Archivo diario: julio 28, 2008

S…

A esta mujer le escribí este poema:

S…

¿Pero a mí qué me queda?
El recuerdo y la greda de tu pisada serena
los labios amenazantes y la tarde sangrante de tristeza
la vida despeñándose
consumiéndose como una gota de agua frente al cielo
como aire en la boca del enfermo
¿Crees que es justo que sólo me quede eso?

La vida y la impasible mirada de la noche responden por ti
siento que la congoja me invade como palabra tirada al olvido
y que el alma se arruga como papel lanzado al fuego amigo
así me siento cuando tu recuerdo saluda mi amargo suspiro…

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El mejor vecino

En los once años en los que he vivido en este conjunto he tenido toda clase de vecinos: ruidosos, peligrosos, amables, cordiales, antisociales, malhumorados, discretos, etc.

Recuerdo, por ejemplo, los vecinos que iniciaban las fiestas los viernes a las ocho de la noche y la terminaban el lunes a la una o dos de la mañana. Sus festejos eran amenizados por grescas monumentales y visitas de la policía al amanecer. Después de múltiples demandas entabladas por los vecinos y por la administración del conjunto, el grupo de alegres bochincheros nos abandonó un lunes por la mañana después de una jarana con improperios y patadas en las puertas de los vecinos.

Este conjunto lo caracteriza, por otra parte, el hecho que la mayoría de sus habitantes (el 70%, aproximadamente) son adolescentes. Este fenómeno hace que el conjunto se contagie de la alegría de los estrepitosos jóvenes y de la belleza de las mujeres en ciernes. De la mano de las prerrogativas vienen, sin embargo, sus hermanos los inconvenientes: no son pocas las veces que los jóvenes hacen peleas campales a causa del amor de una doncella o arman proyectos que incluyen drogas, sexo y alcohol (¡qué envidia!). En una ocasión, ante el asedio de los preocupados padres, metieron un kilo de marihuana en el carro de mi papá para no ser descubiertos.

(Imagínense la cara de mis papás cuando vieron un paquete del tamaño y forma de una almohada envuelto en papel periódico y expeliendo el característico olor del cannabis sativa).

Hay, no obstante, entre los vecinos uno que llegó hace diez años al conjunto y al que todos sin excepción queremos como si fuera de la casa: Pamplo, un perro callejero adoptado por el celador del conjunto hace diez años. Cuando llegó contaba con un par de meses y medio kilo de ternura. Su afición de robarle las chanclas a los niños fue celebrada por todos los residentes (excepto, quizás, por algún niño amargado). Su comida favorita era (y sigue siendo) el pan de coco de la panadería de la esquina. Su mayor afición era dormir a pierna suelta a la sombra de un Renault doce abandonado.

Actualmente Pamplo es un perro maduro que emplea la mayoría de su tiempo en dormir en la portería. Los años, para desgracia de la comunidad, le han secado la ternura que lo acompaño en su cachorres, transformándolo, en un perro serio que menea la cola tan sólo en contadas oportunidades (como cuando ve una perra joven) y que ladra sólo en casos que ameriten el esfuerzo: perros intrusos, gatos inoportunos o extraños que corten las rejas con segueta.

Ahora que mi partida de este lugar se vuelve inminente sé que al único vecino que extrañaré será al de mirada seca y cuello peludo que me mira de reojo cuando salgo a la universidad. Sean, pues, estas palabras un homenaje a mi mejor vecino.

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Crujidos de los engranajes (1)

Venías del otoño hacia el invierno. Los árboles exhibían sus ramas sin hojas -salvo aquel arbusto rebelde que seguía verde a la sombra del tiempo-.

Venías distraída mirando al grupo de estudiantes que rasguñaban el sosiego del lugar. Caminabas, como decía, entretenida con la algarabía y con el suéter azul que vendría debajo (o quizás encima) de la docena de chaquetas que te amparaban de las uñas del frío invernal. Los rizos venían para mi desazón trincados por una cinta y tu cara imitaba el brillo del cielo.

No sabías –ni nunca sabrás – que te espiaba con el lente de ciento cincuenta milímetros que capturo el instante en el que retornaste a la niñez que escondes bajo los ribetes de la formalidad.

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C. P.

A esta mujer le escribí meses después este poema:

C. P.

Cuando tus ojos brillan en la insondable oscuridad de mi existencia
el tiempo se estremece como las ramas secas
del árbol que espera morir de pie
y mis manos tiemblan como las telarañas grises y polvorientas
que florecen en las esquinas abandonadas de mi cuarto;
pienso entonces que mi soledad está hecha a la medida de tu pesadumbre
y que tu voz es de la misma talla de mi esperanza;
pero la metálica mano de la realidad toca mi hombro y me susurra al oído:
los riachuelos divergen;
la forma y el contenido tan sólo conviven
como el canario y la jaula
no se funden como el aire y la palabra “alegría”…

reflexiono
camino y te despido desde lejos con la marchita mano que me queda…

me miras y con un mohín te despides
como la piedra del río despide al agua que la transita…

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Mi Presidio (Otto Serge)

En las llanuras del amor existe un paraje que se cocina bajo el sol de la indiferencia: los amores platónicos. Nada más desafortunado que entrar en los caminos torcidos de esta región acerba sin otra posibilidad que la de mirar el horizonte plomizo y sentir, ¡valga la paradoja climática!, la canícula sobre nuestra cabeza.

Recuerdo que mi primer amor platónico nació en una fiesta de grado en el año 88. La causante fue una niña de diez años que tenía –y aún tiene- la mirada más dulce que he han contemplado mis ojos; tenía pecas estratégicamente ubicadas en la vanguardia de sus mejillas y una nariz pequeña.

El otro amor platónico llegó a finales del año 93. La ostentadora del título era una niña de doce años. Ella era alta, hermosa como pocas y dueña de una mirada altanera. Este amor, lamentablemente, falleció una noche a la luz de la luna.
Sin ellas no hubiese conocido las púas de la cobardía ni el temor del rechazo; no hubiera, asimismo, habitado los altos andamios de la fantasía ni hubiera edificado los castillos con fosos infestados de cocodrilos ni paredes de rosas. Es por ello que les dedico, a A. y a C. la siguiente canción.

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Pasado, Presente y Futuro

El tiempo, como se habrán dado cuenta, es una pregunta constante en mis reflexiones. El tenue presente, el irreparable pasado y el escurridizo futuro son conceptos que han arañado las fibras de mis pensamientos desde que hago uso de la razón. Incontables han sido las noches como innumerables han sido las definiciones que he dado del escurridizo tempo y sus elementos.

Creo, sin embargo, que ningún resultado de mis cavilaciones ha sido tan certeras como las alcanzadas haciendo uso de los colores y las líneas en Paint.

Les dejo, pues, con los dibujos realizados una noche de septiembre del dos mil cuatro.

 

 

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