Evocaciones (3)

De esta mujer sólo diré que le hizo zancadilla a todas las miradas que le lancé además de hacerle el esguince a las pocas palabras que se atrevieron a salir en su presencia.

Les dejo con el recuerdo escrito que guardo de ella.

Debía que ir a la universidad a inscribir materias, pero tenía un billete de diez mil para pagar el pasaje, y como es costumbre de los conductores no dar el cambio sino después de haber recorrido media hora de camino (hábito que me disgusta mucho porque me avergüenza pararme a gritarle, para que me escuche al otro lado de la puerta); cuando finalmente aceptan darlo este es entregado en monedas y billetes viejos que no los recibe nadie. Por lo que decidí comprarme una caja de chicles y una cajetilla de cigarrillos en la panadería para cambiarlo y darles el pasaje en dinero sencillo. Cuando llegué a la misma no encontré a nadie atendiendo, razón por la que grite “buenaaas”, para que la señora gorda de cabello encrespado saliera a atenderme. En lugar de ella salió una muchacha de aproximadamente mi edad, cabello rojo (seguramente pintado, como es costumbre en las jóvenes), pómulos salidos, boca pequeña y mirada inquisidora, preguntándome qué se me ofrecía. En el microsegundo que medió entre la pregunta y la respuesta que le di se me ocurrieron varias fantasías sexuales inconfesables. Le pedí la caja de chicles y la cajetilla de cigarrillos que me había planteado comprar diez segundos antes; cuando ella dio la vuelta para tomar los chicles de la parte inferior de la alacena que está adornada con afiches de harinas el Lobo (rinde que da gusto) y café la bastilla (bueno hasta la última gota), me felicite por habérselos pedido porque pude observarle el derrier –como dicen eufemísticamente las presentadoras de farándula- en toda su redonda extensión. Ella se volteó rápidamente como si presintiera que le observaba el derrier (siempre he creído que las mujeres, por alguna misteriosa razón, no sólo sienten que las miran, sino saben, además, que parte exactamente le observan). Extendió su mano acompañada de una mirada que, lo juro, era de reproche; como si estuviera esperando que yo hubiera apartado la mirada con caballeroso desdén. Le pague y me fui pensando en ella durante un buen tramo del viaje. ¡Que vieja tan buena! Me decía incansablemente…

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