Archivo diario: julio 26, 2008

Carta al despejado porvenir (1)

Clara, rozagante, animada, vivaz. Así venías de los grumos de la noche la primera vez que te vi. Ibas sola como el alma que escapa de los secretos puntudos que corrompen el cuerpo que la contienen. La redondez de tus grupas concitó la mirada fervorosa de los borrachos de la esquina y los pitazos de los conductores de buseta. Tú, sin embargo, caminaste sin sentir las esquirlas de las miradas ni la ventisca de las cornetas.

Luego, cuando llegaste al paradero del alimentador, te paraste al lado del letrero verde y volteaste a mirarme. El silbido de tu mirada atravesó los doce metros que nos separaban. Te quedaste quieta, como si quisieras retarme. En ese momento llegó el alimentador y la ponzoña de tus ojos erraron el disparo que venía a mi corazón.

Te subiste al bus, y justo antes que arrancara, me miraste con prepotencia. El vehículo partió y te llevó con él hacia las tinieblas.

(Cuando leas estas palabras tu cabeza habrá reposado sobre mi pecho su pesado cansancio).

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Sobre fiestas y décadas

Cada vez que suena un merengue de Wilfrido Vargas viene a mi mente el recuerdo de una de mis primas bailando en la sala de su casa y cantando con un esfero, un cepillo o lo que se estuviera a la mano, a guisa de micrófono los coros de las pegajosas melodías. Evoco las fiestas que organizaba en su casa en las tardes frías de viernes y la manera en la que se transformaba en el centro de la reunión gracias a su innegable talento de coreógrafa.

Hoy, al leer el post del Señor X , recordaba las fiestas de finales de los ochenta con toda su algarabía y con toda su falta de gusto: pantalones entubados; medias de lana gruesas sobre media veladas; copetes de veinte centímetros de altura que se sostenían gracias a una dosis sobrenatural de laca; pantalones de licra de colores fluorescentes o, lo que era peor, de colores chillones con lunares blancos; cortes de pelo a la usanza de Pedro el escamoso; etc. Lo mejor de aquellas reuniones era, sin lugar a dudas, el merengue. No lo digo porque piense que este género es el padre de la gran familia de ritmos tropicales, ¡ni más faltaba!; lo indico porque este género daba la posibilidad de salir a bailar sin saber hacerlo. Me explico: en este tipo de música el movimiento se lleva en las rodillas y no en las caderas, lo cual, como todos se imagina, faculta a cualquier mortal a bailarlo sin necesidad de ser experto.

Es por ello que en aquellas fiestas ganaba el que primero sacara a bailar a la niña. Si usted, por alguna razón del destino, no sacaba a bailar a la niña que le gustaba, se veía avocado a verla bailar con el tipo hasta que llegaban las baladas en inglés; en ellas las parejas se establecían o las conquistas se desarticulaban. Esta fase de la fiesta era, ¿cómo negarlo?, la más graciosa: se veían niñas con cara de aburrimiento bailando con tipos que cantaban “ojo cerrado y estirando pico”, como dice el Señor X; o, por el contrario, se veían parejas sellando el pacto de amor con un beso.

Claro que no todo fueron fiestas y peinados extravagantes: los finales de los ochentas fueron años en los que los extraditables instalaban bombas que empalidecerían a Osama. El terror que estos artefactos produjo en los habitantes persiste en la paranoia de los que tuvimos que escuchar estallidos ensordecedores o ver cuerpos mutilados desperdigados por la carrera quince, o por la carrera treinta.

Luego emergieron los noventas con su moda mesurada y con los bailes coreográficos que impedían la conquista por medio de la palabra. Con los noventa llegó la desmovilización guerrillera, la nueva constitución y el Estado Social de Derecho. Al final de esta década brotaron, como una hierba mezquina, las Farc y las crisis económicas.

El siglo veintiuno, para finalizar, trajo las fiestas ebrias de éxtasis y reggaeton. El respeto por la mujer emigró de las letras de las canciones y fue reemplazado por frases sexistas que denigran a la mujer a niveles intolerables. El baile, más cercano a una demostración orgiástica, abre la puerta a excesos que encalambrarían al Marqués de Sade. La economía, la política y el Estado Social de Derecho, oponiéndose al vigor reggaetonero, agonizan en las fauces de la voracidad consumista.

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