Archivo diario: junio 19, 2008

Giovanny

Nunca me he caracterizado por ser buscapleitos ni por darme trompadas con cualquiera. Sin embargo, esa fue la forma en la que conocí a Giovanny.

Estaba en sexto de bachillerato. El curso, por alguna extraña razón, tenía más recreo que clases. Recuerdo que no teníamos clase de sistemas, de mecanografía (sí, como lo leyeron, de mecanografía), de dibujo técnico, ni de contabilidad. El tiempo de esas clases lo empleábamos en reír, escupir, correr o los que se nos antojara hacer.

En una de esas horas un compañero del curso -al que nunca había saludado- me dijo en tono categórico: nos damos puños. Lo mire a os ojos y le dije:¿Por qué no?

Después de unos minutos de puñetazos en la espalda y en los costados le mandé un puño a la cara que él esquivo con un giro de cintura (aprendido, seguramente, en alguna película porque, hasta dónde yo sé, Giovanny es un hombre pacífico). Después del esguince me lanzó un puño al mentón que me mandó a la lona. Luego vinieron los aplausos de los compañeros y detrás de ellos el apretón de manos. Así empezó nuestra amistad.

Años después, cuando la niñez dio paso a la díscola adolescencia, las conversaciones en el descanso robustecieron los músculos de nuestra amistad; tendones que luego, en una tarde de sábado, se ejercitaron en la temporada de fiestas, alcohol y levantes.

Obligado es mencionar que él siempre se le medía a la más bonita de la fiesta y que esta, por más alta, rubia, mayor o ennoviada que estuviera, se iba con él. Esto le granjeo, como es apenas obvio, la admiración de un ejército de adolescentes.

Luego, cuando las mujeres pasaron de tierra inhóspita a terreno conocido, nos sentamos a escuchar música y a beber. Y fue justamente en este pequeño terruño donde pasamos parte de nuestra juventud. En la sala de él -o en la mía- hablamos durante días sobre mujeres, política, televisión o el colegio, sin descanso. Tomamos litros de aguardiente (especialmente un brebaje indigerible llamado Kiwi). Con él nunca me emborrache; y no lo hice porque no hubiera suficiente materia agente; no; lo hice para que no ser vencido como aquella mañana del 91.

Siempre he querido creer que yo fui el que le presentó Héctor Lavoe a Giovanny una noche de copas y cartas en el barrio Bonanza. El caso es que después de que se conocieron su amistad ha rebasado los límites de la cordialidad: en este momento Giovanny tiene la mayoría –si no todos- los discos que grabó el viejo Héctor en vida; tiene un par de afiches y muchísimos videos de conciertos y entrevistas; y se sabe, como si lo anterior fuera poco, todas las canciones de memoria. Lavoe, en compensación a esta devoción, busca las letras que definen su despecho o las que describen su alegría y las canta cada vez mejor.

Hoy, con diecisiete años de amistad encima, lo llamé para felicitarlo por su cumpleaños. Luego de unos minutos de charla me recordó la cita impostergable: recuerde que Héctor cumple años de muerto en unos días; tenemos que ir al homenaje. Mejor hagámosle un festejo privado; le contesté. Me suena más esa idea; me dijo.

Supongo que a esta hora estará el viejo Giovanny escuchando Ella Mintió mientras se está tomando una cerveza y estará el último cigarrillo del día consumiéndose en un cenicero…

Anuncios

3 comentarios

Archivado bajo General