente y hablé con ella como si nada hubiera pasado. Salimos a caminar y en el Lourdes nos sentamos en una banca a hablar interminablemente.

Para cerrar la evocación les dejo con “Mujer de mi mala suerte”, de Facundo Cabral. Esta canción se la dedique una tarde de agosto. Escúchenla y entenderán porqué lo hice.

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