Carta al silencio de la noche (7)

Hoy pasaste a mi lado y bajaste la mirada para que nuestros ojos no se encontraran. Caminaste más rápido y te perdiste en la penumbra de la noche. Tu cara manifestaba la censura de la traición. Yo, entretanto, me quedé viéndote perderte en el horizonte de mis recuerdos.

Cuando llegué a mi casa hurgué en la caja desvencijada hasta que encontré la foto que te robe una tarde de amores prohibidos. Después me senté a mirarla durante horas: miraba tus ojos grandes, cafés; aquella inclinación hacia la izquierda de tu cabecita de algodón; el labial que nunca te quedó bien; la pequeña cadenita que ataba a tu cuello la virgencita que besabas para espantar los peligros; el cabello insólitamente oscuro que se enredaba en mis dedos; aquellas orejitas pequeñas que tanto te avergonzaban y que siempre adornabas, por ley de compensación, con unos aretes inmensos.

Después, cuando la melancolía rebosó las esclusas de la razón, evoqué los días húmedos en los que le decías a tu marido que estabas en casa de Estela o que te ibas al gym a descargar el peso del día. En seguida colgabas y te asaltaba el remordimiento e intentabas levantarte de la cama. Yo te disuadía, entonces, con razones acompañadas de mimos. Luego de un rato te entregabas a la lujuria. Al final te levantabas y te ibas con la misma cara que traías hoy.

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