Archivo mensual: junio 2008

Homenaje a Eugenio Montejo

En los días en los que el dolor me predisponía con sus miradas grises y sus palabras lentas escuché, por aquellos giros del destino, un poema de Eugenio Montejo recitado en la Radiodifusora Nacional. No recuerdo el título ni los versos que lo adornaban; lo que sí recuerdo fue que al siguiente día lo busque en los anaqueles metálicos de la Biblioteca Central de la universidad. Luego de leerlo me quedaron esquirlas de sus giros y de sus figuras. De vez en cuando sus figuras alumbra la oquedad del silencio o escolta mis reflexiones.

Hoy, al saber que sus pasos renunciaron reblandecer el polvo al que volveremos, recordé uno de sus poemas y lo busqué en la red. Dejo pues, que sus propias palabras sirvan de homenaje a sí mismo.

DURA MENOS UN HOMBRE QUE UNA VELA…

Dura menos un hombre que una vela
pero la tierra prefiere su lumbre
para seguir el paso de los astros.
Dura menos que un árbol,
que una piedra,
se anochece ante el viento más leve,
con un soplo se apaga.
Dura menos un pájaro,
que un pez fuera del agua,
casi no tiene tiempo de nacer,
da unas vueltas al sol y se borra
entre las sombras de las horas
hasta que sus huesos en el polvo
se mezclan con el viento,
y sin embargo, cuando parte
siempre deja la tierra más clara.

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Ella y Él (5)

El agua lamía las aceras, goteaba en los rincones, corría por los quiebres de las avenidas, empapaba los zapatos, empañaba los parabrisas, enlodaba la mansa ceniza de la tierra.

Detrás del telón plomizo emergió un hombre con las manos en el bolsillo; el cabello mojado y la mirada fija en el piso. Sus pasos eran lentos, casi imperceptibles.

Ella, por su parte, caminaba con una sombrilla azul rescatada de las fauces del desprecio. Sus pasos eran ligeros, y su mirada era altiva. Los jeans estaban empapados hasta la mitad de la pantorrilla.

En la estación de la calle sesenta y cinco sus pasos convergieron; ella, como ya se dijo, altanera, él abstraído. El encuentro, sin embargo, alteró los papeles: ella, con el corazón galopándole en el pecho, se deslizó a una suerte de ensimismamiento contemplativo en tanto que él, mirada serena y pulso firme, emergió al esquivo palacete de la altanería.

Él le sonrió, ella bajó la mirada.

-Hola, le dijo él al saberla indefensa.
-hola, contestó imperceptiblemente.
-¿En qué lugar nacieron tus pasos?
-En la frontera del silencio.
-¿Dónde concluirán tus huellas? Le preguntó con unas sonrisa ladeada.
-en el lugar dónde quieras que paren; ¿dónde las piensas llevar? Preguntó ella con la mirada fija en sus ojos negros.
-Al umbral del delirio mi pequeña niña. La arrogancia, en este punto, se empezaba a resentir la persistencia de la mirada de ella.
-En ese caso demos trámite al atajo que se abre a nuestros ojos. Dijo ella al tiempo que lo toma de gancho.

La lluvia, cesa en su tarea de empapar, correr, infiltrarse, chorrear, macerar y bañar. El sol, tímido, se vislumbra detrás de la pila de nubes grises que lo custodian.

Ellos, entre tanto, llegaron al apartamento de él. Sus ojos se trabaron, frente a la puerta del apartamento, en una contienda de poderes; el peso del tiempo sea arqueaba como el árbol que lo asesina el tiempo. Él sacó las llaves y abrió el apartamento. Ella se quedó clavada en la entrada; lo miraba con saña. Él sonreía con malicia.

-¿vas a entrar? Le preguntó en la densidad del silencio.

El silencio se hacía más espeso; ella no respondía.

-¿piensas quedarte ahí el resto del día? Insistió él.

-No; no lo pienso hacer; respondió ella. Si supones que yo soy de las que se mete en un apartamento a…

-No supongo nada mi querida niña; le interrumpió; la que supone cosas eres tú. Sigue que no pasará nada de lo que tu conciencia te recriminará.

Ella, vacilante, entró al apartamento…

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Ella y Él (4)

Ella, despertó esa mañana y sonrió. Siempre sonreía luego de tener sueños lindos, pero esa mañana en especial, tenía algo diferente; sonreía porque sabía que aquel sueño lindo era el recuerdo de él, la imagen de él en sus sentidos; su felicidad ahora supeditada a él. Desechó de inmediato esta idea, se vistió apresuradamente y salió casi corriendo de su hogar, creyendo que de esta forma él permanecería en su cuarto, tal vez en su almohada, hasta cansarse de esperar y desaparecer entre los miles de pliegues formados en su desordenada cama. Sabía que esto no pasaría, pero necesitaba salir.

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Carta al silencio de la noche (6)

Hoy, mientras los árboles despedían su piel amarilla y las señoras caminaban con sus sueños de hocico largo, te vi sentada con tu esposo en el parque. Tú lo mirabas como si quisieras desentrañar de sus palabras las raíces de la sabiduría o, quizás, el néctar del amor. Él apenas movía los dedos mientras hablaba.

Me acordé, inevitablemente, cuando los dos hablábamos en sillas igualmente verdes y en parques igualmente grises. Yo movía mis brazos como aspas de avioneta herida y tú me mirabas con asombro. Luego, cuando los argumentos se marchitaban en mi garganta, me invitabas con un parpadeo lento a escoltarte en las grutas de la traición…

Luego, cuando el viento anunciaba su presencia en las cortinas, te levantabas con la mirada atardecida y con la desnudez tapándote el rubor; te vestías con lentitud que te sobró del cortejo anterior; al final, cuando estabas peinada y maquillada, te colgabas los doce kilos de decencia que llevabas para casos de emergencia. Lanzabas una mirada al naufragio de sábanas en el que nuestro amor naufragaba, y te ibas sin despedirte…

Después del tercer movimiento de dedos de tu marido se levantaron y se fueron caminando por el sendero del olvido. Cuando su imagen se borró en el horizonte me senté en la silla donde estaban sentados y miré el aire nacarado que nimbaba el escabel. Después, cuando la tarde abandonó su tristeza escarlata, recordé aquellos versos de Meira Delmar:

Cuando llegué te habías
ido del brazo de otro amor.

Y no quise decirte: «Vuelve,
perdóname esta vez,
se me hizo tarde,
fue un pequeño descuido
de la vida, una leve
distracción del destino».

Aquel silencio que selló mis labios
me hiere todavía el corazón.

Luego guarde la congoja en uno de los bolsillos del alma y me fui viendo como mis pasos roían el asfalto.

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Alusiones

Podría decirle al mundo cuál es tu nombre, cuál es el color de tus ojos y cómo son los milimétricos lunares que custodian tu espalda; podría hablarles, quizás, de la densidad de tu sonrisa y de tu voz tronchada en la penumbra; podría, posiblemente, hablarles de tu eclipses o de tus inclinaciones secretas… podría, pero no lo haré; tan sólo les dejare un poema de Ángel González para que saquen sus propias conclusiones.

Canción, Glosa Y Cuestiones

Ese lugar que tienes,
cielito lindo,
entre las piernas,
ese lugar tan íntimo
y querido,
es un lugar común.

Por lo citado y por lo concurrido.

Al fin, nada me importa:
me gusta en cualquier caso.

Pero hay algo que intriga.

¿Cómo
solar tan diminuto
puede ser compartido
por una población tan numerosa?

¿Qué estatutos regulan el prodigio?

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A mi hermanita

Las palabras no alcanzarán jamás para expresar todo el agradecimiento y todo el amor que siento por mi hermana.

Hace unos meses intenté hacerlo y este es el resultado:

Diana Carolina

Recuerdo los macilentos días en los que Diana Carolina odiaba su apellido:
días eternos, llenos de peleas y de felices reconciliaciones
pletóricos de juegos y de matas de balazo
de muñecas repollo y chillonas muñecas que decían mamá
de canarios y copetones presos en calabozos de melancólico gorjeo

Diana Carolina y yo cruzamos nadando los días ocres de la niñez:
ella soportando mi trato feroz con tierna paciencia
y yo sumiéndome en el mundo de la mediocridad,
de los trabajos a medias y de la alegría fácil

Los años han caído como hojas amarillas en el jardín de nuestra existencia
y el arrepentimiento me crece en la garganta como raíz de eucalipto
y me impide pedirle perdón por la pésima niñez que soportó por mi culpa
por los golpes que le infligí en las tardes de su inocencia
o por las vulgaridades que aún le digo…

Diana Carolina
berraquita de mi corazón;
hay momentos que su cristalina ausencia se empoza
en mi alma como agua de lluvia en charco viejo
y me siento tan solo,
tan anciano,
como árbol abandonado a la vera de una quebrada
o de un camino polvoriento
y espero su voz como el ciego añora la mano que lo guía
y deseo tanto que su cansancio halle reposo en mis hombros…

entonces llega y la recibo con la palabra más afilada que cruza mi cabeza
y se la lanzo como un guijarro a la noche
ella grita y aproxima momentos después su cabeza a mi hombro con dulce demora…

Diana Carolina, temo su alejamiento tanto como a la muerte
y al acero de su odio tanto como el cuchillo del asesino que se embosca en la noche
y a sus gritos tanto como a los muertos que caminan conmigo…

Para aquellos que no lo sepan Diana Carolina es el guardián que Dios
-viejo mañoso pero benévolo, hay que admitirlo-
puso para que no me desbarranque en la primera lluvia de irresponsabilidad
o me ahogue en el primer pantano de dolor

Diana Carolina, si supiera cuanto la quiero
y cuanta agonía nada en mi corazón cuando vislumbro
los posibles días en los que deba transitar sin ella
sin sus gritos de sargento segundo, sin su cálida asistencia
o cuánto dolor me produce trazar estas palabras…

Diana Carolina, milagro y bendición,
avenida asfaltada de propósitos violetas por la que caminamos los elegidos,
alegría y sentido de nuestra casa…

Diana Carolina…

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La Guerra De Las Galaxias

Cuando era niño creía que nadie podría superar la guerra de las galaxias: las naves, los efectos especiales, el argumento, los actores, etc. Todos estaban seleccionados o producidos con la pulcritud y la precisión de un relojero.

Al pasar el tiempo mi gusto cinematográfico se desvió a senderos menos aparatosos, abandonando a su suerte el recuerdo de la película de marras. Hoy, al leer este blog, me enteré que Padre de Familia lanzará la parodia del que han denominado el capítulo cuarto de La Guerra De Las Galaxias (como si este no hubiese sido el primero).

Pues bien, con el perdón del amigo ángel, le robaré las imágenes que él ha puesto en su blog para que mis lectores se solacen con ellas.

tiraguerrag.jpg

 

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La Tormenta En El Mar (Brueghel, El viejo)

El cielo escupiendo lenguas de fuego; el mar rugiendo como un león herido; una cortina de agua separando el horizonte y paredes de mar abatiendo la embarcación.

Así es el mar del que hablan las novelas de piratas y ballenas invencibles. El otro, el que vemos cuando vamos a Barranquilla o a Santa Marta, es manso; su jugueteo, más que bramido, es un susurro que invita a la contemplación; no engulle barcos ni ciudades.

Por ello, cuando veo este cuadro de Brueghel, el viejo, inevitablemente evoco las imágenes perdidas en las páginas de Stevenson o de Joseph Conrad. Pienso, asimismo, que prefiero el mar brutal que mide el ardor de los hombres, al manso hilo de agua que lame las piernas de hombres y mujeres con sombreros grandes, chanclas, gafas, bloqueador solar y toallas que contaminan las playas del mundo.

latormentaenelmar.jpg

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Preguntilla

El distrito le pondrá policía a los 80 colegios para protegerlos de la violencia [1]. La pregunta es ¿Quién protegerá a los niños de los policías?

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Ella y Él (3)

La voz de ella tintineaba en su cabeza como las campanillas que meneaba su tía en la espesa floresta de las tardes de su niñez. El mayordomo, al oír la campana, llegaba arrastrando las frustraciones de una vida entregada a la ignominia de asistir durante cuarenta años a su primera y única novia. Después de atender las disposiciones daba media vuelta y se iba arrastrando la poca dignidad que se atascaba en el amor que aún le profesaba a su señora.

¡Ah, la tía Magnolia; con sus costumbres inútiles y su soltería a prueba de rufianes! Pensaba él detrás de la estela de humo de su cigarrillo.

Un instante después su mente retorna al sendero de voces agudas y secretos susurrados en las tinieblas de la tarde. Su imaginación, minutos después, trenza las palabras que ella le murmullo con acentos oídos bajo la canícula, al filo del mar, o en la humedad de las ciudades que resisten los inagotables aguaceros de los andes. Ninguno de ellos se ajustaba a la cadencia que escoltaba las palabras que ella pronunció.

El humo del cigarrillo entra a sus pulmones como una caricia seca del viento; sonríe al sentir sus pulmones llenos de tabaco; sopla con suavidad y el humo emerge, dócilmente, de su boca y de su nariz.

Observa los charcos que reflejan la luz de los faros y los círculos concéntricos que generan las gotas de la llovizna. Asiente lentamente. Sonríe de nuevo. Mira el reloj. Es media noche. Mira hacia arriba para ver la luz de la luna combatiendo con la densidad de las nubes. Así es el amor: la constante lucha de la vida contra la nebulosidad de la muerte.

Apaga el cigarrillo en el cenicero; se sienta, después de una silenciosa pausa, a escribir la primera de la abundante colección de misivas que le escribirá a aquella mujer de mirada gris que conocería por efectos del destino.

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Ella y Él (2)

Ella deseó contar toda su vida en un instante, a él, a aquel extraño que se presentaba ahora ante ella, tan indefenso tan límpido, tan él. Se levantó lentamente -el temblor en sus piernas no permitirían algo distinto- y caminó hacia él, hasta estar tan cerca, tanto como su valor lo permitió y, luego de mirarlo fijamente a los ojos por un sólo instante, se inclinó hacia él hasta alcanzar su oído logrando susurrar tímida, pasmosamente algo, algo que sólo ellos sabrían y que sólo tendría significado en el mundo que desde aquel instante, consideraron suyo, único y maravilloso. Luego, ella lo miró de nuevo, esta vez con esa mirada que sabemos gris, tan gris como la nostalgia; tomó sus cosas y se marchó. Él, se quedó parado allí, sin ser capaz de verla partir

Esa noche, ella soñó con tortugas voladoras y con pequeñas ciudades de juguete, fabricadas en oro y activadas mediante diminutos mecanismos, tuercas y tornillos que parecían dar vida a las pequeñas figuritas que por todas partes aparecían. Él, esa noche no durmió, debía recordar las palabras que le fueron entregadas esa tarde por ella. No podía olvidar…

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Promesa lejana

Ya que estoy entrado en evocaciones quiero cumplir aquella promesa que abandoné en alguna de las orillas del tiempo.

El contenido de la misma era muy sencillo: comprar dos gardenias y acompañarlas con la composición de Isolina Carrillo del mismo Nombre. El intérprete debía ser, preferiblemente, Daniel Santos.

Apoyado en la tecnología hoy puedo cumplir la promesa de la siguiente manera: una foto de dos gardenias y la canción interpretada por Daniel Santos a viva voz en alguna de las presentaciones que hizo en los bares y tabernas del mundo (la versión es, francamente, inmejorable).

Pues bien mi querida señorita aquí cumplo mi palabra.

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