La fauna en las rumbas de comienzos de los noventa

Se reconocen porque están sentados al lado de un parlante o de un helecho. Su mirada se pierde en la contemplación de las ranuras de los baldosines o en las sinuosidades del tapete sobre el que descansa el parlante. Su mano siempre está ocupada con un vaso con licor o con una botella de cerveza que los anfitriones le escancian sin descanso para paliar su soledad. Cuando los vapores del alcohol le comunican la vitalidad de su contenido saca a bailar a la más fea de la fiesta.

Esta es, mis queridos lectores, la descripción de un adolescente “desparchado” de los años noventa que entraba a una rumba por la inercia de la música y de la barahúnda de la casa. Nadie sabía quién lo había invitado ni cómo había llegado hasta el rincón donde bebía sin mirar a nadie. Su presencia, incómoda al comienzo, se desvanecía con el paso de las horas.

Otro espécimen de aquellas farras noventeras era el “Chayanne Apolonio”. Este señor llegaba apestando a colonia barata y mascando chicle o, en el mejor de los casos, emergía de la noche fumando vulgarmente. Su mirada indagaba todos los rincones buscando mujeres. Cuando el infaltable Wilfrido Vargas estremecía las paredes con su enérgica voz, el suscrito atravesaba el salón moviendo los hombros y haciendo tronar los dedos hasta que llegaba a la esquina donde estaba la niña que lo veía llegar con cara de “que no venga acá, que no venga acá”. El hombre, haciendo caso omiso a la expresión de la exhortada, extendía el brazo para invitarla a bailar.

Ella, la desgraciada, salía escoltada por las carcajadas de sus amigas. Después de una docena de canciones la infeliz se iba de la fiesta sin dar mayores explicaciones. “Chayanne Apolonio”, ante el abandono de la niña, le decía al que estuviera a la mano: “quedamos de vernos afuera, pero la voy a dejar esperando”. Era, como pueden ver, un patán en el más amplio sentido de la palabra.

Otro personaje clásico en las rumbas noventeras era el borracho irredento. Este individuo, presa de un vicio incontrolable, gotereaba todo el trago que descansara en la mesa. Luego, cuando el brebaje desaparecía del mesón para rotar por los rincones de la casa, entablaba conversaciones protocolarias para tener acceso a un par de tragos de la botella. Al final de la noche se le veía preguntarles a los circunstantes, con ansiedad mal disimulada, si tenían trago.

Entre las mujeres destacaba la mujer atractiva que todos deseaban pero que pocos invitaban a bailar. Su mirada, cálida y tierna como la brisa, brillaba cuando hablaba y su cuerpo perfecto concitaba comentarios inconfesables entre los hombres que la miraban bailar. Al final se perdía por las esquinas del delirio etílico para retornar, noches después, a la imaginación febril de los adolescentes.

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