Archivo diario: agosto 5, 2008

Dos versiones y un único asado

El sábado tuve la fortuna de ser invitado a esta tradicional reunión. En esta ocasión la anfitriona cedió las prerrogativas a uno de los asistentes para poder sentarse cómodamente a discurrir sobre las Lecciones de Jena impartidas por Hegel entre los años 1804 a 1806. En el momento en el que hablábamos de la dialéctica del trabajo el condumio estuvo dispuesto, razón que nos impulsó a cesar en la agradable charla para paladear las viandas (Estas se acompañaron de la ancestral cerveza y el novel aguardiente). Al término de la pitanza reflexionamos sobre el carácter en la “Ética” de Aranguren. En el punto más álgido L. C. se levantó a perorar largamente sobre la racionalización en Weber frente a todos.

Una amiga tiene, sin embargo, una versión que difiere de la mía en algunos puntos: la anfitriona no habló de las Lecciones de Jena entre los años 1804 a 1806 sino de las Aberraciones de Jenny entre el primer semestre del 2004 y el segundo del 2006. Después de “tragar como marranos” (con esas palabras se refiere mi amiga) hablamos toda la tarde de la falta de carácter de Aranguren y la poca moral de su novia. L.C., para finalizar, no disertó sobre la racionalización de Weber sino que balbuceó algunas palabras frente al inodoro antes de devolver las atenciones.

¡Hay que ver cómo cambian las cosas con aguardiente en la cabeza!

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Evocaciones (4)

Hace una hora encontré en el alimentador a una niña de dieciocho años que era idéntica a una jovencita que conocí hace nueve años. La joven del año noventa y nueve estudiaba literatura en la Universidad Nacional; sus palabras eran justas y tenía una mirada seca. La conversación se entablo gracias a que yo pensaba escribir un ensayo sobre la literatura en el periodo del romanticismo y ella era, como lo demostraban las tres revistas de literatura, estudiante en esa área. Le hice un par de preguntas y luego me deslicé por las grietas de la conversación hasta llegar a los soleados pastizales de la comunicación abierta. Al término de la conversación me levanté de la silla y le dije con tono solemne: “si el destino nos vuelve a reunir será para grandes cosas”; le di la mano y me salí de la hemeroteca.

Un año después la encontré en la puerta de la Universidad Nacional -ella entraba y yo salía-; en ese momento, contrario a lo que mi arrogancia –o estupidez- me hizo decir no le dirigí la palabra. Meses después la encontré haciendo fila en la Biblioteca Luis Ángel. Al verme clavó la mirada en el libro que tenía en sus manos. El gesto fue suficiente para disuadirme de hablarle. En el segundo semestre del dos mil dos la vi, asimismo, caminando por la carrera trece de la mano de su novio. En enero del dos mil tres, por último, la vi en la Luis Ángel saliendo de la mano de un mechudo con ínfulas de intelectual; en la salida ella giró para devolverse y se encontró frente a mi mirada impasible; sostuvo la mirada por un par de segundos, luego hizo una gambeta para esquivarme y siguió su camino. Yo salí y me entré en la primera tienda que estuvo a mi alcance; pedí una cerveza y un cigarrillo y me condolí de su silencio y mi incapacidad para abatirlo…

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