C. P.

A esta mujer le escribí meses después este poema:

C. P.

Cuando tus ojos brillan en la insondable oscuridad de mi existencia
el tiempo se estremece como las ramas secas
del árbol que espera morir de pie
y mis manos tiemblan como las telarañas grises y polvorientas
que florecen en las esquinas abandonadas de mi cuarto;
pienso entonces que mi soledad está hecha a la medida de tu pesadumbre
y que tu voz es de la misma talla de mi esperanza;
pero la metálica mano de la realidad toca mi hombro y me susurra al oído:
los riachuelos divergen;
la forma y el contenido tan sólo conviven
como el canario y la jaula
no se funden como el aire y la palabra “alegría”…

reflexiono
camino y te despido desde lejos con la marchita mano que me queda…

me miras y con un mohín te despides
como la piedra del río despide al agua que la transita…

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Archivado bajo evocaciones, General, personal, poema

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