Sobre los celos

Hace un mes fui a la casa de un tío, y al ver los vástagos de una pareja de pericos, me regalaron uno de ellos. Lo traje a mi casa y lo puse con la pareja de pericos que ya habitaban en ella. Al tercer día el recién llegado se daba bocaditos con la esposa del local. Al quinto día el advenedizo pisaba, frente a la mirada impávida del consorte, a la perica. Luego de estas faenas las pareja de pérfidos decidieron –quizás para no sentir la mirada del cornúpeta-picar al ex marido hasta el aburrimiento. Ante tal panorama decidí sacarlo y ponerlo en otra jaula.

Después del destierro se veía al astado con un bebedero de agua avinagrada debajo del ala y con una rama de nabo humeando en su pico; o se le escuchaba cantar tonadas de Alci Acosta y de Julio Jaramillo. ¡Pobre Animal!

Viéndolo hoy pensaba en los celos y su funcionalidad: si este animal se hubiera puesto iracundo ante la presencia del extraño y lo hubiera encendido a pico y pata, y hubiese advertido, además, a su mujer que si se le acercaba al forastero ella tendría doble ración de picotazos y aletazos, el pobre animal no se hallaría en esta situación tan calamitosa.

Creo que todos tenemos el derecho a defendernos de los intrusos que quieren trincarnos a nuestras parejas, al igual que tenemos la posibilidad de defender los bienes materiales.

En este concepto hay, sin embargo, un elemento que no se debe despreciar: los sentimientos de la contraparte. Si ella o él se enamoran del foráneo ¿qué podemos hacer? En ese caso, mis queridos lectores, el caso está cerrado: ella o él lo dejaran sin remedio. Piensen por un instante en una cosa: si a usted le llega –bajo el supuesto que sea hombre- una mujer que tiene, lo que usted supone, debe poseer una mujer para hacerlo feliz: ¿usted se va con ella a probar suerte, o se queda con su novia? ¿Si decide aprobar suerte, usted piensa que hay culpabilidad por tomar esa decisión?

Acá, como se puede ver, entra un nuevo elemento. El destino, la vida, Dios, como quiera llamar a aquellas fuerzas que no podemos transformar por nuestra voluntad. Si no podemos actuar sobre la fuerza de marras ¿qué culpa tenemos de ser infieles? Y lo que es más importante: ¿Qué puede hacer nuestra pareja para impedir la llegada de la otra mujer? Nada, por definición, ¿para qué, entonces, mortificarse con los celos si es imposible impedir que nuestra pareja se vaya?

En este punto el perico decidió entonar Te Esperaré, de Julio Jaramillo, distrayéndome de mis reflexiones…

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