De las calles al sexo y a la violencia

Hace casi dos meses recibí los resultados de un examen de sangre que dice mis niveles de triglicéridos están ocho veces arriba del límite normal. El doctor al ver estos resultados abrió los ojos y me dijo que tenía que tomar 1.2 gramos de gemfibrozilo, no probar las grasas ni las harinas y caminar lentamente durante media hora todos los días.

Las grasas y las harinas han desaparecido parcialmente de mi dieta, pero la caminata la cumplo sagradamente gracias a que ella me ha mostrado el barrio en el que he vivido cerca de once años: ahora veo al señor que vende hierbas aromáticas sentado en el andén tomando el sol o a la anciana que saca a sus nietos camorristas para que corran y se empujen en el parque; veo, incluso, el progreso en la adecuación de las calles o el crecimiento pausado de un cachorro café que medra en las tiendas de comidas rápidas que quedan a dos cuadras de acá.

Esta mañana, durante mi periplo habitual, pensaba que caminar tranquilamente por el barrio era posible gracias a que el diseño estaba pensado para que las personas hicieran justamente eso: caminar, descansar, mirar las nubes correr. ¿Qué pasaría si los andenes fueran más estrechos?
¿Cómo serían las caminatas si el parque no fuera el enorme potrero que es?

Al llegar al apartamento encontré en El País un artículo de Elvira Lindo dónde se afirma:

“Ya no hay niños en las calles. En muchas ciudades españolas, tampoco. En parte, por la inseguridad, pero también hay que agradecerle este fracaso a arquitectos, políticos, urbanistas, etcétera, que llevan años olvidando que parte esencial de la formación del niño está en la calle. Hay ciudades enteras que ya están echadas a perder; en Estados Unidos, casi todas. Y el modelo entusiasma, porque ahí está Pekín, destruyéndose a sí mismo para recibir a las visitas. Pero afirmar que este modelo de vida está condenado a fracasar por el insoportable gasto energético que supone y por la mierda de relaciones humanas que facilita, aún está mal visto. Con respecto a la vida de los niños, que están agilipollados de tanto estar en casa o en actividades extraescolares, hay voces de alarma. Débiles, pero significativas. El Ayuntamiento de Nueva York ha llenado la ciudad con carteles en los que se ve al genial monstruo Shrek diciendo: “¡Juega una hora al día!”. ¿No es increíble?” [1].

¿Dónde, me pregunté después de leer esta frase, juegan los niños de los países industrializados? En mundos virtuales con soldados masacrando enemigos, o en planetas rescatando esferas de poder con rifles de alta precisión, me respondí inmediatamente.

No sé ustedes pero yo pase mi niñez corriendo en pastizales y oscilando en columpios que rechinaban como si la articulación le estuviera apisonando la pierna a un grillo mutante, o jugando soldadito libertador en las calles. No sé si eso sirvió para algo, pero estoy convencido que no me causó daños superiores a algunas raspaduras en las rodillas o torceduras en los tobillos. En cambio la modernidad -con sus arquitecturas cerradas y sus espacios minimalistas- le ofrece a los niños pornografía en cantidades industriales, violencia en dosis suficientes para desmayar a John Rambo, sedentarismo y, la peor de todas, transforma a los niños en seres asociales –quizás debería decir, antisociales-.

Lo anterior nos lleva a una paradoja: se aleja a los niños de las calles para separarlos de los peligros y los internan en mundos virtuales donde la sangre y los líquidos seminales fluyen en torrentes ilimitados.

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