Carta al despejado porvenir (1)

Clara, rozagante, animada, vivaz. Así venías de los grumos de la noche la primera vez que te vi. Ibas sola como el alma que escapa de los secretos puntudos que corrompen el cuerpo que la contienen. La redondez de tus grupas concitó la mirada fervorosa de los borrachos de la esquina y los pitazos de los conductores de buseta. Tú, sin embargo, caminaste sin sentir las esquirlas de las miradas ni la ventisca de las cornetas.

Luego, cuando llegaste al paradero del alimentador, te paraste al lado del letrero verde y volteaste a mirarme. El silbido de tu mirada atravesó los doce metros que nos separaban. Te quedaste quieta, como si quisieras retarme. En ese momento llegó el alimentador y la ponzoña de tus ojos erraron el disparo que venía a mi corazón.

Te subiste al bus, y justo antes que arrancara, me miraste con prepotencia. El vehículo partió y te llevó con él hacia las tinieblas.

(Cuando leas estas palabras tu cabeza habrá reposado sobre mi pecho su pesado cansancio).

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