Archivo diario: agosto 6, 2008

Evocaciones (5)

En el año 2000 tenía la estúpida idea que el amor nunca me alcanzaría: suponía que la inmunidad que me confería leer incansablemente y meditar sobre el amor impediría ser golpeado por aquel “estorboso mal”- como lo denominaba en ese tiempo-.

En abril de ese año, sin embargo, llegó una mujer por conducto de la literatura: necesitaba escribir un ensayo sobre Höldering, y dado que en esos días yo estaba metido en el romanticismo, decidí ayudarle en su investigación. El primer día que la vi fue el jueves santo 20 de abril. Recuerdo que esa noche me fui a casa de una tía y no pude dormir en toda la noche. Días después la volví a ver y, al igual que aquel jueves, pase la noche en vela. En ese momento empecé a preocuparme por la inminencia del amor, pero le resté importancia y continúe con mi vida. Un día de julio me enteré que había terminado con el novio; fue tal el entusiasmo que esa noticia suscitó en mí que tuve que admitir, después de ingerir litros vino y aguardiente, que estaba enamorado.

Lo que sentí después fue una amalgama de sentimientos que iban desde los celos enfermizos hasta la ternura extrema. La tarde del 20 de septiembre le “eche el cuento”. Ella me dijo que acababa de terminar un noviazgo largo y que quería tomarse su tiempo para iniciar una nueva relación. En ese momento no paso nada. Luego, a finales octubre, me contó que había regresado con el ex novio. Recuerdo que el mundo se desplomo sordamente. Sostuve la conversación hasta tarde y luego, cuando el aliento fue insuficiente, me vine para el apartamento.

El amor se transformó en odio por algún tiempo y luego, en una fría tarde de septiembre, la busque para conversar. Salí de la Biblioteca Luis Ángel Arango hacia su trabajo con la certeza que las heridas habían cicatrizado. Cuando me vio llegar a la oficina su cara se debatió entre la sorpresa y la alegría. La salude normalmente y hablé con ella como si nada hubiera pasado. Salimos a caminar y en el Lourdes nos sentamos en una banca a hablar interminablemente.

Para cerrar la evocación les dejo con “Mujer de mi mala suerte”, de Facundo Cabral. Esta canción se la dedique una tarde de agosto. Escúchenla y entenderán porqué lo hice.

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Breve historia de amor

Llegaste a mi casa como un relámpago que penetra la oscuridad. Tu mirada vagaba por las paredes y los cuadros de la sala. Estabas serena como las rosas que aguardan el arribo de la tormenta.

Yo, al contrario, me enredaba con las palabras y mis ojos transitaban intranquilos por los conocidos rincones de la casa.

Luego, en un momento maravilloso, tus ojos se quedaron fijos en los míos: el tiempo se detuvo a contemplarnos; Romualdo Brito ceso su melancólico gorjeo; la luz se hizo más tenue y mis palabras, lerdas hasta entonces, se envalentonaron. Sonreíste como si fueses brisa saludando el mar; sonreí como si fuera tierra húmeda aguardando el sol.

A partir de ese instante los otros se disolvieron en el naufragio de miradas y sonrisas. Cuando la charla se tornó en gritos y estos en baile, nos escabullimos a la terraza. Allí, con el amparo de las tinieblas, canjeamos las miradas por besos y las palabras por caricias…

Los demás eventos no los narro por manidos: sábanas abandonadas en el piso; cobijas zozobrando en la orilla de la cama; un hombre jadeante mirando el techo; una mujer descansando en el pecho ondulante del hombre; un par de cigarrillos reposando en el cenicero; el tránsito sosegado de los dedos sobre los rubios cabellos y las promesas de amor que se evaporan con las tinieblas.

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Poema de Amor (II) (Darío Jaramillo Agudelo)

Muchas veces hemos querido abandonar el amor y el desamor-la inevitable cruz del amor-. Deseamos poner kilómetros de distancia entre ella o él y olvidarnos del aroma de sus palabras, o de la dulzura de su mirada; queremos enterrar bajo una montaña de excusas nuestra decisión de amar (si acaso alguien decide amar); queremos, en suma, aniquilar de un manotazo los minutos que compartimos con esa persona…

Después, cuando intentamos aplicar nuestro proyecto, vemos que no podemos: pesan más los exiguos minutos de felicidad a su lado; experimentamos un apaciguamiento de nuestra arrebato inicial y cedemos, irremediablemente, ante el peso de la realidad…

Poemas de Amor (II)

Podría perfectamente suprimirte de mi vida,
no contestar tus llamadas, no abrirte la puerta de la casa,
no pensarte, no desearte,
no buscarte en ningún lugar común y no volver a verte,
circular por calles por donde sé que no pasas,
eliminar de mi memoria cada instante que hemos compartido,
cada recuerdo de tu recuerdo,
olvidar tu cara hasta ser capaz de no reconocerte,
responder con evasivas cuando me pregunten por ti
y hacer como si no hubieras existido nunca.
Pero te amo.

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Dama del Alba (Raúl Gómez Jattin)

A la sombra de la demencia Raúl Gómez escribía versos fragantes de amor y de melancolía; Raúl, el viejo Raúl, aquel hombre que se lo llevo un bus en medio de una alucinación nos dejó hermosos surcos de sexo ejecutado bajo la canícula caribeña con mujeres enhiestas de deseos y de frustración…

Entre ellas encontramos a la mujer que lo encauzó en el mar denso del delirio, aquella mujer, descendiente del mar y del sol, que le enseñó la perfidia a cuatro bandas nacida de la práctica unilateral del amor:

Dama del Alba

Con tu niñez de golondrina haciendo el verano
inauguraste en mí el sendero del corazón
Espeso amor
Como la embriaguez del Stropharia
Reminiscente Moral Con ventana al futuro
Como la lenta tarde sequía
que es para mí la tarde de la vida
Como el río de barro de mi valle
que en invierno arrastraba animales muertos
Como la dicha pérfida de mi abuela
que se regocijaba en ser un monstruo
Furor de los años en tropel Pasos de la
Muerte
Ella caminaba indemne Solitaria en mi camino
Carne que te reemplazas

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