Ella y Él (5)

El agua lamía las aceras, goteaba en los rincones, corría por los quiebres de las avenidas, empapaba los zapatos, empañaba los parabrisas, enlodaba la mansa ceniza de la tierra.

Detrás del telón plomizo emergió un hombre con las manos en el bolsillo; el cabello mojado y la mirada fija en el piso. Sus pasos eran lentos, casi imperceptibles.

Ella, por su parte, caminaba con una sombrilla azul rescatada de las fauces del desprecio. Sus pasos eran ligeros, y su mirada era altiva. Los jeans estaban empapados hasta la mitad de la pantorrilla.

En la estación de la calle sesenta y cinco sus pasos convergieron; ella, como ya se dijo, altanera, él abstraído. El encuentro, sin embargo, alteró los papeles: ella, con el corazón galopándole en el pecho, se deslizó a una suerte de ensimismamiento contemplativo en tanto que él, mirada serena y pulso firme, emergió al esquivo palacete de la altanería.

Él le sonrió, ella bajó la mirada.

-Hola, le dijo él al saberla indefensa.
-hola, contestó imperceptiblemente.
-¿En qué lugar nacieron tus pasos?
-En la frontera del silencio.
-¿Dónde concluirán tus huellas? Le preguntó con unas sonrisa ladeada.
-en el lugar dónde quieras que paren; ¿dónde las piensas llevar? Preguntó ella con la mirada fija en sus ojos negros.
-Al umbral del delirio mi pequeña niña. La arrogancia, en este punto, se empezaba a resentir la persistencia de la mirada de ella.
-En ese caso demos trámite al atajo que se abre a nuestros ojos. Dijo ella al tiempo que lo toma de gancho.

La lluvia, cesa en su tarea de empapar, correr, infiltrarse, chorrear, macerar y bañar. El sol, tímido, se vislumbra detrás de la pila de nubes grises que lo custodian.

Ellos, entre tanto, llegaron al apartamento de él. Sus ojos se trabaron, frente a la puerta del apartamento, en una contienda de poderes; el peso del tiempo sea arqueaba como el árbol que lo asesina el tiempo. Él sacó las llaves y abrió el apartamento. Ella se quedó clavada en la entrada; lo miraba con saña. Él sonreía con malicia.

-¿vas a entrar? Le preguntó en la densidad del silencio.

El silencio se hacía más espeso; ella no respondía.

-¿piensas quedarte ahí el resto del día? Insistió él.

-No; no lo pienso hacer; respondió ella. Si supones que yo soy de las que se mete en un apartamento a…

-No supongo nada mi querida niña; le interrumpió; la que supone cosas eres tú. Sigue que no pasará nada de lo que tu conciencia te recriminará.

Ella, vacilante, entró al apartamento…

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